Feijóo
llegó a Almería como llegan los discursos cuando todavía no se sabe si pueden
cumplirse: con la luz seca del fin de una campaña electoral y una promesa en la
garganta. En el mitin de cierre de campaña en La Rambla habló de un “plan
nacional hídrico”, y durante unos segundos la palabra agua sonó como algo
antiguo, casi olvidado, como si hubiera sido enterrada bajo años de sequía
política. Aquí, tarde o temprano, todos los políticos acaban pronunciando la
misma palabra, incluso quienes todavía no saben qué hacer con ella.
En
la plaza, la gente escuchaba como se escucha el viento cuando levanta polvo sin
dirección. El nombre de Aznar apareció en la memoria de algunos sin ser
nombrado del todo, como esas cosas que se reconocen antes de entenderlas. Y sin
embargo, nadie parecía del todo seguro de si lo que se decía era anuncio,
promesa o eco.
Porque
las palabras en campaña tienen una forma extraña de existir: duran lo que dura
aquí el poniente o el levante. Después se disuelven, o se desvían hacia
territorios donde ya nadie puede sentirlos. El agua, en cambio, no tiene esa
paciencia. En Almería se aprende pronto que todo lo que falta acaba
convirtiéndose en política, hasta la geografía.
Hubo
un tiempo en que los grandes planes llevaban nombres largos, casi solemnes.
Después dejaron de pronunciarse. Y lo que antes era proyecto pasó a ser
sospecha, como si cualquier intento de ordenar el agua fuera una forma de
intervenir en algo sagrado o prohibido.
Desde
entonces, cada vez que alguien dice en Almería “plan nacional”, la frase suena
menos a programa y más a recuerdo. Como si perteneciera a un idioma que se
hubiera ido perdiendo por falta de uso.
Mientras,
en la ciudad, entre carteles y megafonía, la campaña cerraba con normalidad.
Pero bajo esa normalidad había otra capa más antigua: la de una tierra que
lleva siglos discutiendo con su propia sed, y mientras las palabras vuelven con
las mismas promesas, el agua nos recuerda que nunca ha sido del todo nuestra.
Cuando Feijóo terminó salí con la extraña sensación de que hay palabras que
vuelven una y otra vez porque nunca terminan de resolverse.
Al final, mientras los altavoces apagaban su música y las últimas banderas abandonaban la Rambla, pensé que tal vez nadie le había advertido antes a Feijóo, ni siquiera su telonero don Ramón Fernández-Pacheco, que aquí el agua no es ni un recurso ni una promesa, sino una forma de conflicto, memoria y herida. Y este es un territorio donde la política no empieza en las ideologías, sino en la sed.

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