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Construir la esperanza

Ignacio
Ortega

Las mañanas de los primeros días de este año flotan sobre Almería con un olor prodigioso a lluvia. Como siempre, camino envuelto en esa sensación incierta por las calles de Almería, como quien avanza guiado más por la intuición que por la certeza.

Ojalá este año nuevo se sostenga -pienso- en una esperanza activa, exigente, capaz de sacarnos de la épica que nos dejó el año pasado. Pero no, comienza con la épica del gallo que muestra la cresta y los espolones, al otro lado del charco. Y, sin embargo quisiera para 2026 un tiempo de sueños compartidos que nos permitan dialogar juntos -aunque sea alrededor de una mesa todavía por hacer- en un lugar y un instante que aún no existen.

He salido de la Noche Vieja con el mismo afán con el que el albañil derriba los tabiques de mi casa del pueblo, casi en ruinas, a la que este año he decidido concederle una nueva esperanza donde soñar juntos. Las paredes, desconchadas y abiertas, parecen entender mejor que yo el valor del tiempo, y saben que, al caer los muros, se ensanchan sus posibilidades. Soñar no es volver atrás, es decidir qué futuro merecemos.
Soñar hoy, más que nunca, es convertir la esperanza en exigencia. No basta con desear la paz: hay mapas que siguen colgados en las paredes del mundo como si nada ocurriera, con fronteras trazadas a lápiz sobre heridas que nunca cerraron. También es reclamar una Europa fiel a sus valores y una España firme frente a quienes erosionan su memoria y la confianza pública, escondidos en el ruido, la trinchera y la degradación deliberada de la democracia.

Ayer volví a ver “El cielo sobre Berlín”, de Wim Wenders, y pensé en Homer, el viejo poeta narrador que deambula como si fuera el último testigo de algo que se desvanece. No anunciaba el fin del mundo, sino algo quizá más grave: la pérdida de ese hilo de relato que antes nos permitía entender de dónde veníamos y por qué el otro no era un extraño.Esa ausencia de relato, cuando falta, nos vuelve a menudo ciegos ante lo que nos rodea. Sin embargo, frente al escepticismo de Homer, prefiero la esperanza que se construye.

Quizá por eso flotaba estos días ese olor prodigioso de lluvia sobre Almería. Y entendí que mientras alguien sea capaz de ordenar el mundo con palabras, sin la brutalidad de los gallos, el mundo -aunque herido- sabrá encontrar un comienzo. Porque si algo he aprendido de la vida es que la esperanza no cae del cielo: se construye, como la lluvia, cuando el aire aprende a sostenerla.

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