He
leído con interés el anuncio de la alcaldesa sobre el impulso que quiere dar a
la Plaza Pavía y el entorno urbano. Al hacerlo, yo, que soy un hombre lleno de
infancia, no pude evitar regresar a aquel niño de diez años que conoció La
Chanca en los años cincuenta de la mano de su padre. Mi padre había ejercido
aquí de funcionario durante la guerra civil, en aquella cárcel improvisada de
El Ingenio. Quizás volvió años después para exorcizar los demonios que dejó
enterrados en esta ciudad.
En
aquel entonces, el paisaje humano del barrio seguía siendo el destino que la
pobreza había dado a esta zona de la ciudad. De la mano de mi padre, entre
gente que la posguerra había dejado tocados, caminábamos por calles y casas
blanquísimas que me parecían clavadas unas a otras, tan básicas y anónimas, tan
desnudas en su geometría, que parecían arrastrar un alma de miseria.
Caminamos
por aquel paraje de callejas destartaladas, hechas con lo poco que la pobreza
dejaba a mano, aplastadas unas con otras como una hoja seca mojada. Aquellas
estructuras perduraron hasta que, a principios de los años noventa, la Junta de
Andalucía puso en marcha un plan de intervención urbanística y social
ambicioso, conocido como el PERI de La Chanca, promovido por los vecinos, para
preservar los elementos identitarios del lugar.
Tan
bien estaba concebido aquel proyecto nunca
que, cuando volví a Almería a finales de los años noventa, vi cómo, a
medida que se ejecutaba aquella obra, parecía un milagro urbano tan olvidado
que las promesas de abrigo cobraban vida. Aquello llegó a hacerme olvidar las
imágenes clavadas en mi retina infantil, que es mejor no recordar. Pero aquel
proyecto se quedó sin terminar.
Hoy
me pregunto si ese conjunto de actuaciones sobre el casco histórico que anuncia
la alcaldesa para conectar estratégicamente el centro de la ciudad con La Plaza
Pavía es un proyecto real o apenas un episodio más en la narrativa de estos
tiempos, como lo fue el PERI de La Chanca. Porque las promesas, cuando son
electorales, confunde a la gente con espejismo que el tiempo se encarga de
visibilizar.
Con todo, si el proyecto de intervención es convicción y no relato, lo dirá ese tiempo. Un tiempo al que los vecinos de estos barrios han sobrevivido envuelto en promesas, que apenas si les restan fuerzas como para emocionarse antes de tiempo.

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