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Fausto Romero: Genio y Miura


Pedro Manuel de la Cruz
Director de La Voz de Almería

➤ La vida me cruzó con Fausto Romero un atardecer de junio del 79. Buscando aparentar una edad aún no alcanzada, pretendía ser mayor (nunca antiguo, nunca) y, para alcanzar su objetivo, vestía siempre un traje arregladamente desarreglado, pañuelo blanco en la solapa y camisa adelantada cuatro dedos a la bocamanga de la chaqueta, convencido, quizá, de que no hay nada mejor que ser un señor de aquellos que vieron sus abuelos mientras recorrían a trotecito lento el Paseo antes de ponerse, para cenar, jazmines en el ojal.

Fausto Romero-Miura, ayer (Foto: La Voz)

Acababa de ganar unas elecciones y perder la alcaldía de una ciudad a la que, en una noche de insomnio en la que acabó seducido por el realismo mágico, imaginó rodeada de inmensas sábanas humedecidas para protegerla del levante que abrasa y del poniente que atormenta.

La política y sus entornos fueron acercándonos amarraditos por el amor a Almería y el escepticismo por los almerienses y, a través de la palabra -nunca he conocido a nadie que hable más y mejor que él- fuimos construyendo una amistad cada día más sólida. Tan sólida que no pudo con ella el terremoto mediático diario al que le sometí durante semanas.

Fausto era presidente provincial de Unión de Centro Democrático y cuando el partido de Suárez empezó a alejarse de ese concepto innovador para convertirse en ‘Una Cosa Demencial’ (Fausto dixit), las reuniones de la ejecutiva en la sede del edificio Remasa comenzaron a ser complejas. Comenzaban al atardecer y terminaban algunas noches en el umbral de la madrugada. Acostumbrado a la polémica (le encanta y la práctica) nunca le molestó la discrepancia. Lo que no alcanzaba a entender era cómo, a la mañana siguiente, mi articulo en el diario La Crónica reflejaba con casi literalidad lo que solo unas horas antes se había producido entre las cuatro paredes de la sala de juntas del partido.

Durante mucho tiempo insistió una y otra vez y otra y otra (quien lo conoce sabe lo insistente que puede llegar a ser) en que le desvelara el método utilizado para conocer lo que allí se hablaba. “Nadie te lo podía contar, cuando salíamos era muy tarde y la edición estaba cerrada; no había móviles, es imposible que alguien te lo contara, dímelo ya de una vez”Un día, cansado de su insistencia, decidí dictar sentencia: “Te lo diré cuando pasen veinte años y el delito de imprudencia y el deber de confidencialidad estén prescritos”. Nunca más volvió a insistir.

Hasta que pasaron los veinte añosEl sistema -le desvelé entonces- era fácil. En la mesa de reuniones había varios terminales de aquellos que llevaban impresos los números sobre las teclas a las que coronaba el teléfono. Cuando comenzaba la reunión, uno de los asistentes levantaba el terminal para hacer una llamada, marcaba los números y a los pocos segundos colgaba porque nadie respondía al otro lado. El “trato y el truco” estaba en que, al volver a colgar, el teléfono no descansaba, premeditadamente, sobre la tecla que cortaba la comunicación. El número llamado nunca tuvo respuesta, no había conversación, pero, quien descolgaba, era yo desde la redacción del periódico en la calle Reyes Católicos. Comenzaba así una escucha telefónica llena de información. "¡Que cabrón!", fue su respuesta.

Ante aquel sabotaje informativo, cualquier otro en su lugar se hubiera echado a enfadar. Él, cruzándose de brazos, dijo que le daba igual. Tan igual que, a los pocos meses, tuvo la extravagancia de contratarme como jefe de prensa de UCD. El entonces pleniponteciario gobernador civil, José María Bances Álvarez, montó en cólera: "¡Cómo se te ocurre contratar a un antiguo militante del PCE como jefe de prensa de UCD, estás loco!". "No Pipo, no estoy loco; lo he contratado porque es un buen profesional. Y punto". El presidente del partido se imponía al todopoderoso Gobernador. El Pipo Bances había perdido la batalla. Y la guerra.

Porque a Fausto no hay nada que le guste más (bueno sí, el amor a sus hijos, la locura con sus nietos) que un pleito como gran abogado y una polémica como gran buscador de la Razón. Para él todo tiene sus porqués. Dotado de una curiosidad inmensa no hay argumento que no le apasione ni esquina en que no se detenga. Equipado desde que nació con la mochila de la utopía se sabe de memoria a los clásicos. Si un psicólogo indocumentado visitara su casa, o acababa loco por su conversación o llamando al 061 para que lo llevaran a salud mental por padecer el síndrome de Diógenes literario. Tiene tantos libros y tan trabajados que, más que una casa, la suya es un laberinto de sabiduría escrita.

Ahora que el capote de la vida le ha hecho una larga cambiada, Fausto, como buen Miura, ha decidido embestir con la casta que atesora su apellido. Quien se ha reído en y con la vida no iba a dejar de reírse de la muerte. Por eso se ha plantado en medio de la plaza, ha hincado los pies en el suelo y ha mirado cara cara al bicho: podrás derrotarme, pero no me vencerás. Fausto sabe que no es lo mismo ser derrotado que ser vencido.

Ayer, en medio de la emoción de quienes le quieren y le queremos recibió la Medalla de Oro de la Provincia y lo hizo con la emoción contenida de un Señor y la elegancia de un Gentleman y fue entonces, en ese momento de emoción en que pensé en las vueltas que da la vida. Cuando nos conocimos él era un reformista con sabiduría y yo un revolucionario sin rencor. Hoy yo solo aspiro a ser un reformista sin vileza y él un revolucionario con honor. Genio y miura.