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Gloria Camila no es una hija de segunda

Nuria Torrente
@opinionalmeria

Gloria Camila Ortega ha expresado públicamente en Telecinco su dolor ante una percepción que, lamentablemente, parece haberse instalado en ciertos círculos: la idea de que los hijos de Rocío Jurado se dividen en una “hija de primera”, su hermana Rocío Carrasco, y dos “hijos de segunda”, José Fernando y ella misma. Una declaración que refleja el peso emocional que aún arrastra una familia marcada por la pérdida, las disputas y el escrutinio mediático constante.

Gloria Camila Ortega, en Telecinco

Es un hecho constatable que en el testamento de Rocío Jurado su hija biológica recibió una herencia notablemente superior a la de sus hijos adoptivos. Esta diferencia objetiva ha llevado a algunos a interpretar que la propia madre estableció una distinción de trato entre sus hijos. Sin embargo, reducir la voluntad testamentaria de una persona a una simple clasificación de “hijos de primera” o “de segunda” es un error profundo y, sobre todo, injusto.

En la redacción de un testamento influyen múltiples factores: la relación en cada momento concreto, las necesidades percibidas de cada hijo, la diversidad de progenitores, los consejos recibidos, la situación patrimonial, los avatares vitales y, en ocasiones, incluso la presión del entorno. Ninguno de nosotros conoce los detalles íntimos que llevaron a Rocío Jurado a disponer de sus bienes de esa manera. Atribuirle una jerarquía afectiva basada únicamente en las cantidades es simplificar en exceso una decisión compleja y profundamente personal.

Por eso, Gloria Camila no es, ni debe ser considerada, una hija de segunda. Ni por parte de su madre, ni por parte de quienes analizan esta historia desde fuera. Ni por ella misma. Los hijos adoptivos tienen exactamente los mismos derechos legales que los biológicos, y en el plano afectivo, el amor de una madre no se mide con baremos contables. La adopción es, precisamente, un acto de voluntad amorosa que iguala y dignifica.

Es importante que todos los hijos de Rocío Jurado -y cualquiera que haya vivido una situación similar- tomen conciencia de que, por encima de las legalidades y de las distribuciones patrimoniales, existen los sentimientos, los recuerdos compartidos y los lazos que nadie puede romper con un testamento. Un legado económico no define el lugar que cada uno ocupa en el corazón de sus padres. Creer lo contrario es alimentar una narrativa absurda y dolorosa que solo genera más sufrimiento.

Gloria Camila tiene todo el derecho a reivindicar su sitio como hija de Rocío Jurado con la misma dignidad que su hermano y su hermana. No hay hijos de primera ni de segunda. Hay hijos. Y cada uno merece ser reconocido y respetado en su singularidad, sin etiquetas que hieren y dividen.

La familia Jurado ya ha vivido demasiados capítulos de confrontación pública. Quizá sea el momento de recordar que, más allá de herencias y declaraciones, lo que verdaderamente perdura es el respeto mutuo y el reconocimiento del amor, en todas sus formas, que Rocío Jurado quiso dar a sus tres hijos. Gloria Camila no es de segunda. Es simplemente una hija. Y como tal, merece reconocimiento.

Sergio Ramos se pasó de generoso

Juan Folío
@opinionalmeria

El Sevilla FC atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente, tanto en lo deportivo como en lo económico. Su contabilidad refleja una sociedad inmersa en causa de disolución, con pérdidas acumuladas y un patrimonio negativo que ha requerido prórrogas para evitar consecuencias mayores. La deuda neta es elevada y los últimos ejercicios han arrojado números rojos preocupantes.

Sin embargo, valorar exactamente qué vale el Sevilla en una operación de compraventa no es tarea sencilla. Más allá de los balances oficiales, el club es uno de los que más ingresos genera en España, especialmente por derechos de televisión, y cuenta con una masa social enorme, una marca potente y un historial de éxitos europeos que lo convierten en un activo atractivo. Es creíble que un inversor solvente pueda superar esta situación delicada y reflotar la entidad con una buena gestión y una inyección de capital. El Sevilla no es un club en quiebra irrecuperable; es un club con problemas serios, pero con un potencial real de recuperación.

