La presencia de Pedro Sánchez en La Revuelta,
el programa que presenta David Broncano en La 1 de TVE, ha provocado un
auténtico terremoto televisivo y ha abierto un interesante debate sobre el
significado político de las audiencias. A poco más de un mes de las elecciones
generales del 29 de noviembre, los resultados obtenidos por el presidente del
Gobierno han sorprendido por su extraordinaria magnitud y han llevado a
numerosos comunicadores a preguntarse si algo está cambiando en el panorama
electoral español.
| Pedro Sánchez, en La Revuelta / RTVE |
Los datos son contundentes. La entrevista reunió a
4.387.000 espectadores de media, con una cuota de pantalla del 33,9%,
convirtiéndose en la emisión más vista de la historia de La Revuelta.
Nada menos que 7.129.000 personas conectaron en algún momento con el espacio.
El minuto de máxima audiencia, registrado a las 22.59 horas, congregó a
4.761.000 espectadores.
Pero hay otros datos igualmente significativos.
Entre los jóvenes de 13 a 24 años, la cuota de pantalla alcanzó el 48,7%,
mientras que entre los adultos de 25 a 44 años se elevó hasta el 51,1%. El
programa lideró en todos los segmentos de población y llegó a registrar un
40,2% de cuota en su último minuto. Para comprender la dimensión de estas
cifras basta recordar que el anterior récord del espacio, conseguido con la
visita de Rosalía, estaba situado en el 20,4% y 2.706.000 espectadores.
La comparación con sus competidores tampoco deja
lugar a dudas sobre la excepcionalidad del acontecimiento televisivo. El
Hormiguero, de Pablo Motos, obtuvo aquella noche un 11,4% y 1.539.000
espectadores, mientras que Horizonte, de Iker Jiménez, reunió a 949.000
seguidores y un 11,6%.
Más allá de las cifras, el acontecimiento pone de
manifiesto la importancia que están adquiriendo los espacios televisivos ajenos
a los formatos tradicionales de información política. Los candidatos parecen
haber comprendido que las entrevistas convencionales, los mítines y los debates
electorales ya no son suficientes para llegar a determinados sectores de la
población. Programas como La Revuelta, con un lenguaje desenfadado,
abundantes dosis de humor y una notable presencia de público joven, ofrecen una
vía diferente para acercarse a los ciudadanos.
Este nuevo escenario obliga a los dirigentes
políticos a reconsiderar sus estrategias de comunicación. El propio Alberto
Núñez Feijóo ha concedido este viernes una entrevista a Aimar Bretos en la
Cadena SER, emisora a la que no acudía desde junio de 2023. El líder del
Partido Popular ha optado así por exponerse a las preguntas de un medio cuya
línea editorial no suele identificarse con las posiciones de su formación.
También La Revuelta ha invitado a los principales candidatos. La
presencia en espacios con públicos diferentes se perfila como uno de los
elementos destacados de esta precampaña.
Sin embargo, lo verdaderamente interesante de la
audiencia de Pedro Sánchez no está únicamente en sus extraordinarios registros,
sino en las interpretaciones que han comenzado a realizar numerosos periodistas
y analistas políticos. La pregunta que empieza a circular es si esos millones
de espectadores reflejan exclusivamente la curiosidad despertada por una
entrevista poco habitual o si, por el contrario, constituyen también un síntoma
de una movilización electoral que todavía no aparece con claridad en los
sondeos.
Sarah Santaolalla ha sido una de las primeras en
pronunciarse. La analista política considera que el 33,9% conseguido por
Sánchez trasciende el mero éxito televisivo y ha escrito en sus redes sociales:
«Hay partido. Algo se está moviendo y las encuestas no siempre llegan a tiempo
para detectarlo». Santaolalla interpreta el interés suscitado como una muestra
de que los ciudadanos quieren escuchar, debatir y participar en las decisiones
políticas.
En términos parecidos se ha expresado Jordi Évole,
cuya reflexión ha tenido una notable repercusión. El periodista sostiene que
«algo se mueve que las encuestas, de momento, no detectan» y añade una
afirmación particularmente significativa: «Este dato no es normal». Évole habla
de una creciente atención hacia las elecciones del 29 de noviembre y advierte
de las dificultades que podrían encontrar aquellos candidatos que rehúyan las
entrevistas y los debates públicos. Su referencia a una «aldea gala» que
empieza a tomar forma ha suscitado, además, interpretaciones sobre una posible
movilización política que escaparía a los análisis más convencionales.
Una reflexión especialmente interesante es la que
ha publicado Euprepio Padula en El Círculo Independiente. El conocido
comunicador reconoce que las cifras constituyen un acontecimiento televisivo
extraordinario, pero introduce una distinción fundamental: «Mirar a un
presidente no equivale a votarlo». Para Padula, el verdadero valor de una
audiencia de semejante magnitud reside en la oportunidad que ofrece al
candidato de conseguir que millones de ciudadanos estén dispuestos a
escucharlo.
Padula considera que Sánchez supo adaptarse a los
códigos de La Revuelta, aceptando el humor, participando en los juegos y
desenvolviéndose con naturalidad en situaciones alejadas de las habituales
comparecencias institucionales. Sin embargo, advierte de que esa soltura
televisiva no debe confundirse con una respuesta satisfactoria a los problemas
de los ciudadanos. Sus explicaciones sobre la vivienda, la corrupción o la
gestión de determinadas crisis pueden ser aceptadas o cuestionadas por los
espectadores, independientemente de la simpatía que haya despertado su
intervención.
