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La Ley Fraga propició que se pasara de artefactos a bombas atómicas

Antonio Torres
Periodista 

Palomares quiere olvidar. Merece la pena elogiar el trabajo de sus vecinos que han convertido a la zona en referencia económica. El panorama en España en el ámbito del pluralismo informativo era penoso, fruto de una dictadura. La gente para informarse en aquel 1966 tenía que recurrir a las emisiones en castellano de Radio París, la Pirenaica o la BBC. La falta de transparencia era la tónica general de los gobernantes que en los primeros días hablaban de artefacto en todos los medios españoles y ninguna alusión al carácter contaminante de bombas atómicas.

Antonio Alférez y Antonio Torres / A. Torres

El ejidense Antonio Alférez, autor de Cuarto Poder, tenía 24 años en enero de 1966 y trabajaba en Madrid para ABC, periódico de referencia, medio del que fue redactor jefe de Internacional y director ejecutivo de Los domingos de ABC: “En los primeros días de las bombas de Palomares la censura obligaba a escribir artefacto nuclear y lo de las bombas atómicas vino después con la Ley Fraga que por esos días comenzó a regir. Claro que hubo silencios e intrigas para ocultar el siniestro del 17 de enero de 1966 que pudo ser terrorífico”. 

El mundo cambió y se cuestionó el desarrollo nuclear y el papel de la prensa en España: “La última de las cuatro bombas fue rescatada del mar el 7 de abril. En aquellos ochenta días ocurrieron muchos acontecimientos importantes: se activó la guerra fría, se produjo una contaminación nuclear muy grave en el lugar. El entorno de la prensa experimentó un cambio profundo. Un antes y un después en las décadas del franquismo”, rememora Alférez en exclusiva: “Era un joven periodista recién aterrizado en ABC, en la sección de internacional. La noticia llegó en un teletipo de la agencia EFE: dos aviones norteamericanos chocaron y los restos habían caído sobre Palomares. No se le dio mayor importancia. Esa noche busqué en mi modestísima biblioteca y localicé el anuario último del "Jane 's", la biblia de la información militar, con información pormenorizada de los aviones, barcos y tanques de todos los ejércitos del mundo. Había comprado el anuario en Londres en donde había cursado como becario estudios todo un curso. Al día siguiente me llevé el anuario al ABC y se lo comenté al jefe de sección y al redactor jefe. Me dijeron que escribiera una nota y eso hice. Citando la fuente, resumí la descripción del B-52. Con toda suerte de detalles, pero sobre todo éste, absolutamente trascendental: cada B-52 transportaba cuatro bombas termonucleares, de poco más de mil kilos de peso, una extensión de cuatro metros y medio y una potencia letal de 1.1 megatones. Mi reseña se envió al taller, se sacó una galerada y un empleado del periódico lo llevó a la censura. Tachado. No se pudo editar ni una línea. Imperaba la censura. Resultado: la prensa española no ofreció a sus lectores ninguna información significativa. Y cuando toda la prensa internacional se centró en el incidente, los responsables del gobierno abrieron un poquito la mano, a su manera. No se podía escribir bomba atómica. sino artefacto nuclear. Podría contar otros casos lindando con el más espantoso ridículo. Y de pronto, pocas semanas más tarde. no recuerdo el día concreto, los periódicos empezamos a contar lo poco que sabíamos”. 

¿Qué había pasado? “Sencillamente había entrado en vigor la nueva ley de Prensa, la ley Fraga, gracias a la cual dejamos atrás la edad de piedra para poder operar con cierta libertad. Aquella ley dejaba muchos instrumentos en manos del gobierno. Fue otra cosa. Y yo pude escribir todo lo que tenía en mi `Janes's´ y lo que pescaba de algunos expertos y fiables informadores de Le Monde, o el New York Times. Y la presión de los medios fue tan intensa, incluida la española, que al final se tuvieron que dar el célebre baño Fraga y el embajador norteamericano. Y, sobre todo, al rescatarse la bomba caída en el mar, el Pentágono autorizó por vez primera en su historia que la bomba fuera fotografiada. Al día siguiente era la portada en todos los periódicos y telediarios del mundo”.

El 14 de marzo de 1966, precisamente el día antes de la aprobación de la Ley Fraga, sobre la prensa, el NO-DO narró, de forma escueta: “Como parte del programa previsto y para demostrar con el ejemplo que no existe peligro de radioactividad en esta zona costera. El ministro señor Fraga Iribarne, el embajador de EEUU y el jefe de la región aérea del Estrecho se dieron un buen baño. El embajador demuestra con los brazos abiertos que se está bien en estas aguas inofensivas. Un baño diseñado para el éxito del turismo, Y hecha esta elocuente demostración, el ministro y el embajador nos dicen adiós al salir del agua”.  Muñoz Grandes, jefe del Estado Mayor, ordenó una censura completa. “La crisis se alarga, los estadounidenses quieren evitar rumores y fuerzan un cambio de actitud. Fue entonces cuando la esposa del embajador, que había sido relaciones públicas de Pepsi, sugiere el gesto del baño”. Francisco Simó, Paco el de la bomba, le explicó a Pedro Manuel de la Cruz en 1984, director de La Voz de Almería, entonces en El País: que el famoso baño no le gustó: “Fraga me caía y me cae muy bien, pero la escena me pareció un poco... ridícula, aunque hay que reconocer que entonces ni Dios compraba pescado de Almería, Murcia y Alicante, y tenían que demostrar que no había radiactividad".

