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Precios hortofrutícolas

David Uclés Aguilera
Director del Instituto de Estudios Socioeconómicos de la Fundación Cajamar
 
Todo el mundo sabe que estamos en crisis. Esta misma mañana he acudido a un colegio de primaria de Almería para hablar a los peques de 6 y 7 años de lo que es la economía y de la forma que la economía influye en sus vidas. Aparte de lo que me he divertido con las respuestas de los niños, he podido comprobar que tienen una idea bastante aproximada de lo que es una crisis. Saben que la gente tiene menos dinero, saben que muchos mayores se han quedado en el paro y, curioso, asocian el nombre de los políticos con la idea de crisis.
 
Por tanto, no exagero si digo que todo el mundo sabe o intuye lo que supone una crisis y cuáles son sus consecuencias: cierre de empresas, trabajadores en paro, menor poder adquisitivo, menor consumo… Sin embargo no todos los productos se dejan de consumir con la misma intensidad. Como bien señalaban los niños, hay cosas más importantes que otras. Pero como se supone que estamos hablando entre adultos y se tiende a creer que los economistas somos gente seria que dice cosas serias que casi nadie entiende, les diré que aquellos bienes que se encuentran en los primeros escalones de la pirámide de las necesidades de Maslow son las que menos se dejan de consumir como, por ejemplo, la comida. Si echamos un vistazo a lo que ha pasado en España en los dos últimos años, nos daremos cuenta que ha sido precisamente la comida el principal banderín de enganche de la publicidad y las promociones de la gran distribución. La racionalidad que hay debajo de este comportamiento no puede ser más sencilla, dado que lo último que dejarán de comprar los consumidores es el alimento, éste es el reclamo que debemos utilizar para convencerlos de que atraviesen nuestros umbrales.
 
Por otro lado, aún cuando no todos los consumidores están en situación de riesgo con respecto a sus ingresos, la sensación de miedo se transmite a lo largo y ancho de toda la sociedad, y dado que el crecimiento del paro ha sido muy grande en España, casi todo el mundo conoce a alguien que ha perdido su empleo. Para que se entienda, hay un refrán castizo que lo explica perfectamente: “cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar”. En la medida que a nuestro alrededor se producen situaciones de desempleo o de estrés por el riesgo de perderlo, nuestra sensación de miedo se incrementa y nos comportamos de forma más comedida. En España, durante muchos meses, la propensión marginal al ahorro estuvo batiendo records. Era la materialización de ese miedo extendido por la sociedad.
 
Este comportamiento de mayor precaución trastocó, como no podía ser de otra forma, los patrones de consumo. Capítulos como el ocio redujeron en 2009 su consumo un 2 %. Los hoteles, restaurantes y cafés perdieron, por su parte, un 5 %. Como era de esperar, aquellas partidas más elevadas en la escala de Maslow, a excepción de las comunicaciones, fueron las que más retrocedieron en ese año. Por ejemplo, los transportes cayeron un 19 %, el mobiliario y equipamiento del hogar otro 16 %. El consumo total de los españoles cayó, pero el de alimentos y bebidas en el hogar apenas se movió (-0,5 %) y el de bebidas alcohólicas incluso creció (11 %), al igual que el gasto en medicinas y salud. No es extraño, en una recesión como la que estamos dejando atrás, las enfermedades se disparan, ya que el estrés y el pesimismo contribuyen a que nuestra salud empeore.
 
En cualquier caso, la alimentación en general perdió algo de fuelle durante 2009, pero mucho menos que el resto de sectores de consumo, tal y como decía la teoría que sucedería. ¿Qué ha pasado mientras tanto con las frutas y hortalizas? Como alimentos que son, han perdido ventas en los canales de la restauración y hostelería, pero en el hogar han aumentado de forma importante. Según el panel de consumo alimentario que elabora el Ministerio de Medio Ambiente, Medio Rural y Marino, el consumo de frutas frescas aumentó en los hogares españoles un 11,8 %, mientras que el de hortalizas lo hizo en un 14,3 %, compensado ampliamente los descensos del canal hostelero. Evidentemente, estos porcentajes están calculados sobre kilos.
 
