Hay
mujeres cuya biografía no cabe en una cronología, porque su pulso no lo marcan
los calendarios sino las causas. Pero también hay mujeres que se entienden
mejor en lo concreto: en una reunión a las ocho de la mañana para desbloquear
una lista de espera, en una llamada incómoda para corregir un error de gestión,
en una decisión que no gusta pero evita un problema mayor. La candidata del
PSOE a la Junta de Andalucía pertenece a esa estirpe menos épica de lo que
parece: la de quienes convierten la gestión diaria en una forma de estar en el
mundo, sin necesidad de
convertirla en relato.
Hace
tiempo que intento encontrar el momento exacto que explique su manera de
habitar el poder. Y no lo encuentro porque no hay escena única, sino
repetición: horas de despacho, negociación presupuestaria, conflictos que no se
resuelven en titulares. Está presente en lo pequeño. En lo que no inaugura
nada, pero sostiene casi todo. No el compromiso declamado, sino el que
permanece cuando todos se han ido; el que toma decisiones difíciles sin
aplauso, y a veces incluso
sin reconocimiento interno dentro de su propio espacio político.
Si
hubiera que elegir una imagen, no sería la del discurso, sino la de la costura.
Porque hay una política que corta y otra que cose. Coser es más lento, menos
visible y exige asumir que el hilo no siempre es limpio y que la tela llega ya
rasgada. En ese trabajo .discreto, insistente. se juega gran parte de lo
público. Y ahí es donde ella parece moverse con más naturalidad que en el foco,
aunque no siempre desde la
comodidad, sino desde la exigencia permanente de lo imperfecto.
Un
día, aquí, en Almería, me acerqué a ella como quien encuadra un plano
cinematográfico -con paciencia, dejando que la luz encuentre su sitio-.
Escuchaba a vecinos hablar de sanidad y educación pública, de listas de espera
y falta de recursos. No era un acto cómodo. No había épica en esa escena, sino
una conversación atravesada por el malestar. Exponía su forma de entender el
poder sin solemnidad, pero sin ceder espacio. No pedía permiso. No gestionaba
directamente esas competencias, pero tampoco las esquivaba. Escuchaba,
respondía y, en algún momento, desplazaba el foco hacia el modelo de lo público
que defendía. Y en esos gestos -más que en cualquier consigna- aparecía algo reconocible: la política como
un ejercicio imperfecto, pero sostenido, y sometido siempre a la prueba del terreno.
Pero,
atravesándolo todo, latía su idea de lo público. No como consigna, sino como
una ética aplicada que entiende que gobernar es, ante todo, proteger el suelo
que pisamos. Frente a una idea de sociedad fragmentada, donde cada cual
sobrevive en su propia balsa y el progreso se mide en éxitos individuales, aquí
aparece otra lógica: la de lo común como sostén. No como una abstracción idealizada, sino
como una decisión política concreta que se traduce en presupuesto, prioridades
y límites.
En
esa lógica, lo público no es un concepto: es una tensión constante. La sanidad
tensionada, la educación que necesita refuerzo, los servicios públicos que
nunca están terminados, la vivienda que no crece… No hay gesto heroico en eso.
Hay insistencia. Y también desgaste, y una forma de política que rara vez ofrece gratificación inmediata.
La
costura vuelve aquí. Porque proteger lo común no es construir desde cero, sino
remendar lo que se desgasta. Pero
también implica aceptar que no todo puede ser remendado a la misma velocidad ni
con la misma facilidad. El tejido social no responde siempre al
deseo político.
En
su mirada había algo de los patios andaluces: ese equilibrio entre lo íntimo y
lo colectivo, entre la sombra que protege y la luz que convoca. Pero también
cierta fatiga, la de quien sabe que gobernar no es prometer, sino administrar
límites, y convivir con lo
incompleto como parte estructural del oficio.
En
la confluencia de esas tres dimensiones
-la mujer, la feminista, la socialista- confluye también Andalucía: una
tierra que sabe de resistencias largas y de esperanzas obstinadas, que aún
sigue buscándose a sí misma en un tiempo de individualismo, privatización y
ruido. Como si le faltara algo que no se nombra, pero se siente: un acuerdo mínimo sobre qué merece ser
sostenido colectivamente.
No la nostalgia que invoca un pasado, sino la política que actúa en presente. En esa síntesis puede que Andalucía encuentre un hilo para reconocerse de nuevo: el latido que la reconcilie con lo que es y con lo que aún está por ser, a través del trabajo -tangible y diario- de mujeres como ella. Porque al final, más que la política de “ni una mala palabra, ni una buena acción” que tan bien le encaja al actual presidente de la Junta, lo que sostiene un territorio es aquello que alguien decide no dejar caer como se ha dejado caer la sanidad, la educación y la vivienda pública.












