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Llegan las disculpas a las familias del Caso Almería

Antonio Torres
Periodista

Bienvenida la disculpa y el perdón expresado por el Gobierno de España, 42 años después, para restituir el nombre de los tres jóvenes asesinados en el denominado caso Almería el 10 de mayo de 1981. Hubo protagonistas en el acto celebrado en Almería, el viernes festividad de San Sebastián, patrón de Gérgal, término municipal donde aparecieron tiroteados y carbonizados los tres jóvenes. Protagonistas que no podían pasar desapercibidos como Juan Diego Montero (Santander, 1967), sobrino de Luis Montero, que emuló, cruzando España de alguna manera, al periodista Antonio Ramos que escribió Mil kilómetros al Sur y, sin duda, la madre coraje María Morales Mañas (El Alquián, Almería, 1935), madre de Juan Mañas Morales. 

Juan Diego Montero, Francisco Javier Mañas y su madre, María Morales / A. Torres


Francisco Javier Mañas Morales habló en nombre de las familias de los tres jóvenes asesinados en mayo de 1981. Comentó en su discurso haciendo alusión a que de las tres madres de los jóvenes solo vive su madre: “Son más de cuatro décadas las que lleva esperando, aunque solo sean unas palabras de disculpa y hoy ese el día”. 

María Morales es una madre que supo sacar a una familia adelante en años difíciles. Minutos antes del acto oficial en Subdelegación del Gobierno afirmó que la disculpa oficial es bienvenida “Ahora pienso en la felicidad que podría tener mi Juan, si nos ve, con los ocho nietos y tres bisnietos de mi familia”. Esa conversación respetuosa y llena de afectos se produjo ante la atenta mirada de varios de sus hijos, la exsenadora Martirio Tesoro y Pedro Manuel de la Cruz con el que comenzamos a seguir el caso Almería hace 42 años.

Representantes de la Administración del Estado / A. Torres

No pudo disfrutar del acto de perdón, 42 años después, José Mañas Cazorla (Pechina, Almería, 1930 – 2011), el padre trabajador, humilde, que buscó desconsolado a su hijo por toda Almería buscando a su hijo, y a los dos amigos. Se celebró la primera comunión de Francisco Javier, un niño también desamparado en ese acto religioso, mientras los hermanos ya habían sido carbonizados. Con una fortaleza mental ha sabido que el dolor no prescribe y lo sabe de primera mano. Ese sucedo le ha marcado y con aplomo pronunció el viernes un discurso muy claro, enérgico para seguir peleando por el reconocimiento de víctimas por parte de unos guardias civiles que no creyeron en la democracia, y palabras medidas dando las gracias a las asociaciones memorialistas y en especial al trabajo realizado en Santander que concluyó con actos en el Parlamento y el recuerdo permanente en la estación de trenes de la capital cántabra. En Almería, se sueña que algún día será posible un gran homenaje, al margen de que por vez primera un Gobierno de España ha pedido perdón.

La comunicación oficial no le llegó a la familia de Pechina hasta el día 11, un día y medio después de la muerte de los tres amigos en la carretera de Gérgal, un punto maldito que paradójicamente solo distaba unos 15 minutos del domicilio familiar, y un día justo desde ese escalofrío que sintió al ver la confusa noticia de televisión.

¡Ay mi Juan, que me lo han matado!” Ese era el grito constante de María en el velatorio de su hijo, que se realizó en un almacén que la familia tenía frente al Ayuntamiento de Pechina. Tres veces se lo habían matado, a palos, a tiros y quemado. Insoportable para una madre.

