En
las últimas semanas se ha intensificado una ofensiva política, mediática e
incluso corporativa contra Radiotelevisión Española (RTVE). No se trata de
episodios aislados ni de críticas puntuales, sino de una acumulación de frentes
que apuntan en una misma dirección: erosionar la credibilidad de la
radiotelevisión pública estatal.
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| RTVE |
Ahí están, por un lado, los discursos de “motosierra” procedentes de determinados sectores políticos que abogan directamente por el desmantelamiento o debilitamiento de lo público. Por otro, la comisión de investigación impulsada en el Senado, que introduce un componente de presión institucional difícil de ignorar. A esto se suma la actitud de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), cuya posición ha sido percibida por algunos como alineada con ese clima de cuestionamiento, y también la del propio Consejo de Informativos de RTVE, cuyas intervenciones, aunque legítimas en su función de vigilancia interna, contribuyen a proyectar una imagen de conflicto permanente.
Analizados por separado, cada uno de estos elementos podría interpretarse como parte del funcionamiento normal de una democracia plural. Sin embargo, en conjunto configuran un patrón que invita a preguntarse si existe un trasfondo más profundo. Ese trasfondo, probablemente, no se encuentra únicamente en la política, sino en la economía.
El
sector audiovisual español atraviesa un momento de transformación estructural.
Tal y como reflejan los datos del bienio 2024-2025, el modelo tradicional
basado en la publicidad muestra claros signos de desgaste. Las grandes cadenas
privadas han visto deteriorarse sus resultados en un contexto de caída del
mercado publicitario y fragmentación de audiencias.
En ese escenario, la evolución de RTVE resulta particularmente significativa. Mientras las privadas sufren, la corporación pública ha mejorado tanto sus cuentas como su audiencia. Ha pasado de pérdidas a beneficios -de 12,8 millones negativos en 2024 a 55,7 millones positivos en 2025- y, al mismo tiempo, ha reforzado su presencia en pantalla, con La 1 alcanzando su mejor cuota en más de una década. El contraste es evidente. Y, en un mercado donde cada punto de audiencia se traduce en ingresos -o en su pérdida-, también es profundamente incómodo.
El análisis publicado por El Plural lo expone con claridad:
en apenas un año, las dos grandes cadenas privadas han visto reducirse de forma
significativa sus resultados, en un ajuste conjunto cercano a los 127 millones
de euros. Aunque en el caso de Atresmedia parte de esa caída responde a
factores extraordinarios, la tendencia de fondo es innegable. Más aún en el
caso de Mediaset España, cuyo negocio televisivo ha sufrido un deterioro mucho
más acusado.
A esto se suman los datos más recientes. En el primer trimestre de 2026, Atresmedia ha comunicado una caída del 2,4% en ingresos netos, un retroceso del 11,7% en el resultado bruto de explotación, una bajada del 12,8% en el resultado de explotación y un descenso del 16,6% en el beneficio neto. Son cifras oficiales que reflejan un contexto de creciente dificultad. En paralelo, el mercado publicitario televisivo continúa contrayéndose. Es decir, hay menos dinero a repartir y más competencia por captarlo.
En
este contexto, el crecimiento de RTVE -aunque limitado en términos
publicitarios por su propio modelo- introduce un factor adicional de presión.
Cada espectador que gana la televisión pública es un espectador que deja de
estar disponible para las privadas. Y cada décima de audiencia que se desplaza
altera un equilibrio económico ya de por sí frágil.
No
es casualidad, por tanto, que se haya intensificado el discurso crítico hacia
el modelo de financiación de RTVE, especialmente en lo relativo a patrocinios y
otras fórmulas comerciales. Las cadenas privadas, a través de sus
organizaciones, sostienen que la corporación compite en un mercado ya saturado.
RTVE, por su parte, defiende que su papel responde a una lógica de servicio
público y que su impacto en el mercado es limitado.
Pero más allá del debate técnico, lo que aflora es una tensión estructural: la coexistencia entre un operador público que mejora resultados y operadores privados que ven deteriorarse su negocio. Ese es, probablemente, el verdadero trasfondo del actual clima de hostilidad. No se trata solo de ideología ni de discrepancias editoriales. Se trata, en buena medida, de audiencias, de ingresos y de supervivencia en un mercado en transformación. Y en ese contexto, RTVE se ha convertido en un actor incómodo.


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