El
Paseo de Almería, esa arteria central antes dominada por el ruido de los
motores, poco a poco se despoja de su piel antigua. Su eje vital se está
transformando en una promesa verde. Ya no parece una calle más, sino un lienzo
abierto, donde la memoria del asfalto cede ante un espacio que busca
reconciliarse con su pasado.
Hasta
hace poco, el tiempo corría por ese espacio inestable y poroso, percibido como
una amenaza latente; ahora, un nuevo diseño urbano promete pausar el tiempo a
través de bancos concebidos como puntos de anclaje, destinados a atrapar las
conversaciones de los peatones, para que la vida cotidiana pueda desplegarse
sin prisa.
El
pavimento fluye como un río de piedra labrada desde la Puerta Purchena hasta un
mar todavía invisible. Los árboles centenarios se integran en nuevas áreas
verdes, con macizos florales y elementos ajardinados, formando una alfombra
vegetal que da continuidad al paseo y a cada parterre abierto.
Sin
embargo, en esta gestación, el parto está siendo doloroso. Si el Ayuntamiento
no se refugiara tanto en su mayoría absoluta y escuchara con mayor atención a
comerciantes y ciudadanos, se podrían haber evitado muchas de las quejas
provocadas por el retraso de las obras, la sensación de abandono del Centro
Histórico, el temor a que algunos escaparates queden ocultos tras un verde
excesivo o parterres invasores de la peatonalidad.
Quizá
en este nuevo Paseo, aún cubierto de polvo y de espera, esa belleza sirva para
escuchar el latido de quienes lo caminan y llegue a convertirse en un lugar con
memoria y alma, capaz de reconciliar el presente con su pasado histórico. Un
auténtico salón social de la ciudad, donde la vida vuelva a encontrarse sin
prisa y se recupere la intimidad del espacio compartido.
Queda por saber si las obras públicas que proyecta el ayuntamiento servirán para recomponer una ciudad fracturada tras veinte años de políticas conservadoras que premiaron el aislamiento -urbanizaciones blindadas, chalés como trincheras, centros comerciales, un coche por adulto y barrios cada vez más desconectados-, o si serán, una vez más, un decorado amable para preservar el individualismo y dejar, como escribió Italo Calvino en “Las ciudades invisibles”, una ciudad hecha, como los sueños, de deseos y miedos.

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