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¿Tan flamencos somos?

Javier Ramírez
Prao
Mientras el Gobierno se decide o no a meter la tijera en gastos que solo benefician a unos cuantos vividores, a los ciudadanos nos toca apretarnos el cinturón. Ni Sanidad ni Educación se van a escapar. Con este panorama es lógico que Cultura también vea menguado su presupuesto. Pues resulta que en Almería una de las cosas que no van a faltar en abril y mayo es flamenco. Porque así lo quieren la Junta de Griñán y la Diputación del dúo Arenas-Amat. La institución andaluza con el ciclo Flamenco viene del Sur, y la provincial con el Circuito Provincial de Flamenco.

Quede claro que no tengo nada contra el flamenco, aunque este servidor no sienta devoción ni admiración por ese arte, entre otros motivos porque no lo he mamado, tampoco mis padres o abuelos. Pero creo que hay formas más equilibradas de ofrecer a los contribuyentes estímulos espirituales de cantes y bailes de la tierra, que esta apuesta exclusiva -y excluyente según se ve- por el flamenco.

¿Tienen menos derecho que el flamenco a ser difundidos y promocionados como folclore de nuestra tierra el fandanguillo de Almería o el Si vas pa la mar, las peteneras y las malagueñas velezanas, nuestras parrandicas de Los Vélez o de Huércal-Overa o las soleares de Vera? Aclaro a quien lo necesite que las modalidades citadas no son cante jondo, tienen una puesta en escena muy distinta, con trajes y bailes regionales. ¿De verdad están la Junta y la Diputación apoyando decididamente a este folclore? ¿Qué lugar ocupa nuestro folclore en los presupuestos de Cultura de la Junta y de la Diputación? En temporada de vacas flacas, el mismo que en época de bonanza, es decir testimonial y suficiente para acallar unas cuantas voces. El hermano pobre antes era el flamenco. De un extremo, a otro. Ahora el pobre es esa tradición oral y bailada, para la cual ni la mismísima Diputación de Almería organiza o patrocina un circuito provincial en condiciones porque a sus mandamases no les conviene, no vaya a quedar en evidencia algo que todo el mundo conoce: la heterogeneidad que alberga la autonomía andaluza.

Ahora que tanta importancia va cobrando el prefijo "etno" con los museos etnográficos y esa aparente inversión pública por no olvidar nuestras raíces, creo que sería oportuno recordar una palabreja que aún no recoge el Diccionario de la Real Academia Española: "etnocidio". Suena dura pero indica el triste camino por el que transita nuestro folclore mientras perdure sine die esta política de exclusión y unificación cultural simplificadora al flamenco, que sale de lejanos despachos sevillanos. Para esto hemos quedado los contribuyentes almerienses.

Viva el flamenco, pero que no viva solo sino bien acompañado por todo nuestro folclore. ¿No sería esto lo deseable?

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