En este contexto llegó la generosísima oferta del grupo inversor representado por Sergio Ramos. Hace unas semanas se anunció un principio de acuerdo para adquirir el 80% de las acciones por unos 450 millones de euros (menos la deuda), a un precio aproximado de 3.500 euros por acción. La operación incluía pagos importantes al firmar y el resto a plazos, con garantías presentadas ante los principales accionistas. Esa cifra sorprendió incluso a los vendedores por su altura y generosidad, y generó una enorme expectación en Sevilla. Ramos, como cara visible, aportaba el simbolismo de un hijo pródigo dispuesto a invertir en su club de origen.

Sin embargo, la realidad posterior ha sido otra. El grupo inversor ha presentado una nueva propuesta sustancialmente a la baja que ha roto el acuerdo. De los 450 millones iniciales y la compra masiva de acciones, se ha pasado a ofrecer solo unos 100 millones por un paquete mucho menor de acciones y priorizar una ampliación de capital que les permitiría alcanzar el control con un desembolso total bastante inferior. Los accionistas se han sentido decepcionados ante esta rebaja drástica y han dado por rota la negociación hasta nueva fecha.

Es comprensible la decepción de los vendedores, que vieron en la oferta inicial una salida generosa a sus problemas. Pero también es lógico que los compradores busquen proteger su inversión en un club con cuentas complicadas y riesgo deportivo. Aquí radica la necesidad de un acuerdo equilibrado que recoja los intereses de ambas partes: los accionistas actuales merecen una salida digna y rentable por su inversión histórica, mientras que los compradores necesitan garantías de viabilidad y un precio ajustado a la realidad económica del club. Una ampliación de capital adecuada, combinada con una compra razonable de acciones existentes y un plan de saneamiento claro, podría ser la vía para cerrar un pacto que beneficie al Sevilla a largo plazo.

Este asunto ha despertado una gran polémica en Sevilla, especialmente entre la afición sevillista, que vive con pasión cada capítulo de la posible venta. Hay quien ve en Ramos a un salvador y quien critica la operación como un intento de “comprar barato” tras haber ilusionado con una oferta alta. Pero conviene recordar un dato importante: a diferencia de otros grandes clubes de Primera División que son propiedad de sus socios, el Sevilla FC es una Sociedad Anónima Deportiva (SAD). Su propiedad está en manos de personas y empresas que invirtieron en su accionariado con un fin mercantil. Eso no es incompatible con el cariño y la pasión por los colores; al contrario, muchos accionistas son sevillistas de toda la vida. Pero jurídicamente, se trata de una operación entre inversores.

Ojalá las partes retomen el diálogo con realismo y generosidad. El Sevilla necesita estabilidad y un proyecto sólido. Que la pasión por el club guíe las negociaciones, pero sin perder de vista que se trata también de una transacción económica seria.

Las portadas de los tres periódicos de Almería

Aarón Rodríguez
@opinionalmeria

Cada mañana se pueden adquirir tres periódicos de papel que tratan sobre los temas de Almería y su provincia. El decano es  La Voz de Almería , que es también el que tiene mayor difusión. El segundo por el número de lectores es  Ideal,  el periódico con sede en Granada, que tiene una edición especial para Almería. El tercero en difusión es el más joven -que recuperó el nombre de una cabecera histórica-, Diario de Almería, que pertenece al Grupo Joly, propietario de cabeceras en casi todas las provincias andaluzas:




Colmar el vaso

Fátima Herrera
Portavoz del PSOE en el Ayuntamiento de Almería

Vivir en Almería se está convirtiendo en un ejercicio de resistencia económica insoportable para las familias. Bajo el mandato de esta alcaldesa, un recurso vital como es el agua ha dejado de ser un derecho básico para convertirse en objeto de recaudación implacable. 

La aprobación de una nueva subida del 5% en la factura del agua no es un hecho aislado; es la gota que colma un vaso ya desbordante porque este incremento se suma al desorbitado 35% que sufrimos el año pasado, acumulando una subida insostenible del 40% en tan solo dos años. 

Este “sablazo” viene acompañado de una escalada fiscal sin precedentes, con subidas en el IBI, la tasa de basura, los servicios de cementerios y las instalaciones deportivas. Pero es que, además, los almerienses estamos asumiendo en nuestros recibos costes que deberían ser del Ayuntamiento, como el gasto del bono social o el tratamiento de lodos. Es indignante que, mientras las familias hacen malabares para llegar a fin de mes, la alcaldesa decida traspasarles cargas económicas que no les corresponden. 

