El trágico accidente de trenes de Adamuz ha dejado tras de sí un rastro de dolor que recorre la columna vertebral de todo el país. Sin embargo, entre los escombros y la angustia, ha emergido esa otra realidad que, a menudo, damos por sentada, pero que constituye la verdadera medida de una nación: la capacidad de respuesta de quienes nos protegen y la humanidad desbordante de quienes nos rodean.
Ver a los equipos de emergencias trabajar sin descanso -bomberos, sanitarios, Guardia Civil y Protección Civil-, arriesgando su propia integridad para salvar vidas ajenas, nos recuerda por qué es vital defender y mantener un Estado fuerte. Porque un Estado robusto se materializa precisamente aquí, en la calidad de sus servicios públicos, en la formación de sus profesionales y en la disponibilidad de medios para afrontar lo impensable.
Tras el gravísimo el accidente, ha actuado un sistema engrasado para responder cuando todo lo demás falla. Invertir en seguridad, en sanidad y en infraestructuras de rescate es invertir en la certeza de que, ante el abismo, habrá una mano profesional extendida para sacarnos de él. Pero el Estado no puede llegar a los rincones del alma donde solo llega el calor humano.
Y ahí es donde la sociedad española ha vuelto a dar una lección. Desde los vecinos que fueron los primeros en acercarse a las vías con mantas y agua, hasta las colas espontáneas para donar sangre o los ofrecimientos de alojamiento para los familiares de las víctimas. Esa generosidad, es el tejido conectivo que nos mantiene unidos. El accidente deja cicatrices imborrables, especialmente en aquellas familias, a quienes desde aquí quiero expresar mi máximo cariño y solidaridad.
Esperamos que, en su duelo, no se sientan solos. Nos sostiene una estructura pública capaz y nos abraza una ciudadanía solidaria. Esa alianza entre un Estado presente y una sociedad compasiva es la red invisible que impide que nos derrumbemos cuando el suelo se abre bajo nuestros pies.

No hay comentarios:
Publicar un comentario