La televisión no solo entretiene. También educa. O, al
menos, lo intenta. El problema surge cuando lo que enseña no es precisamente un
modelo ético, sino una moral interesada, cambiante y profundamente injusta. En
ese terreno resbaladizo se mueve buena parte de la llamada televisión del
corazón, con Telecinco a la cabeza, donde los papeles de “buen hijo” y “mal
hijo” se reparten no en función de los hechos, sino del relato que conviene en
cada momento.
El programa ¡De Viernes! es un ejemplo reciente
de este doble rasero. En él se ha señalado descarnadamente a Kiko Jiménez por no atender a su
padre, presentándolo poco menos que como un hijo desnaturalizado, egoísta y
carente de valores. Lo que se omite deliberadamente es un dato esencial: ese
padre nunca ejerció como tal. No hubo crianza, ni cuidados, ni responsabilidad,
ni presencia. Pretender exigir ahora deberes filiales donde antes no hubo
paternidad real no es solo hipócrita, es una forma de violencia simbólica que
revictimiza a quien fue abandonado.
Mientras tanto, el programa —y la cadena en general—
se esfuerza en construir la imagen opuesta con Rocío Flores. Se la presenta de
forma reiterada como ejemplo de hija entregada, sufridora y leal. Sin embargo,
hay hechos que no se pueden borrar con música emotiva ni con planos cerrados. Quedó acreditado judicialmente que fue condenada por maltrato a su madre cuando
era menor de edad. Un episodio grave, doloroso y documentado, que rara vez se
menciona y que nunca parece afectar a su aura de “buena hija”.
No se trata de negar la complejidad de las relaciones
familiares ni de ignorar que una persona puede cambiar con el tiempo,
especialmente cuando los hechos ocurrieron en la adolescencia. Se trata de algo
más básico: coherencia. ¿Por qué se exige una paternidad moral a quien fue
abandonado y, al mismo tiempo, se blanquea una conducta violenta cuando no
encaja en el relato que se quiere vender?
Telecinco no juzga hechos: reparte roles. Necesita
villanos y necesita héroes, y los fabrica sin pudor, aun a costa de retorcer la
realidad. El mensaje que se lanza al espectador es peligroso: no importa lo que
haya ocurrido realmente, sino a quién conviene proteger y a quién conviene
señalar.
Porque, al final, en esta televisión no hay buenos ni malos hijos. Hay hijos útiles y otros prescindibles. Y eso dice mucho más de la cadena que de las personas a las que expone.

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