Echo
de menos una programación cultural con pulso propio, capaz de imaginarse a sí
misma y de entender que la identidad de una ciudad no se dicta, se respira.
Ante esa orfandad de propuestas oficiales —que deberían aspirar a trascender lo
efímero—, busco refugio en otros territorios: los encuentro al caminar, cuando
el asfalto deja de ser un mapa logístico para convertirse en un espacio quieto
donde el tiempo parece detenerse.
Navego
el tráfico de una cultura urbana a menudo dolorosa, diseñada en detrimento del
peatón, de las personas con discapacidad o del ciclista. Pero camino. Las
calles me devuelven los rostros de barrios que conozco de memoria: callejuelas
ocupadas por el ruido de motos tuneadas, basuras sin contenedor y solares en
ruina donde habita un paisaje de gatos invisibles. Gatos que trepan por
ventanas o rondan obras detenidas, tan ajenos a los presupuestos municipales
como el propio barrio.
Las
campañas de bienestar animal han dejado una huella silenciosa en mi mirada, y
ahora los contemplo con una curiosidad serena que ha evolucionado. Pero lo que
me conmueve no es el animal en sí, sino el gesto de quienes los sostienen: la
ética silenciosa de quienes ejercen la verdadera cultura del cuidado. En sus
rostros hay un prodigio de arquitectura facial que los gatos reconocen como
refugio y que los invita a acercarse sin miedo.
He
visto escenas así en algunas calles de la ciudad. Siempre la misma imagen: una
mujer inclinándose, un plato en la mano y una sonrisa que no obedece a
convencionalismos, sino a una felicidad sencilla. Pocas personas manejan el
arte de la luz como quienes cuidan de estos olvidados. ¿Qué corriente de afecto
se levanta entre ellas y los animales? ¿Qué misterio íntimo se produce en ese
instante mínimo que la burocracia es incapaz de catalogar?
Ahora,
en cada paseo, busco esas sonrisas. Me recuerdan a la que Faye Dunaway dedica a
Warren Beatty en Bonnie and Clyde cuando ambos saben que la muerte está a un
suspiro: una sonrisa que ilumina incluso en mitad de la tragedia.
Sobre la tumba de Bonnie, en Dallas, se lee un verso: “Este viejo mundo brilla más por la vida de gente como tú”. Pienso en esas mujeres y entiendo que, frente a la falta de pulso institucional, la ciudad sobrevive gracias a gente como ellas. Su ética del desvelo y su cuidado diario son la materia humana, la verdadera programación cultural que hace que Almería, a pesar de todo, consiga brillar.

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