La intervención de Kiko Jiménez en el programa ¡De Viernes!, emitido anoche en Telecinco, deja una reflexión incómoda pero necesaria sobre los límites del juicio moral en la televisión y el uso de los conflictos familiares como espectáculo. Durante la entrevista, la colaboradora Ángela Portero centró buena parte de su intervención en reprochar al invitado una supuesta falta de atención hacia su padre. El tono no fue el de una pregunta ni el de una contextualización periodística, sino el de un señalamiento reiterado que rozó el ensañamiento público. Se juzgó una conducta sin atender a la historia previa que la explica.
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| Kiko Jiménez, anoche en Telecinco / Mediaset |
Y esa historia no es menor. Los padres de Kiko Jiménez se separaron cuando su madre estaba embarazada de dos meses. La primera vez que vio a su padre fue con cinco años, en una visita a la cárcel, y desde entonces apenas ha habido contacto: un par de encuentros en toda una vida. No puede exigirse responsabilidad emocional allí donde nunca existió cuidado, presencia ni vínculo real.
Ahora
bien, tan cuestionable como el reproche moral lanzado desde el plató resulta la
propia presencia de Kiko Jiménez en el programa. Si no existe relación con su
padre, si no hay vínculo ni intención de reconstruirlo, cabe preguntarse qué
sentido tenía sentarse en televisión para abordar este asunto. Porque la
ausencia de relación también debería implicar la ausencia de utilización del
conflicto como contenido televisivo.
La
coherencia es un valor que no debería perderse ni dentro ni fuera de cámara.
Rechazar un vínculo por inexistente es legítimo; aprovechar esa misma ausencia
para obtener visibilidad o beneficio mediático lo es menos. La televisión no
obliga: invita. Y aceptar esa invitación implica asumir una parte de
responsabilidad en el circo que se genera después.
Este
tipo de debates dejan una sensación amarga. Por un lado, colaboradores que
juzgan desde una moral simplista, olvidando que no todas las paternidades
existen aunque se nombren. Por otro, personajes que acceden a exponer heridas
que dicen no importarles, pero que acaban convertidas en contenido.
La televisión debería reflexionar sobre ambas cosas. Porque cuando el dolor ajeno se convierte en espectáculo y la coherencia se diluye entre focos, lo que pierde no es solo el invitado o el colaborador: pierde el espectador y pierde el propio medio.


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