Mari Carmen, hermana de Mañas, calificó a su progenitora como Madre Coraje por todo lo que tuvo que luchar para aclarar la verdad y recibir un halo de justicia. Cuando murió su hermano contaba 16 años, pero recuerda perfectamente la indefensión y la confusión:  tanto dijeron que eran terroristas que hasta nosotros mismos llegamos a dudar. La tele, la radio, la prensa, todos decían que eran terroristas, y nosotros ya dudábamos. Aunque no forma oficial, ya comenzamos a temblar. Toda Pechina y los pueblos del Río Andarax estuvieron con la familia desde el principio. El propio Fernando Martínez, padre de la Ley de Memoria Democrática, recordó que acudió al entierro, y así lo expresó en sus palabras ante las autoridades, junto a la directora general de la Guardia Civil María Gámez y a Jorge Montero Llácer, coronel de la Guardia Civil en Almería. Gámez celebró el trabajo llevado a cabo por Fernando Martínez y en su discurso repleto de respeto a las víctimas pidió perdón como ya lo hizo por carta. De sus palabras pronunciadas resumimos la parte final de su intervención en el acto que abrió el Delegado del Gobierno en Andalucía Pedro Fernández Peñalver: “Soy consciente –la Guardia Civil es consciente- del sufrimiento de las madres, de los hermanos, de los amigos… De todas las personas que querían a Luis, a Juan, a Luis… Soy consciente del dolor inmenso y créanme que es compartido por la Guardia Civil… No cabe ningún tipo de justificación ante este episodio”, afirmó Gámez, “me emociona ver a María Morales, la madre de Juan, y siento su dolor de madre por todo lo que ha pasado. Confío en que hoy estemos llenando –de alguna manera- el vacío que ha sentido todo este tiempo ella y el resto de personas que querían a Luis, a Juan y a Luis. Este acto, estas palabras, seguramente llegan tarde, pero eso solo reconfirma que había – que teníamos – que hacerlo. Mejor tarde que nunca. Esta mañana, en Almería, estamos engrandeciendo y mejorando la democracia y dignificando a las víctimas… Confío en que también hayamos aportado consuelo a las familias de las víctimas, a quienes transmito el respeto de la Guardia Civil”, destacó María Gámez.

Además de María Morales, hubo palabras sentidas hacia la figura del abogado acusador Darío Fernández, el letrado que sentó por vez primera en el banquillo a guardias civiles vestidos de ropa ordinaria, en nombre de las tres familias rotas. El niño de la primera comunión Francisco Javier Mañas, ahora un padre de familia, con su conocimiento y pasión seguirá defendiendo el honor de los tres jóvenes asesinados. Yolanda Pérez, viuda del añorado Darío, acudió al acto junto a la hermana del letrado. 

En aquel 1981, la solidaridad llegó desde casi toda España y hasta Carlos Cano fue con su música clamando por una Justicia. Con el gesto emotivo, respetuoso, la familia descansa un poco. María Morales respondió a la pregunta de la actual subdirectora de La Voz de Almería Antonia Sánchez Villanueva: “¿Cómo puede usted tener consuelo? Viniendo (uno de los testigos) y hablando conmigo. Diciendo, mira, esto fue lo que pasó: Yo no lo hice, pero sé lo que pasó, quizá tendría algún consuelo, y quizá lo perdonaría a él si es que no hizo nada. Pero de perdonar a los que lo hicieron, no, de eso nada, de perdón nada, no se puede perdonar una cosa con tanta maldad como hicieron ellos, eso no se puede perdonar en la vida, por mucho que digan que están arrepentidos”.

María Morales ya es un icono de la desesperación por tanta espera desde que su hijo salió de la casa en un viaje de felicidad que se retorció de temor por la estupidez de unos siniestros guardias civiles. El perdón que debió llegar antes de que Rosón dijera aquella frase de “trágico error”, les habría quitado la pena a la vista oral y escuchar las mentiras prefabricadas por unos guardias civiles que no fueron procesados hasta un mes después con todo lo que ello representa de escándalo. En el juicio, los padres de Juan Mañas, fueron expulsados en algunas sesiones de la sala donde estaban los asesinos de los tres jóvenes. Ocurría que a veces saltaba de su silla con el resorte de la ira indignada por tanta mentira y tanto engaño: “¡Te tenían que cortar la lengua por embustero!”.  Hubo momentos en los que simplemente se ponía a llorar en la sala cuando no aguantaba la presión ni la dureza de las pruebas forenses. “Yo no digo que todos son culpables, pero aquellos que lo hayan hecho deben pagar con lo que establece la ley. Que no se tapen con dinero ni con ningún otro engaño”, solía añadir María Morales.

El perdón expresado por la Directora General de la Guardia Civil, María Gámez, fue un consuelo y un impulso para perseguir la verdad como adelantó Francisco Javier Mañas Morales. El caso Almería no fue una simple crónica de sucesos. Retrató a una sociedad autoritaria que quería imponerse a una democracia incipiente que tardó en llegar. 

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