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Entre los papiros de Tombuctú y las gasas de Torrecárdenas


José Fernández
Periodista

El desasosiego, cuando no la jindama que nos tiene metido en el cuerpo el fantasma global de la crisis, está poniendo en duda cualquier gasto o inversión que no tenga una incidencia directa en las necesidades básicas. Es decir, que estamos haciéndole la autopsia al viejo concepto del “Primum vivere deinde philosophare” cambiando el escalpelo por la motosierra. Y así, noticias tan impactantes como la llega de una nave no tripulada a Marte reciben, en lugar del aplauso y el orgullo compartido, la duda extendida y razonable del gasto corriente. “¿Cuánto ha costado mandar un aparato tan lejos? ¡Qué disparate!”.

No entraré ahora en este apasionante y elevado debate, pero he querido decir esto antes de comentar la reciente carta publicada en la prensa local por el vicepresidente de la Fundación Kati de Tombuctú, el ex alcalde de Cuevas Antonio Llaguno, en la que alertaba sobre el peligro que corre esa biblioteca de manuscritos andalusíes, testimonio de las fluidas relaciones de Al-Andalus con la Curva del Níger en el S. XV. Creo que cualquier persona con un mínimo de sensibilidad y perspectiva histórica sabe valorar en su justa medida la trascendencia de este episodio y la necesidad de aportar fondos, como hace la Junta de Andalucía, para el sostenimiento y conservación de este hermoso proyecto. Ahora bien, si nadie discute al señor Llaguno su identificación y aprecio por esta Fundación de raíz cuevana, sí que cabría matizar su poco afortunado uso de los tiempos. Pedir que se sigan librando fondos públicos para salvar a la biblioteca andalusí de Tombuctú al mismo tiempo que el presidente de la Junta -y de tu partido- anuncia que va a tener que cerrar hospitales y escuelas por falta de dinero es, cuando menos, inoportuno. Siempre habrá un insensible o un facha, valga la redundancia, que diga que entre los papiros de Tombuctú y las gasas en Torrecárdenas no hay color.

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