La televisión actual ha aprendido a hacer una cosa: convertir el
sufrimiento en contenido. No es nuevo, pero sí cada vez más evidente. La intervención de Rocío Flores en el programa ¡De viernes! no fue solo una
entrevista más del corazón; fue el síntoma de una televisión que ha cruzado hace tiempo la frontera entre informar y explotar.
Durante horas, el plató de Telecinco se convirtió en un escenario emocional donde cada lágrima tenía valor de mercado y cada silencio, un pico de audiencia. La joven no acudía a presentar un proyecto ni a defender una trayectoria profesional, sino a revivir —otra vez— una historia familiar que lleva años siendo diseccionada en prime time como si se tratara de una serie por entregas. Y ahí está el problema.
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| Rocío Flores en ¡De Viernes! / Telecinco |
EL ESPECTÁCULO DE LO ÍNTIMO
La televisión del presente ya no se
conforma con contar lo que ocurre: necesita que duela. Necesita el plano corto,
la voz quebrada, la pausa incómoda. La emoción se mide en shares. La fragilidad, en minutos de emisión. Y mientras
tanto, se disfraza de “derecho a réplica”, de "hay que oír a todas las partes" lo que no deja de ser un negocio perfectamente engrasado.
El conflicto entre Rocío Carrasco y su hija
ha demostrado que el dolor familiar puede estirarse indefinidamente si sigue
siendo rentable. No importa que haya sentencias, matices o zonas grises: la televisión necesita
bandos, víctimas claras y villanos reconocibles. La complejidad no vende.
COLABORADORES, JUECES SIN TOGA
Especialmente inquietante es el papel de los colaboradores, convertidos en jueces morales con micrófono. Opiniones contundentes, sentencias emocionales y aplausos de plató que legitiman un relato u otro según convenga. El choque con Terelu Campos no fue una excepción, sino parte del guion: el conflicto dentro del conflicto, la polémica que alimenta la polémica. Se debate sobre una familia como quien analiza un reality. Pero no lo es. Aunque se le parezca demasiado.
¿TODO VALE SI HAY AUDIENCIA?
La gran pregunta que deja esta entrevista
no es qué versión es la verdadera, que eso está más claro que el agua, sino si la televisión debería seguir
ocupando el lugar que ha asumido: el de tribunal emocional permanente. ¿Quién protege a quienes crecen bajo el
foco sin haberlo elegido? ¿Quién pone límites cuando la intimidad se convierte en mercancía?
Quizá el problema no sea que Rocío Flores hable. El problema es que la televisión solo la escuche cuando lo hace manifestando dolor. Porque cuando el sufrimiento se normaliza como formato, el espectáculo deja de ser entretenimiento para convertirse en costumbre. Y entonces, como espectadores, también somos responsables.


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