Las portadas de los tres periódicos de Almería
Donde nuestras calles cobran vida
El comercio local no solo genera empleo y riqueza, sino que también da vida a nuestras calles, y refuerza la identidad de nuestros barrios. Sin embargo, el Plan Estratégico del Comercio Municipal de Almería, elaborado por el propio Ayuntamiento, dibuja un panorama preocupante, que exige medidas inmediatas.
En los últimos años, nuestra ciudad ha sufrido una pérdida alarmante de establecimientos comerciales. Entre 2016 y 2022, se han cerrado 362 negocios en sectores clave, como alimentación, bebida, tabaco, ropa, calzado y complementos. La inactividad en los locales comerciales es un síntoma más de esta crisis en nuestra ciudad. Zonas como el Centro Histórico o la Plaza de Toros presentan tasas de inactividad superiores al 35%, situándose en un estado crítico, lo que refleja la falta de “salud comercial” de Almería y afecta de manera directa a la vida de los barrios.
El Consejo Sectorial de Comercio, creado en 2009 como órgano de participación ciudadana, podría ser una herramienta clave para revertir esta situación. Sin embargo, en lo que va de Corporación, la alcaldesa, María del Mar Vázquez, no lo ha convocado ni una vez.
No podemos permitir que un instrumento tan importante para el desarrollo del sector siga sin utilizarse. Es urgente convocar una reunión de dicho Consejo para analizar la situación, debatir soluciones y establecer un calendario para la puesta en marcha de un Plan de Actuación, como punto de partida para revitalizar el comercio de proximidad en Almería, un sector que necesita respuestas inmediatas y un compromiso firme por parte del Ayuntamiento.
El comercio local no es solo un motor económico, es el alma de nuestra ciudad, el lugar donde nos encontramos con nuestros vecinos, donde compramos productos frescos y de calidad, donde nuestras calles cobran vida. Es momento de escuchar a los comerciantes y de trabajar juntos para construir un futuro próspero para el comercio local y para toda la ciudadanía de Almería.
Intolerable machismo en 'El Hormiguero'
Lo ocurrido anoche en El Hormiguero no
puede despacharse como una broma desafortunada ni como un exceso puntual propio
del espectáculo televisivo. Fue algo más grave: la normalización, en horario de
máxima audiencia, de un discurso que cosifica y degrada a una mujer por el mero
hecho de serlo.
| Sarah Santaolalla / RTVE |
La analista política Sarah Santaolalla lleva
tiempo siendo objeto de campañas de descrédito impulsadas por sectores ultras
en redes sociales. Hasta ahora, esos ataques se movían en el terreno —ya de por
sí preocupante— del ecosistema digital, donde el anonimato y la impunidad
alimentan la deshumanización. Pero cuando un programa de la relevancia y
audiencia de El Hormiguero decide sumarse a esa dinámica, el problema
deja de ser marginal para convertirse en estructural.
La colaboradora Rosa Belmonte se refirió a
Santaolalla en términos que no admiten matices: “mitad tonta y mitad tetas”.
Una expresión que reduce a una mujer a su físico y cuestiona su capacidad
intelectual desde el prejuicio más rancio. No es sátira política. No es crítica
ideológica. Es cosificación pura y dura.
Más preocupante aún que la frase fue la reacción
—o la ausencia de ella— del resto de la mesa. Ni el presentador, Pablo Motos,
ni los colaboradores Rubén Amón y Juan del Val consideraron necesario marcar
distancia. No hubo una sola palabra de censura, ni una rectificación inmediata,
ni siquiera un gesto de incomodidad. Al contrario: hubo risas. Y cuando se
intentó justificar la expresión aludiendo a una supuesta cita de ficción
televisiva, el daño ya estaba hecho.
El humor no es una coartada moral. El contexto
importa. La responsabilidad importa. Y el altavoz importa aún más. Un programa
que congrega a millones de espectadores no puede permitirse trivializar el
machismo como si fuera un recurso ingenioso de sobremesa. Porque cada vez que
se ríe una ocurrencia que cosifica a una mujer, se refuerza la idea de que su
valía pública puede medirse en términos corporales.
