En
el tablero de la política, las palabras son herramientas que esculpen la
realidad y, a menudo, trampas que la condicionan. Arraigo, normalización y
prioridad son las tres palabras que le marcan el pulso a Juanma Moreno en esta
batalla electoral. La cuestión no es si están en juego, sino cuál de ellas
terminará por habitar su perfil.
Moreno
ha hecho de la moderación su método y de la “normalización” su gran activo: el
fin de la hegemonía socialista como un trámite administrativo, un cambio sin
estridencias que se mimetiza con la continuidad. Pero la política no es
estática y el terreno se estrecha. Entre la presión de Vox y el endurecimiento
de su propio partido, la moderación ha dejado de ser un refugio para
convertirse en una elección incómoda.
El
arraigo es su zona de confort, pero la mística del “milagro andaluz” empieza a
agrietarse bajo el peso de lo cotidiano. El equilibrio se vuelve más frágil
cuando la red —la sanidad y la educación pública— muestra jirones evidentes. No
son solo cifras: son las listas de espera que ya no se miden en días, sino en
angustia, o el malestar en las aulas que la propaganda institucional no logra
silenciar.
Y
luego está la “prioridad nacional”, asociada al discurso de Vox. Un concepto
más duro y jerárquico, que introduce exclusión. No es nuevo ni exclusivo de
España: remite a la “préférence nationale” que Jean-Marie Le Pen impulsó en
Francia hace más de veinte años.
Ahí
reside el dilema real: no es una cuestión de palabras, sino de rumbo. Cada
concepto implica una forma de gobernar. El “arraigo” construye, la
“normalización” estabiliza, pero la “prioridad” confronta. Moreno intenta
mantener esa estabilidad como cimiento, el arraigo como bandera y la prioridad
nacional como un guiño en la penumbra. A veces parece gobernar como quien cruza
una plaza llena de charcos: mirando más al siguiente paso que al horizonte.
Actúa como un funambulista del poder: más que resolver tensiones, busca
administrarlas sin romper del todo el equilibrio.
El 17 de mayo aún no ha llegado, pero, si gana, Moreno seguirá instalado en ese equilibrio donde aún es posible contentar a todos sin terminar de definirse. El riesgo de pasar tanto tiempo mirando al cable para no caerse es que, al llegar al otro extremo, descubra que no ha llegado a ninguna parte. Entonces, tarde o temprano, los ciudadanos preguntarán hacia dónde se dirigía el cable que estaba cruzando. Y lo peor es que estamos avisados.

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