Vaya por delante una afirmación: No he comprado ni he leído ni voy a comprar ni voy a leer el libro de Alejandra Rubio. Pero eso no obsta para que piense como pienso. En un mundo en el que cualquiera puede publicar un libro con solo pulsar un botón, sigue sorprendiéndonos que, cuando lo hace una persona conocida, se levante tal polvareda. Alejandra Rubio, colaboradora televisiva y miembro de una de las sagas familiares más mediáticas de nuestro país, acaba de publicar su primera novela, Si decido arriesgarme. Y, como era previsible, las críticas no se han hecho esperar.

Alejandra Rubio habla sobre su libro en Telecinco / Mediaset
Pero conviene poner las cosas en su sitio. Nadie necesita un carné de “escritor reputado” para sentarse delante de un ordenador y contar una historia. La literatura no es un club privado con porteros que examinan credenciales. Es un territorio libre donde cualquiera que tenga algo que decir -o simplemente ganas de intentarlo- tiene derecho a hacerlo. Que luego el resultado sea bueno, regular o mejorable es otra cuestión, pero esa valoración corresponde, en primer lugar, a los lectores que decidan gastar su dinero y su tiempo en el libro.
Y aquí está la clave: el mercado es el que debe juzgar. El comprador es soberano. Si el libro le gusta, lo recomendará. Si no, lo dejará en la estantería o lo regalará. Nadie obliga a nadie a leerlo. La libertad de escribir y la libertad de comprar (o no comprar) son las dos caras de la misma moneda.
Alejandra Rubio no es la primera ni será la última persona que, viniendo de otro ámbito profesional, se atreve a publicar. La historia de la literatura está llena de debutantes inesperados que sorprendieron gratamente. Autores que no tenían trayectoria previa en el mundo de las letras y que entregaron obras dignas de ser leídas. También hay casos contrarios, por supuesto, pero eso forma parte del riesgo natural de cualquier creación.
Criticar a priori la capacidad de alguien por su procedencia televisiva o por su apellido es, cuanto menos, un prejuicio. ¿Acaso un médico no puede escribir una buena novela negra? ¿Un ingeniero no puede crear un thriller tecnológico creíble? ¿Una persona conocida por su imagen pública no puede tener una sensibilidad literaria? Reducir el valor de una obra a la biografía de su autor es un atajo cómodo que evita el esfuerzo real: abrir el libro y leerlo.
En España, además, tenemos una larga tradición de “famosos” que se lanzan a la escritura. Algunos con más fortuna que otros. Pero en todos los casos el veredicto final lo han dado los lectores, no los guardianes autoproclamados del buen gusto literario. Y así debe seguir siendo.
Alejandra Rubio ha cumplido un sueño. Ha escrito durante años, con parones y dificultades, una novela que ahora ve la luz. Merece, como cualquier otro autor novel, el respeto mínimo de ser juzgada por su trabajo y no por su currículum mediático. Quien tenga curiosidad, que lo compre. Quien no, que pase de largo. Pero que nadie pretenda erigirse en censor previo de lo que otros pueden o no pueden escribir.
Porque la literatura, en el fondo, se alimenta de valentía. De esas personas que, aunque no tengan un Nobel en el horizonte, se atreven a contar historias. Y de lectores libres que deciden, con su cartera y su criterio, qué historias merecen la pena. Bienvenida al mundo de las letras, Alejandra. Ahora, que hablen los libros… y los lectores.









