He pensado mucho estos
días en esas campanas que sonaron en Los Gallardos y Bédar. Después de siete
mil hectáreas arrasadas, más de mil seiscientos desalojados y trece muertos,
uno busca una imagen para explicar lo ocurrido. Y vuelve a ellas. En este tiempo
de satélites, algoritmos y teléfonos que saben dónde estamos, la alarma más
antigua volvió a sonar: las campanas atravesando el humo.
Al terminar la misa en
Turre, el párroco Víctor Fernández vio que el hilo de humo inicial era ya una
columna sobre Los Gallardos. Corrió a voltear a rebato las campanas de San
José. Una misión antigua: avisar mientras el fuego corría por los barrancos y
el cielo adquiría el color sucio de las catástrofes.
Las llamas avanzaron
hacia Bédar. El viento, antiguo traidor de los veranos almerienses, cambió de
dirección y cercó cortijos. Su alcalde, Ángel Collado, no contemplaba el
incendio desde un mapa lleno de puntos rojos. Tenía un pueblo. Y un pueblo es
otra cosa. Concejales y vecinos corrieron a Santa María de la Cabeza. Sonaron a
rebato sus dos campanas. El fuego había viajado de un pueblo a otro. También el
miedo.
Los teléfonos no
sonaron; las campanas sí. No por nostalgia, sino porque el pasado tuvo que
salir al rescate. Los técnicos alegarán que el fuego era imprevisible, pero
habrá que explicar, sin hogueras políticas, por qué el sistema ES-Alert
permaneció en silencio.
Mientras tanto, los
alcaldes estaban allí. Francisco Miguel Reyes, de Los Gallardos, atendiendo a los desalojados; Ángel
Collado, de Bédar, puerta por puerta; Pedro Ridao, de Antas, adelantándose al
fuego; Domingo Ramos, de Lubrín, abriendo su pueblo a quienes llegaban con el
humo pegado a la ropa. Qué pequeñas parecen las siglas cuando arde el monte. Un
consejero conoce un municipio sobre un mapa; un alcalde sabe quién vive detrás
de cada ventana.
Pero hubo puertas a las que ya nadie pudo llegar. Trece vidas perdidas. Nadie les dijo por dónde huir. Para ellas no habrá primavera capaz de cubrir de verde esta ceniza. El monte volverá. Bajo la costra negra latirá una raíz, pero las ausencias ya no brotarán.

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