Edita: Fidio (Foro Indalo de Debate, Ideas y Opinión) / X: @opinionalmeria / Mail: laopiniondealmeria@gmail.com

Un faro en la niebla

Ignacio Ortega
@opinionalmeria 

El día después de las elecciones del domingo pasado, el aire en Almería no cambió, pero el paisaje político se volvió más legible. El sol de mayo cae con una contundencia que aquí no ilumina, sino que expone. La provincia, atravesada por kilómetros de invernaderos, mantiene su brillo seco, como si la luz no rebotara en nada, sino que atravesara la vida, dejando solo superficie.

Ayer paseaba por el puerto mientras un hombre remendaba una red sentado sobre un cubo de plástico azul. Al fondo, un ferry partía hacia Melilla. Una radio, apoyada en el suelo, dejaba sonar una música sin importancia. Todo parecía suspendido en una luz blanca que no era ni mañana ni tarde. Ahí estaba la ciudad real, la que no cabe en los eslóganes.

El resultado del domingo ha dejado un mapa sin niebla: la derecha se consolida y la extrema derecha de Vox apenas crece, pero afianza su miserable discurso de “prioridad nacional”, adherido con facilidad a este paisaje de plástico y luz dura. Un relato que nombra lo cercano como amenaza, en una tierra donde lo cercano sostiene lo invisible.

Una tensión recorre Almería como una corriente subterránea. Los invernaderos son la respiración constante de cuerpos que entran y salen de la tierra, pero la política, desde arriba, parece preferir que esos cuerpos se diluyan en la nada, que pierdan rostro para ganar utilidad.

Pero la gente de fuera de Almería se pregunta por qué crece con tanta rabia la derecha aquí. Y yo explico, como puedo, que esta provincia tiene capas superpuestas que han crecido demasiado deprisa sin resolver su identidad. La capa económica —expansión agrícola, turismo y servicios— ofrece una promesa de estabilidad que se confunde con orden. Cuando la vida de los almerienses empieza a mejorar de forma desigual, el miedo a perder lo poco ganado pesa más que los valores que promete la izquierda.

Y arrastra en su vida cotidiana la paradoja de que lo que se vota como orden convive, a pocos metros, con aquello que lo sostiene. Es decir, la mano que recoge, poda y empaqueta coexiste en la misma calle que se quiere ordenar: una convivencia sin relato, una normalidad sin lenguaje. En ese vacío se cuela lo simbólico: una ciudad que produce lo que después discute y donde la frase “prioridad nacional” no describe nada y lo describe todo; es decir, la necesidad de ordenar el mundo de una forma más desigual.

Y explico que Almería sigue mirando al mar sin terminar de reconocerse en él. Produce trabajo y exporta riqueza, pero su imagen externa se reduce a una superficie de plástico tensada por la luz, como si todo aquí fuera provisional o demasiado expuesto. Y así, entre ese resplandor y esa sequedad, yo cuento a quien me pregunta que aquí la política es otra forma de luz: una luz que no ilumina el camino, sino que recorta siluetas. Un faro que no despeja la niebla, pero la vuelve más difícil de ignorar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario