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Ángela Portero se ensaña con Kiko Jiménez en Telecinco

Alba Haro
@opinionalmeria

La intervención de Kiko Jiménez en el programa ¡De Viernes!, emitido anoche en Telecinco, deja una reflexión incómoda pero necesaria sobre los límites del juicio moral en la televisión y el uso de los conflictos familiares como espectáculo. Durante la entrevista, la colaboradora Ángela Portero centró buena parte de su intervención en reprochar al invitado una supuesta falta de atención hacia su padre. El tono no fue el de una pregunta ni el de una contextualización periodística, sino el de un señalamiento reiterado que rozó el ensañamiento público. Se juzgó una conducta sin atender a la historia previa que la explica.

Kiko Jiménez, anoche en Telecinco / Mediaset

Y esa historia no es menor. Los padres de Kiko Jiménez se separaron cuando su madre estaba embarazada de dos meses. La primera vez que vio a su padre fue con cinco años, en una visita a la cárcel, y desde entonces apenas ha habido contacto: un par de encuentros en toda una vida. No puede exigirse responsabilidad emocional allí donde nunca existió cuidado, presencia ni vínculo real.

Ahora bien, tan cuestionable como el reproche moral lanzado desde el plató resulta la propia presencia de Kiko Jiménez en el programa. Si no existe relación con su padre, si no hay vínculo ni intención de reconstruirlo, cabe preguntarse qué sentido tenía sentarse en televisión para abordar este asunto. Porque la ausencia de relación también debería implicar la ausencia de utilización del conflicto como contenido televisivo.

La coherencia es un valor que no debería perderse ni dentro ni fuera de cámara. Rechazar un vínculo por inexistente es legítimo; aprovechar esa misma ausencia para obtener visibilidad o beneficio mediático lo es menos. La televisión no obliga: invita. Y aceptar esa invitación implica asumir una parte de responsabilidad en el circo que se genera después.

Este tipo de debates dejan una sensación amarga. Por un lado, colaboradores que juzgan desde una moral simplista, olvidando que no todas las paternidades existen aunque se nombren. Por otro, personajes que acceden a exponer heridas que dicen no importarles, pero que acaban convertidas en contenido.

La televisión debería reflexionar sobre ambas cosas. Porque cuando el dolor ajeno se convierte en espectáculo y la coherencia se diluye entre focos, lo que pierde no es solo el invitado o el colaborador: pierde el espectador y pierde el propio medio.

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