El analista también destaca la responsabilidad de
Broncano como entrevistador. El humor permite desarmar respuestas excesivamente
preparadas, pero puede convertirse en un inconveniente cuando la risa sustituye
a una repregunta necesaria. En una televisión pública, recuerda Padula, la
cercanía debe ser compatible con la exigencia periodística y con la posibilidad
de que todos los candidatos reciban oportunidades comparables para explicar sus
posiciones.
Pero las reflexiones de Santaolalla, Évole y
Padula no son las únicas que ha suscitado el extraordinario resultado de
audiencia. La entrevista también ha provocado comentarios que ponen el acento
en la responsabilidad de los medios de comunicación y en los límites de los
formatos de entretenimiento cuando reciben a un candidato electoral.
Especialmente significativa resulta la crónica
publicada por El País bajo el título «Sánchez con Broncano: sesión de
control del buen rollito». El análisis introduce una cuestión que merece ser
considerada: la diferente valoración que puede merecer la complicidad entre un
presentador y un dirigente político dependiendo de quién sea el entrevistado.
La cercanía que algunos celebran en Broncano puede ser la misma que otros
reprochan a Pablo Motos cuando recibe a Alberto Núñez Feijóo. Una reflexión que
invita a exigir criterios periodísticos semejantes para todos.
También ha llamado la atención el debate sobre la
actuación del propio Broncano. Mientras algunos espectadores han elogiado su
capacidad para introducir preguntas políticas sin renunciar al humor
característico del programa, otros han criticado sus constantes interrupciones,
especialmente cuando Sánchez intentaba desarrollar sus explicaciones sobre
cuestiones como la vivienda. Resulta paradójico que una entrevista que ha
despertado tanto interés por escuchar al presidente haya provocado precisamente
numerosas quejas porque el presentador no le permitía terminar algunas
respuestas.
Las reacciones recogidas por La Razón ofrecen
otra perspectiva. Junto a los espectadores que han celebrado la naturalidad y
el sentido del humor de Sánchez, aparecen quienes cuestionan la espontaneidad
de su intervención y consideran que las respuestas estaban demasiado
preparadas. Tampoco faltan las críticas por determinadas promesas incumplidas,
como la derogación de la denominada ley mordaza. La entrevista, por tanto, no
ha generado una valoración unánime, sino interpretaciones enfrentadas que
reflejan la diversidad política de quienes siguieron el programa.
Y aquí aparece una circunstancia especialmente
reveladora. Las mismas cifras que para Santaolalla y Évole podrían anunciar un
cambio en el clima electoral son interpretadas por Padula como una oportunidad
comunicativa cuyo resultado político permanece abierto. Otros análisis
prefieren centrar la atención en la exigencia periodística, la complicidad
entre entrevistador y entrevistado o la capacidad de los candidatos para
responder a cuestiones incómodas.
Quizá esa pluralidad de interpretaciones sea una
de las consecuencias más interesantes de lo ocurrido. Durante años se ha
repetido que la ciudadanía estaba cansada de la política y que los jóvenes se
encontraban cada vez más alejados de ella. Sin embargo, millones de personas
han dedicado buena parte de su noche a escuchar a un presidente del Gobierno
hablar de cuestiones políticas en un programa de entretenimiento.
Una audiencia televisiva no es una encuesta
electoral. Entre los espectadores de La Revuelta había personas de
distintas sensibilidades políticas, ciudadanos interesados en escuchar al
presidente y otros atraídos simplemente por la curiosidad de verlo
desenvolverse en un formato tan singular. Tampoco puede deducirse de una noche
de televisión cuál será el comportamiento de los votantes el próximo 29 de
noviembre.
Pero sería igualmente precipitado despreciar la
importancia de lo sucedido. Que más de siete millones de personas hayan
conectado con una entrevista política en un programa de entretenimiento
constituye un fenómeno excepcional en una época caracterizada por la
fragmentación de las audiencias. Y que casi la mitad de los jóvenes que estaban
viendo la televisión en su franja de edad eligieran ese espacio invita, cuando
menos, a reflexionar sobre las nuevas formas de relación entre política, medios
de comunicación y ciudadanía.
Queda por comprobar si este interés se mantiene
durante las próximas semanas, si otros candidatos consiguen despertar una
atención semejante y si los debates y entrevistas que todavía están por
celebrarse confirman esa aparente revitalización de la conversación política.
La gran incógnita no es ya cuántos espectadores consiguió Pedro Sánchez en La Revuelta, sino qué significado tiene que tantos ciudadanos quisieran verlo. Sarah Santaolalla y Jordi Évole creen encontrar en esas cifras indicios de que algo se mueve. Euprepio Padula recuerda que escuchar no equivale a votar. Otros comunicadores ponen el acento en las exigencias periodísticas y en los riesgos de confundir entretenimiento con información política. Son interpretaciones distintas de un mismo fenómeno que, por su magnitud, merece ser analizado. El tiempo dirá si aquella noche fue el síntoma de un cambio en el clima electoral o simplemente un acontecimiento televisivo extraordinario.