La crítica política es legítima. Es necesaria. Es
saludable en democracia. Pero debe dirigirse a las ideas, a los argumentos, a
las posiciones públicas. Cuando el debate abandona el terreno de lo político
para invadir el del cuerpo y la descalificación sexista, deja de ser crítica y
se convierte en violencia simbólica.
Lo sucedido no es anecdótico. Es sintomático.
Revela hasta qué punto ciertos códigos machistas siguen incrustados en espacios
que se presentan como modernos y desenfadados. Y revela también algo
inquietante: que todavía hay quien considera aceptable ridiculizar a una mujer
reduciéndola a su anatomía mientras el plató ríe.
No se trata de censurar el humor. Se trata de
exigir responsabilidad. Se trata de entender que las palabras importan, que los
silencios también y que las risas, en determinados contextos, legitiman.
La sociedad española ha avanzado mucho en
igualdad, pero episodios como el de anoche recuerdan que el machismo no ha
desaparecido: simplemente se disfraza de ironía. Y frente a eso no cabe
tibieza. Cabe denuncia, reflexión y, sobre todo, un compromiso claro de quienes
ocupan espacios de influencia pública para no contribuir —ni por acción ni por
omisión— a la degradación de las mujeres en el debate público.
Porque lo intolerable no es solo lo que se dice. Es que todavía haya quien lo celebre.
La Nacional de 'La Desbandá'
Hay
pueblos que se niegan al silencio y no dejan que el viento se lleve los
nombres. Pueblos pequeños, con plazas sencillas y bares donde aún se habla
bajito del dolor, han levantado piedras,
placas y monolitos, como si encendieran una vela contra el olvido.
La
memoria resiste en esos pueblos que no aceptan el silencio. A orillas de la
vieja N-340, cada inscripción al sol dice sin gritar que por ese camino pasaron
hambre y frío miles y miles de refugiados.
La
historia oficial tiene despachos y firma. La memoria, en cambio, tiene manos
que escriben, que tallan, que plantan señales en el paisaje para que no se
borre lo que ocurrió en la N-340 aquel febrero de 1937.
Esa
gente en El Valle de Abdalajís ha levantado un menhir que lleva grabado el
recuerdo de la Desbandá. En Maro y Nerja, junto al Puente Viejo, hay un poste
conmemorativo que vecinos y asociaciones de esos pueblos han erigido para que
ese tramo siga siendo memoria viva. Y en La Cala del Moral, el Rincón de la
Victoria y Torre del Mar, hay placas y señales que narran los ataques sufridos
por la población civil que huía de Málaga por la N-340 hacia Almería. Son hitos
modestos pero firmes. Allí donde hoy los turistas buscan el sol, ayer los
refugiados buscaban sombra para escapar de la metralla de los Junkers Stuka alemanes y los CR.32 de la Aviazione
Legionaria italiana.
Hay
un viento que no figura en los discursos ni en las placas inaugurales. Baja
pegado a la costa en forma de “Voces que no callan”, que acompaña la X Marcha
Integral, recordando el terror de 1937, y levanta un polvo antiguo de nombres y
memoria.
Es
el viento de la Desbandá: el de los pies descalzos sobre el asfalto, el de las
mantas compartidas, el de los niños que preguntaban cuánto faltaba para llegar
a un lugar que no sabían nombrar. Es también el de la ambulancia polvorienta
del médico canadiense Norman Bethune, diminuta frente al estruendo de las
bombas, recogiendo heridos como quien rescata brasas entre la ceniza, dejando
un rastro obstinado de humanidad.
Porque
si el aire que recorre esta ciudad no señala el lugar donde nos dolió,
terminará olvidando también el suelo que nos puede cuidar. Y una ciudad que
olvida el lugar de su herida termina perdiendo su dignidad.
Porque las carreteras no olvidan. Solo esperan a que alguien vuelva a nombrarlas.
