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Ricky Rubio, sangre almeriense y medalla de oro en el Mundial de China

Manuel León
Periodista

El Mundial de baloncesto de China ha tenido un protagonista destacado: Ricky Rubio. No solo ha conseguido la medalla de oro sino que se ha consagrado como MVP del torneo. Al finalizar el partido, el jugador recordaba cómo sentía envidia al ver por televisión cómo algunos de los que hoy son sus compañeros ganaban en Japón en 2006. Por aquel entonces tenía tan solo 15 años. Ese galardón también él lo tiene.

Ricky Rubio, entrevistado por Cuatro (Cuatro)

La dedicatoria de Ricky Rubio tras la victoria de España ante Argentina ha sido de lo más emotiva. La ha dirigido a su madre, que falleció hace tres años, víctima de un cáncer de pulmón: "Desde donde esté estará muy contenta", expresó un emocionado Ricky.

En el año 2012 el periodista Manuel León escribió este artículo sobre Ricky Rubio:

De las cumbres de Bédar al estrellato de la NBA

Es el hombre de moda en el baloncesto mundial: Ricky Rubio es la sensación de la NBA, el niño prodigio que en Minnesota levanta al público de sus asientos con cada acción ante la canasta, con su desparpajo de 22 años, con su nariz de Cyrano, su cabello revuelto y su barba juvenil. Este novicio americano, además, tiene sangre almeriense en las venas que le recorren los brazos con los que lanza triples. 

Su historia de nieto de charnego comenzó en la década de los 50, cuando su abuelo Esteban Rubio Bolea, natural de la sierra de Bédar, acababa de realizar el Servicio Militar en la Comandancia de Marina de Garrucha y se disponía a labrarse un porvenir. Como tantos, no encontró un mejor modo que la emigración. 

Su padre Ramón (bisabuelo de Ricky) había sido peatón postal llevando la correspondencia de la época de Bédar a Los Gallardos en las enaguas de una burra, cuando las minas del Pinar tenían ya las entrañas casi secas. Esteban cogió una maleta de cartón, con una muda y una tripa de longaniza, y se plantó en la estación de tren de Zurgena que lo condujo hasta Barcelona. 

Como tipo emprendedor que era, en El Masnou, un municipio de las costa del Maresme, lugar de la veraneo tradicional de la burguesía catalana, montó un taller de tallado de vidrio, donde personalizaba vasos y copas para los ricos ajuares de las familias catalanas que habían prosperado con la industria textil: los Ríus, los Vergé o los Alemany. Al poco se casó con una jovencita del país. 

Esteban tuvo dos hijos, Esteban (padre del deportista) y Magdalena. No pudo verlos prosperar demasiado, ni saber de los éxitos de su nieto: un accidente en Jumilla, cuando viajaba en unas vacaciones a Bédar, le sesgó la vida. La muerte le llegó, asegura uno de sus parientes, cuando iba tocando la armónica como copiloto del vehículo siniestrado. El padre de Ricky, nacido ya en Cataluña, se casó con Tona Vives, y echaron raíces en Cataluña, sin moverse de El Masnou, el pueblo donde llegó el abuelo Esteban. 

Esteban, dedicado a la representación farmacéutica, no ha querido, sin embargo, perder sus raíces almerienses y alguna que otra vez viaja aún a Bédar, donde vive uno de sus tíos, Antonio, y algunos primos. Allí ha viajado alguna vez, cuando era un pipiolo, el ahora poderoso base de la NBA y de la selección española de baloncesto. Por las calles empinadas de Bédar alguna vez Ricky o Ricard o Ricardo, cuando era aún un desconocido, habrá paseado de la mano paterna; habrá visto perros vagabundos, habrá bebido agua fresca de la fuente y habrá olido el pan candeal del último horno árabe. 

Para el alcalde, Angel Collado, “es motivo de orgullo que un deportista tan afamado tenga raíces familiares en nuestro pueblo”. Para su tía María Dolores Rubio, “es un orgullo tener a un buen deportista en la familia y a un gran muchacho en nuestra familia almeriense”. Mientras, sus familiares y paisanos y medio mundo habla sobre la última perla de la NBA. Él entrena con paciencia franciscana en la cancha de Minnesota Wolves, en una ciudad que no es la suya, pero que le ha acogido como un nuevo vellocino de oro, en el Medio Oeste americano, en un megapolis rodeada de grandes praderas dedicadas a la agricultura intensiva. Es el precio de la fama, de abrirse camino en la vida, como hizo su abuelo cuando agarró en Zurgena aquella maleta de cartón. 

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