Nos llevó décadas comprender que la política era la herramienta fundamental para mejorar la vida de pueblos y ciudades. Hoy, ese aprendizaje parece desdibujado, como si la práctica institucional hubiera perdido su sentido original. El debate municipal se ha convertido en un juego de sombras donde el gobierno ignora y la oposición se desvanece, dejando a la ciudadanía en una orfandad democrática.
Es la lección que extraigo siguiendo los plenos del ayuntamiento de la capital: percibo, por un lado, un gobierno local que ejerce su mayoría absoluta como un muro y, por otro, una oposición que parece existir como ruido de fondo. Sus propuestas son desestimadas sin debate, generando escenas que recuerdan a Charles Laughton en la película Esta tierra es mía, de Renoir, defendiendo la dignidad humana frente a la prepotencia del poder.
En cada sesión plenaria, la desconexión resulta evidente: concejales con respuestas prefabricadas, intervenciones sin levantar la vista del papel y votaciones con el resultado predefinido. El gobierno observa a la oposición como si careciera de legitimidad y el debate se torna plano, casi ceremonial.
Así, el ejercicio democrático se reduce a un ritual vacío cuyo eco apenas llega a los titulares cansados de la prensa.
El espejo de la democracia no solo se empaña por la soberbia del que manda; también por la anemia de quien aspira a representar. Una oposición que se encierra en sus despachos, que sustituye la asamblea vecinal por el comunicado y la visita al barrio por la rueda de prensa, corre el riesgo de volverse irrelevante. No basta con denunciar la falta de diálogo desde la prensa. Para eso le haría falta una pregnancia social avalada por los barrios, que no la tiene. Si la oposición no es capaz de movilizar ni de ilusionar, acaba siendo cómplice involuntaria del silencio institucional.
Cuando el gobierno municipal no escucha y la oposición no pulsa la realidad de los barrios que sostienen la ciudad, la ciudad pierde capacidad para corregir su rumbo. La democracia no es un latido vacío, sino un organismo vivo. Como en los versos de Celia Viñas: “...queda quieta la mano, el corazón no late con su afán / se ha callado el bullicio del pueblo / se va la luz. Pero la luz no muere, sólo muere la luz que se esconde”, perdida entre la soberbia de unos y la invisibilidad de los otros.

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