Estimado Antonio: Espero que, a la llegada de estas líneas, te encuentres bien. Yo, bien, gracias a Dios. Te escribo esta misiva a raíz de tus manifestaciones en el programa ¡De Viernes!, de Telecinco. Con carácter previo, Antonio, deseo recordarte -aunque creo que no es necesario, pero por si acaso- que un periodista tiene el deber deontológico de elegir siempre la verdad ante el rumor o, simplemente, la falsedad. Y tú, el viernes, despreciaste esa obligación deontológica, a pesar de que las afirmaciones que hacías no se ajustaban a la realidad, algo fácilmente contrastable acudiendo a la extensa hemeroteca y a la documentación pública sobre el particular. Por cierto, he observado a lo largo de tu trayectoria profesional que, cuando se tratan cuestiones relacionadas con Rocío Carrasco, siempre eliges, entre las varias versiones, aquellas que más pueden poner en entredicho su honestidad. Desconozco los motivos de esta inquina.
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| Antonio Rossi, en ¡De Viernes! / Mediaset |
Vamos con tus afirmaciones. En primer lugar, te sumaste a la falsedad que con
frecuencia difunde Rosa Benito: que Rocío Jurado tenía “un seguro muy bueno”
que cubría los gastos médicos en Houston y que, por tanto, no había necesidad de afrontar gasto médico alguno.. Es falso, Antonio, y lo sabes. El seguro médico privado
que la artista contrató en los años previos al
diagnóstico sí asumió las asistencias sanitarias en España -pruebas,
intervenciones y hospitalización en el Hospital Montepríncipe de Madrid-, pero
carecía de cobertura para la atención recibida en el MD Anderson Cancer Center
de Houston. Así lo explicó públicamente Rocío Carrasco, respaldándose en la
facturación del tratamiento. No consta documentación pública alguna que acredite que
la aseguradora sufragara un solo dólar de la asistencia prestada en Estados
Unidos. Al contrario: los documentos exhibidos apuntan a que aquellos gastos
debieron afrontarse por otras vías.
En segundo lugar, afirmaste que José Ortega Cano vendió o hipotecó -no recuerdo exactamente cuál fue tu apreciación- una parte de Yerbabuena para afrontar esos gastos. En este caso no ratificas las palabras de Rosa Benito, quien está harta de repetir que “José Ortega Cano no pagó ni un duro de la enfermedad de Rocío”. Si tú dispones de pruebas documentales que indiquen lo contrario -una escritura de compraventa, un extracto bancario o cualquier justificante que vincule de forma específica una operación patrimonial sobre la finca con el pago del tratamiento en Houston-, muéstralas. Hasta la fecha, esa versión ha circulado durante años sin que haya trascendido documentación pública que la acredite. La finca Yerbabuena se vendió en 2013, siete años después del fallecimiento de Rocío Jurado, por un importe cercano a los 5,5 millones de euros, en un contexto vital y económico muy distinto al de 2004-2006. Desde un punto de vista estrictamente periodístico, la ausencia de pruebas obliga a distinguir entre una narración repetida y un hecho acreditado.
La secuencia
real, reconstruida a partir de los testimonios de quienes gestionaron aquellos
pagos y de la documentación que ha salido a la luz, es otra. En el verano de
2004 Rocío Jurado fue diagnosticada de cáncer de páncreas tras ser intervenida
en Madrid. La familia optó por completar el tratamiento en el MD Anderson. Los
desplazamientos y la asistencia privada en Estados Unidos generaron costes
elevados. Donde sí existe coincidencia documental es en el papel de la gala
Rocío… siempre, grabada por RTVE a finales de noviembre de 2005 y emitida
semanas después. Según las facturas difundidas públicamente, la artista
percibió aproximadamente 250.000 euros por aquel espectáculo. Esa cantidad
permitió afrontar la factura de la primera etapa del tratamiento en Houston,
cifrada en 246.589,50 dólares y abonada en febrero de 2006. La proximidad
temporal entre el cobro del caché y el pago del hospital refuerza esa
explicación. Por cierto, es público y notorio -aunque tú no sueles recordarlo, no sé por qué- que Amador Mohedano, Rosa Benito y Rosario Mohedano fueron las únicas personas que no renunciaron a sus honorarios.
La historia de la enfermedad de Rocío Jurado constituye, estimado Antonio, un ejemplo claro de cómo determinados relatos terminan adquiriendo apariencia de verdad por el mero hecho de repetirse. El supuesto seguro internacional, la presunta venta de parte de Yerbabuena o las sucesivas versiones sobre quién asumió realmente los gastos acabaron formando parte de un relato paralelo que, en ocasiones, ha eclipsado los hechos documentados. La función del periodismo no consiste en reproducir aquello que más veces se ha contado, sino en someter cada afirmación al contraste de las pruebas disponibles. En este caso, la documentación hecha pública y los testimonios de quienes gestionaron directamente aquellos pagos permiten diferenciar con nitidez entre los rumores que han acompañado durante dos décadas a la figura de Rocío Jurado y los hechos que cuentan con respaldo. Esa diferencia no solo contribuye a una mejor comprensión de lo ocurrido; es, sobre todo, un ejercicio de rigor hacia una de las artistas más importantes de la música española.
Quedo a la espera, Antonio, de que, si dispones de pruebas que desmientan lo aquí expuesto, las aportes con la misma claridad con la que se han mostrado las facturas y los justificantes existentes. El público merece la verdad, no la reiteración del rumor o la mentira.


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