Nunca
me he sentido cómodo en los relatos redondos ni en las biografías con moraleja.
Camino con la sospecha metida en el bolsillo, desconfiando de esa fe política
que exige sonreír aunque todo cruja. Mi forma de estar en el mundo es
barojiana: avanzar solo, mirar de frente, escribir sin barniz y aceptar que,
aunque el mundo reventara en tempestad, yo lo atravesaría.
Hablar
de la muerte a mi edad, o de quienes se rinden por desgaste natural, no tiene
nada de singular. Lo que nos sacude es morir por azar, como en el reciente
accidente del AVE en Adamuz. Allí la fatalidad ignoró el calendario. Víctimas y
planes rotos. Esa excepción nos devuelve a una verdad incómoda: la de llegar al
final sin épica ni justicia poética. Todos igualados en la intemperie de no
saber por qué a unos les toca y a otros no.
Pienso ahora en los días angustiosos de mi
abuela, cuando su cuerpo ya no le permitía caminar ni leerme cuentos al
acostarme. Ella disimulaba su torpeza; era el eufemismo de las primeras señales
de la muerte cuando se anuncia. Una noche, con la ingenuidad propia de un niño,
le pregunté por qué moría la gente. Me dijo que ocurre cuando el cuerpo ya no
tiene más que dar, como un árbol sin savia. Le pregunté si a ella le quedaba
savia. Sonrió y dijo que sí. Y un día, sin avisar, su cuerpo se quedó inerte en
ese tiempo suspendido en el que las fuerzas se agotan. Fue una muerte
necesaria, casi pedagógica; un destino cumplido sin estruendo.
Pero
la muerte mansa de mi abuela no ayuda a descifrar la otra: la que irrumpe sin
lógica, como aquel estruendo de trenes en Adamuz. Solo fatalidad. Los griegos
la pensaban como tragedia; nosotros, despojados de mitos, ya no sabemos qué
hacer con ella. No importa tanto cómo se muere alguien. Lo que importa es el
hueco que la muerte deja en quienes siguen vivos: hijos, padres, familiares,
forzados a habitar un mundo para el que nadie les dio palabras.
Buscamos moralejas donde solo hay física. Queremos épica, pero solo hay restos. Al final, después del barniz y de los mitos, solo queda la verdad que mi abuela no quiso decirme para que yo pudiera dormir: que el mundo seguirá hirviendo de apocalipsis, pero lo hará sin nosotros. Y no habrá nadie al otro lado que llore nuestra caída.

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