Fue levantar el otro día Rodri la copa en Nueva York y acordarnos todos
-desde Finisterre hasta Agua Amarga- de un almeriense universal de verdad,
sin que le venga ancho el adjetivo. Cuando nos sale la bizarría patriótica,
brota Manolo en nuestro corazón y su Viva España, como brotó cuando Suráfrica
-con permiso de Shakira y de Piqué- y su Porompompero y su Carro y
todo su arsenal de estribillos que cuando los oímos de tiempo en tiempo nos
hacen estremecer porque nos acordamos de nuestros padres. Fue la primera vez,
desde Salmerón- salvando las distancias- que un almeriense tocaba cielo,
como lo ha tocado Bisbal décadas después. Hay artistas que no pasan por un
país, sino que lo atraviesan como un río. Manolo fue uno de ellos. No necesitó
nunca disfrazarse de modernidad y sin embargo es perpetuo, como Raphael,
como Camarón. Llegó de su El Ejido natal con una voz de tierra caliente, con el
pecho abierto y la verdad sencilla de quien sabía que la copla bien dicha puede
durar más que un éxito de temporada.
| Pudimos disfrutar de la voz y la presencia de Manolo Escobar para festejar la Copa del Mundo de 2010. En esta ocasión, solo hemos podido disfrutar de su voz / Loa |
Manuel García Escobar nació el año de la República en un cortijo junto al
camino de Las Norias de Daza. Era una finca muy buena, de parrales y
ganado, que su padre Antonio malvendió, porque no disponía de suficiente agua,
para irse a El Ejido donde la familia de diez hijos alumbrados por la madrecita
María del Carmen compró una vieja fonda con cine al lado, aunque el
negocio no debió de ir demasiado bien porque la mayoría de los hermanos
emigraron a Cataluña.
Enfrente de la pensión, había un bar que regentaba un hombre cuyo hijo se
llamaba Juan Cantón Maldonado, uno de los mejores amigos del Manolo niño,
a quien le dedicó años después la canción Luto Blanco. Manolo, junto a sus
hermanos, emigró con 14 años a Barcelona, iniciándose en la farándula con
Baldomero, Salvador y Juan Gabriel. Desde muy niños, en El Ejido, aprendieron a
tocar la guitarra y el laúd, conociéndose como ‘Los niños de Antonio García’,
que actuaban en los intermedios cuando su padre cambiaba el rollo de las
películas. Les enseñó un viejo maestro llamado Antonio Manzano, al que
Manolo veneró toda su vida.
La pertinaz sequía hizo que abandonaran, por tanto, su tierra natal y un
tren los llevó a la industrial Barcelona donde se alojaron en una habitación
alquilada en el Barrio Chino, dedicándose al principio al estraperlo tan
en boga. Prosperaron y se cambiaron a Badalona y Manolo coleccionó empleos como
aprendiz metalúrgico, ebanista, en una fábrica de lejías y como cartero.
Proliferaban en los barrios las verbenas callejeras de farolillos y
bombillas, donde Manolo y sus hermanos se dejaban ver improvisando canciones en
esos escenarios humildes. Encontraron a un padrino artístico, José María
Nadal, quien les hizo formar el grupo ‘Manolo Escobar y sus guitarras’
centrándose ya para siempre en la música. En 1958 les llegó el primer contrato
de categoría en Playa de Aro, en la Costa Brava. Allí conoció a una muchacha
alemana que estaba de vacaciones, Ana Marx, con la que se casó un año
después, sin hablar uno el idioma del otro.
Empezó el almeriense a recorrer España cantando y a encadenar éxitos hasta
que Juanito Valderrama lo fichó para su espectáculo. Empezó a convertirse a
principios de los 60 en un ídolo de multitudes con el pasodoble Ni se compra ni
se vende o con el Porompompero y después con Mi Carro y La Minifalda y
Mujeres y vino, en ese tiempo que algunos refinados han motejado como el de la
España casposa. Era omnívoro este simpático ejidense y no rechazó las ofertas
para hacer cine debutando con Los Guerrilleros a las que siguieron
muchas otras. Interpretaba personajes del pueblo llano con un final feliz.
España, cuando sonaba Manolo en la radio, olía a colonia de domingo, a
bares donde el vermú se servía con sifón, a plazas encaladas y a verbenas donde
las bombillas parecían pequeñas estrellas domesticadas. Era un tiempo
imperfecto, como el de aquel Festival de la Canción de Almería, que se
celebraba en el patio de La Salle, donde actuó Manolo ya como una figura de
talla; era un tiempo imperfecto, sí, pero con la alegría obstinada que solo
conocen los pueblos que han aprendido a sobrevivir cantando.
Se ha escrito mucho, en Almería y fuera de Almería, sobre el intérprete de
Mi Carro, pero detrás del personaje popular existía un hombre que entendió
antes que muchos que el pueblo no necesita sofisticación para emocionarse.
Necesita reconocerse. Y nuestro Manolo, como ahora nuestro Bisbal, era
precisamente eso: un espejo donde millones de españoles encontraban un acento
familiar, una sonrisa franca y una forma de entender la vida sin
complejos. Nunca pretendió ser un revolucionario, Manolo. Su
revolución fue otra. Consistió en dignificar aquello que los puristas miraban
por encima del hombro: la canción popular, el orgullo de pertenecer a una
tierra y la felicidad sin ironías. Mientras otros buscaban parecer
internacionales, Manolo consiguió que España sonara así misma, como un
Luis de la Fuente de la canción. Su voz no perseguía el virtuosismo, sino la
emoción, sin importar las partituras.
Hoy resulta fácil analizar su figura desde los prejuicios del presente. Es
el deporte favorito de una época que confunde contexto con sentencia. Pero
Manolo Escobar pertenece a una generación que hizo de la música un refugio
colectivo. Sus canciones acompañaron bodas, ferias, viajes interminables
en un Simca cargado de maletas, primeras comuniones, fiestas patronales y
noches de verano donde el tiempo parecía detenerse bajo una parra.
Por eso, su legado, que es el de nuestros padres queridos, no cabe en las
estadísticas de discos vendidos ni en las listas de éxitos. Vive en la
memoria sentimental de un país. En ese padre que silbaba Yo soy un
hombre del campo mientras conducía. En esa madre que tarareaba
Madrecita María del Carmen mientras preparaba la comida. Quizá ahí resida el
verdadero misterio de los artistas populares: no necesitan monumentos porque
viven instalados en los recuerdos. Son patrimonio invisible. Forman
parte del paisaje emocional de una nación, igual que el olor del jazmín al caer
la tarde o el sonido de las campanas en un pueblo blanco de Almería.
Manolo Escobar no fue únicamente un cantante. Fue una manera de celebrar la vida sin pedir disculpas. La banda sonora de un país, de una provincia, la nuestra, que aprendía a mirarse con orgullo entre luces de feria, carreteras nacionales y domingos de familia. Y mientras exista alguien que, sin darse cuenta, siga silbando una de sus melodías al volante o en la cocina, Manolo continuará haciendo lo que mejor sabía hacer: recordarnos que la alegría también puede convertirse en memoria.

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