Lo ocurrido anoche en El Hormiguero no
puede despacharse como una broma desafortunada ni como un exceso puntual propio
del espectáculo televisivo. Fue algo más grave: la normalización, en horario de
máxima audiencia, de un discurso que cosifica y degrada a una mujer por el mero
hecho de serlo.
| Sarah Santaolalla / RTVE |
La analista política Sarah Santaolalla lleva
tiempo siendo objeto de campañas de descrédito impulsadas por sectores ultras
en redes sociales. Hasta ahora, esos ataques se movían en el terreno —ya de por
sí preocupante— del ecosistema digital, donde el anonimato y la impunidad
alimentan la deshumanización. Pero cuando un programa de la relevancia y
audiencia de El Hormiguero decide sumarse a esa dinámica, el problema
deja de ser marginal para convertirse en estructural.
La colaboradora Rosa Belmonte se refirió a
Santaolalla en términos que no admiten matices: “mitad tonta y mitad tetas”.
Una expresión que reduce a una mujer a su físico y cuestiona su capacidad
intelectual desde el prejuicio más rancio. No es sátira política. No es crítica
ideológica. Es cosificación pura y dura.
Más preocupante aún que la frase fue la reacción
—o la ausencia de ella— del resto de la mesa. Ni el presentador, Pablo Motos,
ni los colaboradores Rubén Amón y Juan del Val consideraron necesario marcar
distancia. No hubo una sola palabra de censura, ni una rectificación inmediata,
ni siquiera un gesto de incomodidad. Al contrario: hubo risas. Y cuando se
intentó justificar la expresión aludiendo a una supuesta cita de ficción
televisiva, el daño ya estaba hecho.
El humor no es una coartada moral. El contexto
importa. La responsabilidad importa. Y el altavoz importa aún más. Un programa
que congrega a millones de espectadores no puede permitirse trivializar el
machismo como si fuera un recurso ingenioso de sobremesa. Porque cada vez que
se ríe una ocurrencia que cosifica a una mujer, se refuerza la idea de que su
valía pública puede medirse en términos corporales.
La crítica política es legítima. Es necesaria. Es
saludable en democracia. Pero debe dirigirse a las ideas, a los argumentos, a
las posiciones públicas. Cuando el debate abandona el terreno de lo político
para invadir el del cuerpo y la descalificación sexista, deja de ser crítica y
se convierte en violencia simbólica.
Lo sucedido no es anecdótico. Es sintomático.
Revela hasta qué punto ciertos códigos machistas siguen incrustados en espacios
que se presentan como modernos y desenfadados. Y revela también algo
inquietante: que todavía hay quien considera aceptable ridiculizar a una mujer
reduciéndola a su anatomía mientras el plató ríe.
No se trata de censurar el humor. Se trata de
exigir responsabilidad. Se trata de entender que las palabras importan, que los
silencios también y que las risas, en determinados contextos, legitiman.
La sociedad española ha avanzado mucho en
igualdad, pero episodios como el de anoche recuerdan que el machismo no ha
desaparecido: simplemente se disfraza de ironía. Y frente a eso no cabe
tibieza. Cabe denuncia, reflexión y, sobre todo, un compromiso claro de quienes
ocupan espacios de influencia pública para no contribuir —ni por acción ni por
omisión— a la degradación de las mujeres en el debate público.
Porque lo intolerable no es solo lo que se dice. Es que todavía haya quien lo celebre.