Como seguramente sospecha el lector avezado, aún más si es agricultor, este aumento de consumo debería haber tenido una repercusión al alza sobre los precios de estos bienes, alza que debería haberse trasladado en parte hacia la zona baja de la cadena de suministros hasta llegar al agricultor. Pero esto no ha ocurrido, antes al contrario, los precios llevan mucho tiempo a la baja, poco a poco, pero de forma continua. Según la serie que calculamos en la Fundación Cajamar, los precios en la última campaña fueron, de media, un 40 % menores que en 1975 en términos reales. Es decir, la base sobre la que se sustenta el negocio de la principal actividad almeriense está inmersa en una espiral deflacionaria a la que sólo podemos hacer frente produciendo más o haciéndolo más barato. O las dos cosas. Sobre estas cuestiones pueden, si quieren, ojear el Análisis de Campaña que edita la fundación cada año y que está disponible en su página web.
 
Lo que me interesa en este artículo es poner de manifiesto que, habiendo aumentado el consumo, los precios de venta al público no sólo no han crecido, sino que han bajado de manera significativa. Es evidente que la crisis tiene mucho que ver en ello, aunque este tipo de bienes deberían estar más protegidos de los descensos de precios. También es evidente que la tendencia es decreciente desde hace décadas. Digamos ya que, según el panel, el descenso de los precios medios en 2009 fue del 6,3 % para las frutas y del 3,7 % para las hortalizas frescas, muy por debajo del IPC (-0,3 %, calculado sobre medias anuales). ¿Hay alguna otra razón que ayude a explicar este comportamiento? Creo que si. A diferencia de otras crisis pasadas, ésta es la primera de carácter realmente global, por haberse producido en el mismo corazón del sistema capitalista: el sistema financiero de EE.UU. Esto propicia una mayor competencia, independientemente de la coyuntura económica y favorece el descenso de lo precios. Pero también ésta ha sido la primera crisis en España en la que la gran distribución acumulaba la mayor parte del mercado nacional. La desaparición paulatina de intermediarios y de comerciantes minoristas ha provocado un acortamiento de la cadena (lo que abarata costes), pero también hemos asistido al crecimiento desmedido de muchos de los agentes finales. Hace 20 años en este país apenas nadie conocía la empresa Mercadona. Hoy es líder absoluto de ventas de productos de alimentación y gran consumo de España. El crecimiento de estas empresas ha servido para que acumulen un poder de mercado enorme, y para que impongan su ley en el resto de la cadena de suministro, desde la otrora poderosa industria alimentaria hasta, por supuesto, los menos organizados agricultores o cooperativas de comercialización.
 
A mi modo de ver, la gran distribución ha tenido claro que la forma de llevar a los consumidores a sus tiendas era ofrecer una cesta de la compra barata, siendo los alimentos la parte del león de la misma. Y han puesto a funcionar sus capacidades para lograr este objetivo, presionando a los proveedores hasta el límite de sus posibilidades. Éste, junto con el resto de factores, son los que provocan el descenso de los precios.
 
La mala noticia es que no se vislumbra ningún cambio a mejor para los productores de alimentos, fuera del hecho cierto de que la población mundial sigue aumentando y que, por tanto, la demanda también lo hará. Si Almería opta por ser un proveedor de precios bajos, tarde o temprano será barrida del mapa por la oferta de países con costes estructurales y de producción más bajos. Tenemos que caminar en otras direcciones, aprovechando el poder que nos da ser uno de los principales productores de frutas y hortalizas del mundo, poniendo en valor todos nuestros valores y conocimientos y aprovechando el desconocimiento de los que quieren entrar en los mercados.
 
Ya sé que es muy fácil decirlo, pero sirva como consuelo que lo hemos estado haciendo bien en los últimos 30 años, y que otros que han estado en la misma tesitura en la que nos encontramos ahora nosotros, como Holanda en los 90, fueron capaces de reinvertarse, adaptarse y sobrevivir.

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