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Entre una radio azul y claveles rojos: descubriendo a Rocío Jurado

Marian Lozano
@marian65x 

Entre todos los estribillos de canciones de mi infancia, hay uno que en estos días resuena con fuerza: Un clavel / Un rojo, rojo clavel / Un clavel / A la orilla de mi boca / Cuidé yo como una loca / Poniendo mi vida en él.

Un clavel

Y lo escucho lógicamente con la voz de Rocío Jurado. Habíamos cambiado de década, corrían los primerísimos años de los setenta y en mi casa mi súper joven madre cambiaba de emisora de radio, pasando sin mucho criterio de la copla y la rumba del programa Feria de Coplas de Radio Intercontinental a la modernidad y lo yeyé de Los 40 Principales. Aún puedo visualizar perfectamente esa radio de sobremesa de color azul, de marca Marconi, con sus dos botones nacarados a cada extremo del dial, colocada sobre el mueble bar de nuestro pequeño salón. 

Y llegó la adolescencia, y entonces, en vacaciones y los fines de semana solo se escuchaban Los 40 y las cintas de cassette con canciones grabadas, incluso con los cortes de publicidad. Desconozco qué escucharía mi madre en esa época mientras yo estaba en el colegio. 

Como casi toda mi generación, rechazaba la canción ligera nacional y todo lo que oliera a folclore. Mi música elegida comenzó con los ídolos alentados por el Súper Pop, como Miguel Bosé, Los Pecos, Iván, Leif Garrett. Luego vinieron los grupos de la Movida, los cantautores y toda la música que llegaba desde Reino Unido y Estados Unidos. La música, llamémosla clásica, quedó relegada a los viajes en coche, donde mi madre, ejerciendo de copilota, nos machacaba una y otra vez con Raphael, Julio Iglesias, Camilo Sesto, Albert Hammond, Manolo Escobar, Rumba Tres y las dos Rocíos: la Jurado y la Dúrcal. Cosa que hoy agradezco, aunque en aquella época diera la tabarra todo el trayecto hasta que una de mis cintas se introdujera en el reproductor del Chrysler 150 verde metalizado. 

A quien realmente le gustaba Rocío Jurado era a mi padre, castellano tímido y todo lo contrario a mi lanzada madre que interpretaba y bailaba las canciones mientras las escuchaba. Con el tiempo me enteré de que, a mi padre, en su cuadrilla de juventud, los quintos de su pueblo burgalés le apodaban Molina porque siempre, en fiestas y meriendas en las bodegas, terminaba cantando las canciones del interprete de Soy Minero y de otros cantantes de la época. Según me contaban, lo siguió haciendo hasta en sus últimas visitas al pueblo cuando la pandilla de quintos jubilados se reunía en vacaciones y puentes. 

Recuerdo como, ya entrados los noventa, en las largas sobremesas en el mesón de sus amigos Paco y Ginés, mi padre se declaraba fan a tope de Rocío Jurado, mientras ellos eran Pantojistas de pro. Una defensa a muerte. Aquello era divertidísimo, pues entre los clientes formaban bandos como si se tratara del derbi Madrid-Barcelona. Quien canta mejor, quien es mas guapa, quien viste mejor, quien se come el escenario… 

Así que yo conocía a Rocío Jurado como la mayoría de mis coetáneos, principalmente por la radio y la televisión, porque raro era el programa en el que Rocío Jurado no estuviera presente. Era imposible no fijarse en su voz, en su presencia en el escenario, en sus espectaculares trajes y en su simpatía. Pero ahí se quedaba la cosa y todo mi conocimiento musical sobre la estrella internacional de Chipiona. Mi tía, asidua del mundo de la farándula, compraba todas las semanas las cuatro revistas punteras del corazón: Hola, Semana, Lecturas y Diez Minutos. Revistas que heredábamos, y sí, tengo que reconocer que desde muy corta edad crecí con las peripecias de los personajes de corazón y artistas de aquella época, entre ellos Rocío Jurado y Pedro Carrasco. Así que no me perdí ninguno de los extensos reportajes que recogían los principales acontecimientos de su vida: boda, nacimiento de su hija, Navidades, cumpleaños, separación, etc. 

Como espectadora de los recién llegados programas de corazón a la televisión y de Crónicas Marcianas -programa al que agradezco, unas veces sí y otras no tanto, mi costumbre de leer todos los días hasta las dos de la madrugada- fui testigo de cómo la vida íntima de la Jurado traspasa del papel couché a la pantalla. Ciento de horas, bajo un solo prisma, el de la conflictividad y la maledicencia, provocado por la llegada del yerno aprovechado, Antonio David, a Telecinco, que amargó la vida a Rocío y arruinó la de su hija. Y vengo a confesar que yo también fui espectadora de la televisada boda con Ortega Cano.

En 2006, cuando Rocío fallece, mi tía -una mujer de bandera, nacida en el 36 y que nos dejó durante la pandemia- me pide que le regale el recopilatorio en DVD y CD Rocío Siempre, ese maravilloso homenaje en el que grandes artistas cantaron a dúo con la Jurado, que emitió La 1 y que arrasó con más de tres millones y medio de espectadores y un 25 % de cuota de pantalla. Es en ese momento cuando me doy cuenta del verdadero talento musical de La Más Grande y comienzo a admirar su trabajo y su extraordinaria calidad vocal.

Yo escuchaba atentamente las anécdotas que me contaba mi tía cuando la visitaba. Nada más llegar, me ponía el DVD de Rocío Siempre, un vídeo que ella debía de ver una y otra vez entre partidos del Real Madrid y películas clásicas. En esas ocasiones me contaba que Rocío y ella habían sido vecinas en su época de soltera cuando vivía en la calle Coslada, esquina con Cartagena, y que mantuvieron una cierta relación durante aquel tiempo. O aquella vez, mucho antes de ser vecinas, en la que ella y un amigo recogieron en su taxi a Rocío y a su hermana a la salida de una venta o un tablao a las afueras de Madrid porque no tenían forma de volver a casa.

Comentaba sus looks, el comienzo de su historia de amor con Pedro y mil detalles más de la vida de la de Chipiona. Todo ello me llevó a admirar profundamente a la mujer y a la artista, más aún cuando empecé a ser consciente de la fuerza de muchas de sus declaraciones al revisar extractos de entrevistas en YouTube. No es extraño que sufriera ese síndrome tan popular que nos hace ser más conscientes de la verdadera grandiosidad de los artistas cuando estos desaparecen.

Ahora, gracias a su hija Rocío Carrasco, estamos disfrutando de un documental en el que la propia Jurado, con su voz y sus recuerdos, nos muestra su vida personal y artística desde sus comienzos hasta el final de sus días. Y pienso que, del mismo modo que yo la descubrí como estrella y referente cultural al cumplir los cuarenta, ahora serán otros los que tengan la oportunidad de conocer la dimensión de su legado. Porque su música, internacionalmente conocida, sigue sonando en radios, fiestas y celebraciones décadas después. En realidad, nunca se ha ido, siempre ha estado ahí, esperando a ser descubierta de nuevo por cada generación. 

Más que merecido y necesitado este homenaje y el biopic que se está cociendo en RTVE. Gracias, Rocío Carrasco, por honrar con verdad el legado de tus padres.

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