Hay violencias que no dejan moratones visibles, pero
que se ejercen con una constancia implacable. La revictimización es una de
ellas. Y en la televisión generalista española, especialmente en la parrilla de
Telecinco, se ha convertido en un formato rentable, repetido y normalizado. El
caso de Rocío Carrasco es, quizá, el ejemplo más paradigmático de cómo el dolor
ajeno se recicla una y otra vez como contenido de entretenimiento.
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| Amador Mohedano, en Telecinco |
Programas como ¡De Viernes! o Fiesta insisten en reabrir
un relato que ya fue judicializado, explicado y expuesto hasta la saciedad. No
para aportar luz, contexto o pedagogía social, sino para alimentar la
confrontación, la sospecha permanente y el juicio público sobre una mujer que
denunció haber sido víctima de violencia machista.
El mecanismo es siempre el mismo. Se sientan en plató
colaboradores habituales como José Antonio León o Antonio Rossi, junto a
familiares directos como Gloria Camila Ortega, Amador Mohedano o incluso Rocío
Flores, cuya presencia garantiza el conflicto emocional y la polarización. El
relato se construye desde la duda, la insinuación y la deslegitimación.
Nada de esto sería posible sin una figura clave: el
presentador. Santi Acosta, con un tono pretendidamente neutro, dirige el debate
como quien arbitra un combate, permitiendo que la violencia simbólica fluya sin
freno. Y, como colofón, el aplauso del público. Un aplauso que no celebra la
verdad ni la justicia, sino el linchamiento televisado, el morbo y la
humillación convertidos en rutina de fin de semana.
Lo más preocupante no es solo lo que se dice, sino lo que se transmite. En una sociedad que afirma querer erradicar la violencia machista, estos programas lanzan un mensaje devastador: que denunciar no sirve, que exponerse tiene un precio, que la víctima será cuestionada eternamente y que su testimonio puede ser desmontado una y otra vez en un plató, sin consecuencias.


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