@opinionalmeria
No fue fácil ser militante socialista tras el giro económico de 2010. Desde entonces el PSOE ha ido desplazándose de un partido con arraigo social a maquinaria institucional, abriendo una brecha cada vez más visible entre sus siglas y sus bases.
Ese volantazo supuso un punto de inflexión para buena parte de sus militantes y base social, que percibió una ruptura en la agenda de protección social que había caracterizado etapas anteriores. Un año después, la frustración por aquel ajuste germinó en una fuerte desafección política, especialmente entre jóvenes y sectores progresistas, que contribuyeron decisivamente al clima social que hizo posible la aparición del 15M y la posterior pluralización del espacio político a su izquierda.
Desde aquella crisis de 2008 hasta la fragmentación posterior, el PSOE ha atravesado una transformación profunda que cambiaron las "reglas del juego" de la democracia española -el fin del bipartidismo perfecto, el paso de la "alternancia" a la "coalición y la actual política de bloques herméticos- que ha alterado tanto el sistema de partidos como su relación con la ciudadanía.
En este proceso, el PSOE ha ido perdiendo vida orgánica para convertirse en una estructura más burocrática, institucional y dependiente del poder, con menor participación de la militancia y menor capacidad deliberativa. A este desgaste de modelo se sumó, además, la decepción provocada por los casos de corrupción que, como los ERE, afectaron gravemente al PSOE. Esta pérdida de pulso se percibe hoy como un clima de desorientación, especialmente en las estructuras locales, debido a una creciente concentración de poder en la dirección federal.
Observo un liderazgo más apoyado en la estructura institucional del Gobierno que en la vida interna del partido. Lo que tenemos es un PSOE más disciplinado, pero menos deliberativo, donde las fronteras entre el partido y el Ejecutivo tienden a confundirse.
Algunos analistas describen este fenómeno como una “gubernamentalización” de la organización, en la medida en que su dinámica interna queda condicionada por la gestión diaria del poder. La cohesión depende más del liderazgo de Pedro Sánchez que de un consenso interno sólido, lo que refuerza su eficacia institucional a corto plazo, pero debilita la identidad política del partido a largo plazo.
A esta preocupante mutación orgánica se añade, inevitablemente, la erosión exterior. El goteo de sumarios judiciales y la presencia constante en el debate público de sospechas y controversias alimentan este desgaste cotidiano que se proyecta con dureza sobre las siglas en los espacios más comunes.
Pero esta crisis actual no puede entenderse sin mirar la larga trayectoria del partido. El PSOE ha sobrevivido a rupturas internas, escándalos y etapas de agudo descrédito, pero siempre ha demostrado capacidad de reconstrucción. Nacido en contextos de enorme desigualdad y conflicto, su ADN está marcado por la clandestinidad, el exilio y la reconstrucción democrática.
Históricamente, el socialismo fue una organización con una fortísima implantación territorial y capacidad de movilización social; en ciudades como Almería, por ejemplo, que llegó a articular una red viva de agrupaciones que conectaban directamente con los barrios. Sin embargo, aquel modelo de masas ha terminado evolucionando hacia otro más profesionalizado y orientado casi en exclusiva a la gestión institucional desde las Agrupaciones Municipales.
Por eso, el futuro del PSOE dependerá menos de su posición circunstancial en el Gobierno que de su capacidad para reconstruir ese viejo vínculo social. Sin esa relación, cualquier éxito electoral será frágil. El socialismo necesita recordar que su legitimidad no nace del poder por el poder, sino de su compromiso con la sociedad, y la militancia tiene hoy todo el derecho a exigir coherencia y claridad.
No estamos, en definitiva, ante una crisis puntual de siglas, sino ante una cuestión mucho más profunda: si el PSOE puede seguir siendo un partido de arraigo social en una política cada vez más reducida a la mera gestión del poder. La respuesta no está en los despachos, sino en si el PSOE es capaz de volver al barro sin olvidar quién era cuando aún lo pisaba.

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