Cuando eres adolescente, el Instituto es el centro del mundo. El de Vera
era y es uno de ellos. Entonces se llamaba Instituto Nacional Mixto-Comarcal y
estaba situado en una recta interminable a orilla de la carretera hacia
Garrucha.
Clases arriba, clases abajo, anárquico, como nuestra edad, como el acné que
festoneaba nuestras mejillas, el edificio estaba gobernado por entrañables
profesores como Juan Blas, don Manuel Martínez, don Manuel Caparrós, el
Físico, la Muñeca, Juan Pasivo, Leopoldo, doña Angela Cervantes, José Caparrós
el filósofo, Antonio Molina, Juan Luis el Cordobés o Juan García Latorre.
Además del recordado conserje Blas, que también mandaba, con su bigote de
cabo chusquero, que cobraba a duro el trago de agua de botijo fresco y a dos el
cubito de naranja de la nevera pinchado con un palillo.
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| Simón Soler Castaño / La Voz |
En ese ambiente de apuntes apresurados y humo de Ducados, emergía la figura
del profesor don Simón Soler, un hombre con aspecto de ser muy de campo donde
los tontos escasean, oriundo de la huerta de Antas, donde nació, donde se
crio entre hierba y naranjos. Tenía, como digo, trazas de campesino don
Simón, con el rostro a surcado como una fanega recién labrada. Pero, desde el
primer día, había algo en el -en su forma natural de hablar, en su forma llana
de dirigirse a nosotros, en su campechanía -que nos fascinaba. Nos daba Dibujo
Técnico y Naturales y sabíamos que en otros cursos también había impartido
Matemáticas y Física. No en vano, a pesar de que aún no era muy mayor, era uno
de los decanos del Centro.
Era profesor por vocación, por convicción franciscana, pero también
ingeniero y llegó a catedrático, el primero de su pueblo argárico, junto a Tadea
Fuentes, alumna de Celia Viña. Pero a pesar de su brillantez, era sencillo
como una higuera. Y riguroso. Y simpático: “Moza, a la pizarra”, “Si se
me cae… parto una losa”. Don Simón fue alumno de la tercera generación
en ese Instituto veratense, cuando se denominaba Instituto Laboral Fernando el
Católico, el mismo en el que después fue durante 43 años profesor querido y
respetado.
Una vez fueron a visitarlo a la clase tres alumnos suyos de tres
generaciones: el abuelo Bartolomé, la hija Natalia y el nieto Miguel Angel.
Empezó su andadura de enseñante en 1966, el año de las bombas de Palomares, y
hasta su jubilación en 2008 pasó lista a 43 promociones de muchachos y
muchachas de todos esos pueblos de la comarca: de Vera, de Antas, de
Mojácar, de Garrucha, de Turre, de Los Gallardos, de Sorbas, hasta Carboneras,
muchos de ellos conviviendo en el Internado que dirigía Juan Torres, que
llegaban cada mañana en el Caito de Diego o en el Gusano que
conducía Domingo. Cuando se jubiló -lo jubilaron- en El Palmeral, junto al
Llano Mojigato, se dedicó a jugar al golf, a seguir con más atención al Real
Madrid, su equipo del alma -fue presidente de la Peña Madridista de Vera- y
quiso emprender la hercúlea tarea de escribir un cuaderno de vivencias en sus
más de 40 años como maestro, que no llegó a cristalizar. Desde su ‘Rincón
de Jubilado’ escribía comentarios de vez en cuando en las redes sociales,
siempre con su escepticismo rural. Era correligionario de Pepe Mújica y adepto
a las páginas de Valle Inclán y “ni monárquico ni republicano, sino todo lo
contrario”.
Aunque su vida transcurrió entre sus inviernos en Vera y sus veranos
en Las Ventanicas de Mojácar, el alma de labriego de don Simón pertenecía
a la huerta verde de Antas, donde vio la luz primera, donde descansará para
siempre este apreciado profesor que empujó en 40 años a más de 2.000
adolescentes levantinos a ser un poco mejores.
En este tiempo en el que tanto cuesta tremolar la bandera de profesor, en el que la autoridad del maestro está siendo tan menoscabada por Google o por el ChatGPT o por la insolencia de algunos padres y alumnos, se va este antuso; este don Simón Soler Castaño con 86 años bien cosechados; esta leyenda de la pizarra y el cartabón, que será ya para siempre un recuerdo compartido en la comarca.


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