Llevo
unos días deseando que, de verdad, exista algún lugar moral donde termine por
revelarse la responsabilidad de quienes nos hacen vivir instalados en un miedo
abstracto mientras la vida concreta pasa delante de ellos sin alterarles lo más
mínimo. No son líderes; administran el miedo.
Lo
pensé ayer al leer la protesta del embajador de Israel en Dinamarca por la
difusión de un video en el que se ve a la policía israelí reducir con violencia
a un padre mientras su hija pequeña llora desconsolada, en medio de la
devastación de Gaza y Líbano.
Volví
a pensarlo con el presidente de Canarias. Clavijo se refugió en una supuesta
“prioridad nacional” para rechazar el crucero Hondius alegando un riesgo
sanitario difícil de sostener. Prefirió convertir la sospecha en discurso
público mientras, a bordo, había personas concretas esperando una respuesta
distinta. La bandera como refugio; la empatía como incomodidad.
Resulta
revelador observar cómo algunos dirigentes terminan relacionándose con el
sufrimiento ajeno desde una distancia casi administrativa. Hablan de personas
como si hablaran de cifras, desplazan el dolor de un lado a otro con la
frialdad de quien ordena expedientes y no vidas. Y nosotros asistimos a ello
con una mezcla de rabia y desconcierto. La compasión empieza a parecer ingenua;
la deshumanización, una forma eficaz de gobierno.
Lo
inquietante es que casi ninguno se reconoce en aquello que provoca. Siempre
existe una coartada: la seguridad, la patria, la economía o la identidad. Pero
hay algo profundamente obsceno en gobernar sembrando miedo mientras se
permanece indiferente ante el sufrimiento concreto de un niño, un refugiado o
un inmigrante.
Quizá
por eso la perplejidad ya no sea solo una reacción emocional, sino una forma de
resistencia íntima: la negativa a acostumbrarnos. El rechazo a aceptar que la
barbarie pueda expresarse con lenguaje institucional o esconderse detrás de una
consigna. Porque el día en que dejemos de sentir horror, ese día el infierno ya
no hará falta: lo habremos construido aquí, lentamente, con nuestra impavidad.
Y es precisamente esa impavidad la que empieza a deslizarse también por nuestros debates públicos y nuestros procesos electorales. Estos vientos de deshumanización ya no soplan únicamente lejos: empiezan a respirarse aquí mismo. Tal vez haya llegado el momento de mirar a quienes aspiran a gobernarnos no solo por sus siglas o su eficacia, sino por su relación con el poder y con los límites morales que deberían contenerlo. Porque cuando la impavidad se convierte en costumbre política, lo primero que se degrada no es la política: es la convivencia.

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