Sanidad pública o negocio privado
En política, como en la vida,
hay decisiones que retratan con nitidez a quien las toma. En Andalucía, y muy
especialmente en la provincia de Almería, llevamos años comprobando las
consecuencias de un modelo sanitario impulsado por el Gobierno de Moreno Bonilla
que ha situado la privatización y el recorte como ejes de su gestión.
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| Hospital La Inmaculada, de Huércal-Overa / Movimiento Sumar |
El resultado está a la vista: hospitales desmantelados, atención primaria asfixiada, profesionales exhaustos y ciudadanos que, si pueden permitírselo, se ven empujados a pagar de su bolsillo para recibir una atención que debería estar garantizada.
El caso del hospital de La Inmaculada de Huércal-Overa es el espejo más crudo de esta realidad. Un centro que da cobertura a más de 150.000 personas en las comarcas del Levante, Almanzora y Los Vélez funciona hoy con plantillas claramente insuficientes: un solo especialista en áreas tan sensibles como Neumología o Urología, ausencia de Dermatología y, recientemente, sin Hematología por no haberse sustituido al único facultativo durante su permiso. Las consecuencias son devastadoras: pacientes oncológicos sin atención, pruebas diagnósticas que se retrasan, cirugías que se posponen y listas de espera que no solo desesperan, sino que ponen en riesgo vidas.
A esta situación se suma un transporte sanitario colapsado —con una sola ambulancia para el retorno de pacientes dados de alta— y una atención primaria debilitada, con recortes de días y horas de consulta en numerosos municipios y pedanías. Cuando se desmantela la puerta de entrada al sistema, las urgencias se saturan y las dolencias se agravan. Es un círculo vicioso perfectamente conocido… y perfectamente evitable.
Nada de esto es fruto del azar. Desde 2019, la Junta de Andalucía ha desviado más de 4.500 millones de euros a la sanidad privada mientras empeoraban las condiciones laborales en la pública. Así se expulsa a profesionales, se vacían hospitales y se construye, de forma deliberada, un sistema dual: quien puede pagar, se atiende; quien no, espera.
La alternativa del Gobierno Progresista
Frente a este modelo de abandono, el Gobierno Progresista está demostrando que existe otra forma de entender la sanidad: como un derecho, no como un negocio. La reciente aprobación del Proyecto de Ley de Universalidad del Sistema Nacional de Salud es una prueba clara de ello. Una norma que blinda la universalidad, recupera la cartera común de servicios única, impide nuevos copagos y amplía el derecho a la asistencia sanitaria a colectivos que habían quedado fuera o en situación de vulnerabilidad.
Esta ley garantiza atención en igualdad de condiciones a personas españolas residentes en el exterior cuando se desplacen temporalmente, a familiares reagrupados a cargo, a solicitantes de protección internacional, a víctimas de trata y a personas en situación administrativa irregular, evitando que nadie quede sin atención por su origen o su estatus. Además, incorpora a estos colectivos al sistema de prestación farmacéutica para que no tengan que asumir el 100% del coste de los medicamentos.
Hablamos de un enfoque radicalmente distinto: fortalecer lo común, proteger a los más vulnerables y reforzar un sistema público que sea capaz de dar respuesta con calidad, equidad y cercanía.
Desde Movimiento Sumar Almería lo decimos con claridad: la sanidad pública andaluza no necesita más parches, necesita un cambio de rumbo. Necesita inversiones reales, plantillas suficientes, estabilidad para los profesionales y una apuesta inequívoca por lo público. La provincia de Almería no puede seguir siendo territorio de segunda en derechos sanitarios.
Hoy tenemos dos modelos sobre la mesa. El de Moreno Bonilla, que debilita lo público para abrir espacio al negocio privado. Y el del Gobierno progresista, que blinda derechos y refuerza el Sistema Nacional de Salud. Nuestra elección es clara. Defender la sanidad pública es defender la vida, la igualdad y la dignidad de nuestra gente.








