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La Nacional de 'La Desbandá'

Ignacio
Ortega

Hay pueblos que se niegan al silencio y no dejan que el viento se lleve los nombres. Pueblos pequeños, con plazas sencillas y bares donde aún se habla bajito del dolor, han levantado piedras, placas y monolitos, como si encendieran una vela contra el olvido.

La memoria resiste en esos pueblos que no aceptan el silencio. A orillas de la vieja N-340, cada inscripción al sol dice sin gritar que por ese camino pasaron hambre y frío miles y miles de refugiados.

La historia oficial tiene despachos y firma. La memoria, en cambio, tiene manos que escriben, que tallan, que plantan señales en el paisaje para que no se borre lo que ocurrió en la N-340 aquel febrero de 1937.

Esa gente en El Valle de Abdalajís ha levantado un menhir que lleva grabado el recuerdo de la Desbandá. En Maro y Nerja, junto al Puente Viejo, hay un poste conmemorativo que vecinos y asociaciones de esos pueblos han erigido para que ese tramo siga siendo memoria viva. Y en La Cala del Moral, el Rincón de la Victoria y Torre del Mar, hay placas y señales que narran los ataques sufridos por la población civil que huía de Málaga por la N-340 hacia Almería. Son hitos modestos pero firmes. Allí donde hoy los turistas buscan el sol, ayer los refugiados buscaban sombra para escapar de la metralla de los Junkers  Stuka alemanes y los CR.32 de la Aviazione Legionaria italiana.

Hay un viento que no figura en los discursos ni en las placas inaugurales. Baja pegado a la costa en forma de “Voces que no callan”, que acompaña la X Marcha Integral, recordando el terror de 1937, y levanta un polvo antiguo de nombres y memoria.

Es el viento de la Desbandá: el de los pies descalzos sobre el asfalto, el de las mantas compartidas, el de los niños que preguntaban cuánto faltaba para llegar a un lugar que no sabían nombrar. Es también el de la ambulancia polvorienta del médico canadiense Norman Bethune, diminuta frente al estruendo de las bombas, recogiendo heridos como quien rescata brasas entre la ceniza, dejando un rastro obstinado de humanidad.

Porque si el aire que recorre esta ciudad no señala el lugar donde nos dolió, terminará olvidando también el suelo que nos puede cuidar. Y una ciudad que olvida el lugar de su herida termina perdiendo su dignidad.

Porque las carreteras no olvidan. Solo esperan a que alguien vuelva a nombrarlas.

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