Primero
fue la “prioridad nacional”. Parecía una extravagancia política condenada a no
salir nunca de un programa electoral. Después alguien descubrió que este país
está lleno de ocurrencias y decidió que algunas también podían entrar en los
Consejos de Gobierno de las comunidades autónomas, siempre que llevaran la
firma de su creador.
Y
así apareció la “prioridad autonómica”: la extremeña. La aragonesa. La leonesa.
La andaluza. Todas, calcadas, con fórmulas de arraigo, preferencias
territoriales y ventajas para los de casa. El reciente pacto de gobierno en
Andalucía ha elevado esta obsesión al rango de genialidad matemática: entre sus
150 medidas propone exigir un estricto arraigo histórico de hasta diez años
para acceder a la vivienda protegida.
Una solución impecable, por ejemplo, obligar al recién llegado a buscarse la
vida en el mercado privado durante diez años antes de dejarle pedir auxilio
público.
Cada
negociación de gobierno ha ido encontrando la suya con la misma naturalidad con
la que la política encuentra un argumento y la Administración un formulario. La
lógica nunca cambia; solo cambia el rótulo de la ventanilla.
La
cadena no tiene por qué detenerse. Ese mecanismo de la prioridad seguirá
ajustando su perímetro en cada convocatoria electoral, con la ayuda de “el que
pueda hacer que haga”. Siempre aparecerá un mapa más pequeño donde reclamar una
prioridad todavía mayor. Mañana, cualquier mapa servirá. Como las muñecas
rusas, cada prioridad llevará otra dentro.
Así,
la prioridad se comporta como una bacteria. Se multiplica y se propaga. Primero
invade el organismo; después infecta la convivencia. Allí donde encuentra un
“nosotros”, descubre un “ellos”. Porque las fronteras más eficaces no se
levantan sobre la tierra, sino dentro de la cabeza. Y, como toda buena idea
convertida en política de gobierno, acaba teniendo su propio formulario.
Claro que existe una tensión real entre cohesión territorial y derecho a la vivienda. Pero el día que la prioridad deje de preguntar “¿qué necesitas?” para preguntar “¿de dónde vienes?”, habrá elegido bando. Ese día la prioridad andaluza -todo un hallazgo- dejará de distinguir necesidades para empezar a distinguir privilegios.

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