Los primeros periodistas almerienses que pisaron Palomares, motor económico en la actualidad, fueron Antonio Cano; Rafael Martínez-Durbán; Áurea Martínez, hija de Juan Martínez Martín célebre redactor jefe de La Voz quienes aquella mañana fueron en el vehículo de Cano a realizar un reportaje sobre el Parador de Turismo que estaba a punto de inaugurarse y se encontraron con el accidente termonuclear. Reitero este detalle porque se ha publicado y dicho que estos viajaron por la tarde, e incluso a las “9.30 de la mañana, cuando el accidente fue a las 10.20”. Por su supuesto el padre de Pepe Mullor con los primeros reportajes fotográficos que viajó con Manuel Román, reiteramos que sus trabajos en la hemeroteca están ahí para confirmar que el famoso baño se produjo en Palomares. Además, otros redactores pisaron Palomares. Sin olvidar al fotógrafo Diego Guirao Cano que trabajó para la agencia CIFRA en aquellos tiempos de la prensa del Movimiento. Alguno de esos periodistas del diario decano, al regreso de la jornada en Palomares, aparcaba un enorme turismo negro, propiedad del Gobierno Civil, en la puerta de mi casa en la calle Mayor de Los Gallardos para intercambiar sellos filatélicos con mi cuñado Mario Guillén, suscrito a la revista Reader Digest y apasionado del mundo del sello y de otras colecciones. Todos ellos eran asiduos y amigos del tío de mi madre, la familia Simón de la Venta del Chocolate, donde paraban a almorzar algunos días.  Antonio Sánchez Almodóvar con apenas 15 años en 1966, era ayudante de Ruiz Marín, la histórica firma de la fotografía en La Voz, y que le acompañó a Palomares varias veces. 

Hubo dos periodistas de absoluta confianza de Fraga, que viajaron hasta Palomares. Carlos Sentís y Carlos Mendo, número dos de la agencia EFE, quien escribe la crónica que distribuyen todos los periódicos. Tuve el privilegio de conocer personalmente a Carlos Mendo, persona con una amabilidad exquisita y un conocimiento enorme del periodismo. Contó su admiración por Almería y se preocupó por las obras del tramo de la autovía del Mediterráneo en el tramo Adra-Nerja para al tiempo de disfrutar de sus vacaciones en la costa granadina y del famoso baño. El referente del periodismo deportivo, Alfredo Relaño, enorme amigo desde 19885, año en el que me fichó para El País, me presentó a Mendo el 27 de enero de 1999 en Madrid, tras el nacimiento de las emisiones de CNN +, proyecto común con PRISA, editora de El País, acto del que recuerdo a José Saramago, Pilar del Río, Ted Turner, Jane Fonda, Polanco, entre otros. Alférez estuvo en 1972 en las reuniones previas para la fundación de El País, junto a tres personas fundamentales como Ortega Spottono, Darío Valcárcel y el propio Mendo que acompañó a Fraga a su destino de embajador en Londres. El periodista Alférez de El Ejido tiene mucho bagaje en la génesis del periódico de referencia, pero esa es otra historia que no cabe aquí.

En esa época fue cuando Ortega Spottorno sondeó a Miguel Delibes, el escritor recientemente fallecido, director de El Norte de Castilla, para dirigir El País. Delibes no quiso. La propuesta de que fuera Juan Luis Cebrián el primer director es la que finalmente prospera. Años más tarde Mendo diría que no haber sido director de EL PAÍS le supuso una herida. Así lo explican Mari Cruz Seoane y Susana Sueiro en Historia de El País y del Grupo Prisa. Señalan que Mendo añadió que, en todo caso, el resultado de esta última decisión supuso un acierto para el diario español, global de referencia. “Mendo regresó a esa historia del periódico con la energía de un muchacho, como corresponsal en Londres, en 1979. Había trabajado en la comunicación de bancos y de otras empresas; había sido director de la agencia Efe y responsable de la UPI (United Press International) en España; el periodismo de agencia era para él el lugar de un inigualable aprendizaje. Y ese regreso al periodismo y a El País no le pudo ser más grato. Creía en el aprendizaje permanente de los periodistas, y consideraba que ser corresponsal es la síntesis de todos los trabajos que se pueden hacer en este oficio. Mendo rememoró José Manuel Román, hijo de Manuel Román que fue decano de los periodistas almerienses, que su padre gozó de amistad profesional y personal con el añorado Carlos Mendo. Román hijo lloró de impotencia cuando estaba organizando una exposición sobre la figura del fotógrafo Diego Guirao y se encontró con que la ignorancia había tirado en un contenedor todos los clichés desde la Guerra Civil de bueno de Guirao y de Palomares. Se perdió mucho de la memoria y de la realidad fotográfica de Almería.

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