Todo ello se agrava aún más a consecuencia de los veinte años de absoluta falta de inversión en la desaladora municipal, que ha encarecido el coste del agua desalada, un precio que se traslada directamente a las facturas de los ciudadanos. No es justo que las familias almerienses paguen los platos rotos de la ineficacia y la falta de control de una alcaldesa que siempre elige el camino más fácil: cargar sus deudas sobre las espaldas de la gente. 

La alcaldesa y su equipo de gobierno parecen haber olvidado que el agua no es un lujo, es un derecho. Pero aquí se repite el mismo patrón: subidas de precios, promesas vacías y una gestión que no mira por el bienestar de las personas, sino por los intereses de unos pocos. Es hora de cambiar las prioridades. Es hora de que este Ayuntamiento deje de ser un mero recaudador y se convierta en un verdadero defensor de los derechos de los almerienses. 

Porque Almería no puede seguir soportando más subidas y porque cada euro cuenta en los hogares de nuestra ciudad.

La fallida compra del Sevilla por Sergio Ramos

Juan Folío
@opinionalmeria

La posible entrada de un grupo de inversión con Sergio Ramos como cabeza visible en el accionariado mayoritario del Sevilla FC nació hace meses envuelta en expectativas, ambición y un cierto aroma de reconciliación histórica. El ex capitán sevillista, convertido ya en figura global del fútbol, parecía dispuesto a liderar una operación que prometía estabilidad institucional, músculo financiero y una salida razonable para muchos accionistas atrapados desde hace años en la guerra accionarial que consume al club.

Las primeras conversaciones dibujaban un escenario extraordinariamente favorable para todas las partes. La propuesta inicial contemplaba una adquisición accionarial a precios muy superiores a la cotización interna habitual, permitiendo a numerosos pequeños y medianos accionistas obtener una rentabilidad difícilmente imaginable en el contexto actual del Sevilla. Al mismo tiempo, el club se beneficiaría de una inyección económica inmediata y de un proyecto empresarial que aspiraba a modernizar la entidad y recuperar competitividad deportiva.

Aquella oferta tenía dos virtudes esenciales: liquidez para los accionistas y capital para el Sevilla. Era una operación que combinaba premio económico para quienes decidieran vender con recursos suficientes para reforzar la estructura financiera del club. En otras palabras, el dinero llegaba tanto al bolsillo de los propietarios como a las debilitadas arcas nervionenses.

Sin embargo, con el paso de las semanas, la operación comenzó a mutar. Lo que inicialmente parecía una compra ambiciosa terminó derivando en una propuesta mucho más conservadora y claramente menos atractiva para el accionista. La última fórmula planteada reduce de manera ostensible la cantidad destinada a la adquisición de acciones y desplaza el peso principal de la operación hacia una ampliación de capital.

Ese cambio altera por completo el equilibrio inicial. La ampliación de capital puede resultar positiva para el club desde el punto de vista financiero, porque fortalece tesorería y reduce tensiones económicas, pero no ofrece las mismas ventajas a quienes esperaban monetizar sus títulos después de años de incertidumbre institucional. El accionista deja de ser protagonista para convertirse, prácticamente, en acompañante de una operación diseñada prioritariamente para sanear balances.

La diferencia no es menor. En la propuesta original, el inversor asumía un esfuerzo importante para tomar el control y compensar generosamente a quienes cedieran sus acciones. En la actual, el desembolso directo para adquirir paquetes accionariales disminuye considerablemente.

Es comprensible, por tanto, que parte del sevillismo económico observe ahora la operación con mayor escepticismo. No porque la entrada de capital sea negativa -el Sevilla necesita recursos y estabilidad-, sino porque la promesa inicial parecía mucho más equilibrada entre el interés del club y el interés de los propietarios.

La sensación que queda es la de una oportunidad que fue perdiendo fuerza conforme avanzaban las negociaciones. El proyecto ilusionó cuando ofrecía una solución integral; hoy genera más dudas porque la ecuación ha cambiado sustancialmente. Quizá la gran lección de este episodio sea precisamente esa: que las operaciones corporativas en el fútbol no se sostienen únicamente sobre nombres ilustres o relatos sentimentales. Necesitan propuestas sólidas, transparentes y coherentes desde el principio hasta el final. Y en el caso de la frustrada compra del Sevilla, lo que acabó erosionando el consenso no fue la falta de ilusión, sino la modificación profunda de las condiciones económicas inicialmente planteadas.