Hay una edad en la que dejas
de contar el tiempo hacia adelante y empiezas a contarlo hacia atrás. Lo
entendí este verano, con el mando del televisor en la mano y la sensación de
que cada Mundial es un cumpleaños que no elegimos. Ya no mido mi vida por la
próxima Nations League ni por la siguiente Eurocopa; la mido por los Mundiales
que me quedan.
Soy de los que olvidan el
fútbol durante cuatro años y, cuando juega España, me convierto en un hooligan
de sofá, incapaz de romper un vaso pero dispuesto a romperme por dentro si
pierden. No sé por qué sigo necesitando que once tipos corran detrás de un
balón para sentir que el tiempo avanza.
Con los años he descubierto
que ya no espero solo los Mundiales. Me ilusiona cualquier competición en la
que España se mida al mundo, porque en esas tardes todos llevamos el mismo
apellido y, de repente, el país cabe en un salón. Aún recuerdo dónde vi el gol
de Iniesta, con quién celebré el de Puyol a Alemania, qué hija me llamó en la
prórroga contra Rusia. Quizá porque entre un Mundial y otro descubro cuánto he
vivido.
Los Mundiales se repiten. El
que nunca vuelve a ser el mismo es quien se sienta delante del televisor. Entre
uno y otro cambian los lugares, los años y, sobre todo, las personas con las
que uno sueña compartir el siguiente. Y cuando España cae, para mí el Mundial
también termina, como si alguien hubiera apagado la luz de la casa un poco
antes de tiempo.
Entre un Mundial y otro la
vida hace su trabajo silencioso. Nos enamoramos o nos despedimos, nacen hijos,
llegan nietos, perdemos amigos, aprendemos a vivir con las ausencias y seguimos
creyendo que aún queda tiempo para hacer todo lo que aplazamos. Hasta que otro
Mundial aparece en el calendario y comprendemos que han pasado cuatro años más.
El Mundial de 2030 ha dejado
de ser una cita remota para convertirse en una pregunta incómoda: ¿quién de los
que hoy celebramos estará ahí? Quiero llegar para celebrar con mi mujer y mis
hijas cada aniversario, ver crecer a mi nieto, escuchar sus preguntas y
explicarle por qué en esos días todos nos llamamos España. Quizá porque entre
un Mundial y otro descubro cuánto he vivido.
Ojalá me alcance el próximo Mundial para sentarme con mi nieto delante del televisor. Tendrá la edad de creer que siempre habrá otro Mundial y contará los años hacia adelante. A mí me bastará con estar allí, sabiendo que quizá ese sea mi último Mundial.

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