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El derecho al legado que solo se niega a Rocío Carrasco

Marian Lozano
@marian65x 

En raras ocasiones, por no decir en ninguna, la gestión de los derechos de imagen de los grandes mitos de la música se ha cuestionado, a menos que la heredera se llame Rocío Carrasco. La heredera universal de Rocío Jurado se enfrenta a un juicio moral permanente que delata cierto sesgo particular y único de periodistas y colaboradores de los programas de crónica social de la cadena de televisión Telecinco y sus satélites.

Rocío Carrasco, en una reciente entrevista en "El sótano", programa presentado por Alba Carrillo en Ten / Ten

La la crítica a la gestión del legado artístico de Rocío Jurado por parte de su hija Rocío Carrasco pone de manifiesto el doble rasero de estos programas de corazón y cierta prensa que aplaude la gestión de otros herederos, pero que penalizan a Rocío Carrasco. Han creado un relato mediático alimentado por los no beneficiados en el testamento de esos derechos, y han visto en ello un filón económico al que solo hay que echar gasolina para seguir nutriendo a los despechados. 

La muerte de un gran artista supone para su familia no solo lidiar con el duelo, sino abordar todo lo que representa el terreno legal, la propiedad intelectual y los derechos de explotación de la imagen. En el caso de Rocío Jurado, este grupúsculo de cronistas del corazón no ha sopesado el dolor y se han convertido en un tribunal mediático que se arroga más competencias que la propia legislación en materia de sucesiones y que la propia heredera. 

Ninguno de estos inquisidores de la opinión pública acusó a las hijas de Lola Flores, Lolita y Rosario, de lucrarse a costa de la memoria de La Faraona cuando inauguraron su museo en Jerez o han participado en series y documentales. Al contrario, lo aplauden. Tampoco se ha arremetido contra el heredero de Camilo Sesto, que ha puesto en marcha recientemente su museo en Alcoy, o al hijo de María Jiménez, que gestiona igualmente el patrimonio cultural de su madre con gran presencia en redes sociales. Shaila Dúrcal y Carmen Morales han llevado a cabo una serie de homenajes y colaboran en un documental sobre la vida de su madre en el veinte aniversario de su fallecimiento. Ni una sola palabra que las cuestione, solo alabanzas, como debería ser en todos los casos. 

Sin embargo, Rocío Carrasco, nombrada a voluntad de Rocío Jurado en plenitud de sus facultades como heredera universal, se ve sometida una y otra vez a un juicio sumarísimo cuando pone en marcha un homenaje o simplemente intenta mantener vivo el legado de su madre, ya sea con la apertura del museo de Chipiona, la producción de un musical o un documental. En su caso, estos programas tildan su gestión de “negocio”, mientras que en el caso de los herederos de otros artistas lo llaman “merecido homenaje”. ¿Por qué? 

La respuesta es sencilla. El testamento de “La Más Grande” blindó a su hija, pero dejó fuera de los derechos de imagen a sus hermanos, Amador y Gloria Mohedano, y a sus hijos, Gloria Camila y José Fernando. Al quedar al margen de la marca Rocío Jurado, la gestión de Rocío Carrasco ha pasado de ser vista por ellos como la protección de un legado y, desde su prisma nada objetivo, lo ven como el monopolio de la Carrasco. 

Para Amador Mohedano el fallecimiento de su hermana supuso su desahucio profesional de la empresa Rocío Jurado. Por ello, el hermano y todos los que se creen agraviados por la voluntad de Rocío Jurado se han centrado en un discurso simplista: si ellos no participan, el proyecto es por dinero, malo o mediocre, y no por el orgullo y el derecho de una hija a homenajear a su madre. 

No solo existe este agravio, sino que la han calificado sistemáticamente como la “hija ausente”. Rocío Carrasco permaneció años apartada del foco y de la dinámica de su familia “mediática”, a diferencia de estos que, desde el fallecimiento de Rocío Jurado, recorrían los platós haciendo de ello su medio de vida. Y así se arropan en una teoría retorcida en la que concluyen que, al no haber estado presente, Carrasco pierde el derecho emocional de explotar los derechos de su madre, obviando que fue la propia Rocío Jurado quien dispuso lo contrario en su testamento. 

El caso de Rocío Carrasco evidencia que, para esta trasnochada crónica rosa, la gestión del legado de un artista solo se respeta si valida el tópico de que la familia, aunque sea la peor del mundo, tiene que permanecer unida.  

A los herederos de Camilo, de Lola Flores, María Jiménez, Camarón, Antonio Flores o Rocío Dúrcal se les aplaude que rentabilicen el mito para mantenerlo vivo, mientras que a Rocío Carrasco se le exige que pida perdón por cumplir la última voluntad de la artista más grande que ha dado este país y a la que fielmente sigue rindiendo homenajes.

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