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Los andaluces y sus "deficiencias" comunicativas (y II)

Luis Cortés
Catedrático de Filología de la UAL

Un maestro pregunta a uno de sus alumnos: Juanito, ¿cuántoh  son  treh y treh?; el alumno contesta:  zaih; el profesor le dice que lo diga un poco mah fino, y el alumno responde: zaissss. Y es que para nosotros, los andaluces, hablar fino es pronunciar las eses finales. No podemos negar que siempre haya existido un cierto complejo de inferioridad con respecto a nuestra habla, que, por contraste con otras, era considerada por nosotros mismos como  basta. En nuestra infancia, cuando los complejos estaban más acentuados, no nos resultaba extraño aquel amigo que tras un breve periodo en Madrid intentaba adoptar, a su vuelta a Almería, la nueva pronunciación; o ese otro que, tras una estancia, que no iba más allá de unos meses, en los aledaños de Barcelona, volvía imitando el acento catalán. Afortunadamente, eran otros tiempos.

El habla almeriense, como la murciana o bogotana, sigue la norma de Sevilla, la cual, opuesta a la castellana, se fue extendiendo debido al prestigio cultural, económico y social de la ciudad; su expansión llega a lugares como  las Canarias  o América. Por ello, la fonética en estas zonas es más relajada, menos académica que la castellana. En cambio, nuestra morfosintaxis es más pura, más reglamentada, más correcta. Los andaluces jamás confundiremos los tiempos verbales; el buen uso nace con nuestra lengua materna, y si la corbata la hemos comprado hoy, jamás diremos hoy me compré una corbata, sino que emplearemos el tiempo correcto: hoy me he comprado una corbata; y si fue ayer, diremos ayer me compré una corbata, y nunca se nos ocurrirá decir –como en otros lugares de España donde hablan “fino”- ayer he comprado una corbata. Tampoco somos laístas, ni leístas, como son muchos de los hablantes de las otras comarcas que siguen la norma castellana; esto hace que nos resulten tan extrañas incorrecciones como la regalé una bicicleta (a mi hija) o la pegué con un palo (a la vaca), que se dicen mucho en León, Valladolid, Madrid, etc., pero nunca en Andalucía. Son dos ejemplos de lo que se denomina laísmo.

Decíamos en nuestra columna anterior, al referirnos a aquella joven almeriense cuyo preparador de oposiciones le pedía que hablara como si hubiera nacido en Ciudad Real, que cada persona en situaciones formales –es el caso de una oposición- debería hablar la lengua culta de su ciudad, con lo que estará hablando un español estándar que nada tendrá que envidiar al de cualquier otro lugar. Y esto exige rechazar tanto una posible pronunciación castellana, por artificial y forzada, como una pronunciación excesivamente coloquial, cuando no vulgar. Un castellano diría sin esfuerzo alguno  son las seis, lo que para nosotros sería, en el mejor de los casos, algo artificioso, postizo, forzado; un almeriense que hable mal diría, en esa misma situación son lah  saih , una pronunciación vulgar, con excesiva apertura de la e de seis que llega a oírse casi como a; otra persona también nacida en Almería, más o menos culta, dirá son la seih, lo que es español estándar, correcto, tanto como cualquiera. 

Terminaré este artículo con dos anécdotas muy conocidas entre los filólogos; ambas se las debemos a don Manuel Alvar, expresidente de la Academia Española de la Lengua y gran estudioso de las hablas meridionales. Cuenta don Manuel que cuando estaba haciendo las encuestas para la elaboración del Atlas Lingüístico y Etnográfico de las Islas Canarias, y ante la pregunta ¿qué se habla aquí?, un informante de la isla de La Palma le contestó que allí hablaban español “porque castellano no lo sabemos hablar”. Pues eso es lo que nos pasa también  a los almerienses … que nosotros hablamos español pero no castellano, porque este dialecto no sabemos cómo se habla.

No hablemos, sin embargo, de cualquier manera; despreciemos las opiniones, vengan de quienes vengan, que defienden que todo vale, que qué más da, que lo importante es entenderse y que la lengua puede con todo. No hemos de olvidar, por ejemplo, que el lenguaje es una fuente importante de información acerca de las personas con las que tratamos; su forma de hablar sirve para ubicarlas (modestas, soberbias, hipócritas, soeces, machistas, cultas, incultas, etc.); es una magnífica carta de presentación.

Evitemos, en situaciones formales especialmente, las pronunciaciones apartadas de nuestra norma culta. Huyamos, y esta es la segunda anécdota que nos cuenta Don Manuel Alvar, de ese maestro andaluz que les decía a sus alumnos: niño, zordao, barcón y mardita zea tu arma ze ehcriben con ele. ¿O mejor así?

1 comentario:

  1. Pues no. En la América de habla hispana se habla español, ya que es el idioma que les llega de España y le imponen los españoles. En Andalucía hablamos castellano, que es uno de los idiomas que se hablan en España. En España hay un idioma común, que es el idioma de Castilla, que es quien conquista entre otros territorios Andalucía. Lógicamente nuestro castellano no es como el castellano de Castilla, como en Ecuador, Mexico, Perú, Nicaragua... no hablan todos el mismo español; del mismo modo en España los catalanes hablan el castellano de una manera, los gallegos de otra y nosotros de otra, pero todos hablamos castellano, como los chilenos y los argentinos hablan español aunque lo hablen distinto. Es como esa manía de decir que hay hablas andaluzas con el único objetivo de dividir la identidad andaluza: ¿porqué se considera que hay un solo español/castellano si se habla tan distinto en unos sitios y otros, y cuando se trata de diferencias mínimas dentro de la propia Andalucía, se dice que son "hablas distintas"?

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