El
28 de junio Almería volvió a vestirse de arcoíris. La calle fue un río de
cuerpos con la piel erizada, banderas abiertas como pulmones y una alegría que
era, también, trinchera. Enfrente, la vieja pregunta: ¿por qué hacer de la piel
un manifiesto? ¿Por qué convertir el beso en pancarta?
Porque
la memoria huele aún a calabozo. Aquí, amar fue delito hasta 1979. La Ley de
Peligrosidad Social bordó barrotes en el psiquiátrico de la carretera El Mamí y
en la vieja cárcel. Esa mentalidad no murió: aprendió a votar. Lo vimos cuando
Vox se opuso en el Pleno a crear un observatorio municipal LGTBI y amagó con
bloquear presupuestos si salía adelante.
No
es un eco lejano. Es la hostilidad que late en Almería, donde ocurre uno de
cada diez incidentes por LGTBIfobia de toda Andalucía. Un acoso silencioso que
empuja a los jóvenes a camuflarse para sobrevivir en su propia ciudad. Almería
guarda armarios con cerrojo. Hay muchachos que borran el móvil antes de cruzar
el umbral. Hay padres que prefieren un hijo roto a un hijo maricón. Hay
vestuarios donde la palabra pluma corta más que el césped. Hay consultas donde
preguntan si eso es amor de verdad. No es identidad: es la asfixia que fabrica
el “yo no tengo nada en contra, pero...”.
Lo
vi. El 28 de junio, terminada la marea, en Plaza Vieja. Un grupo volvía con la
bandera aún tibia, purpurina como una constelación brillando en la piel y
camisetas que eran un grito. Desde un soportal de la Plaza Vieja brotó el
veneno: “maricones de mierda, vestiros normales, qué asco”. No volaron piedras.
Volaron palabras que pesan igual. Ellos apretaron el mástil y siguieron. El
manifiesto significa eso: seguir cuando te quieren mudo y quieto en penumbra.
Cada
beso público dado en aquella manifestación saldaba siglos de besos escondidos.
No pedían trono. Pedían no aplaudir un día y reírse el resto del año. Que al
llamar “mariconazo” o “bollera” a una persona, nuestras voces no se hagan
silencio. Como a mí me ocurrió aquella tarde del 28 de junio: ante el veneno
bajo el soportal de la Plaza Vieja, mi silencio cómodo se hizo ovillo.
No pensé por qué alzaban la bandera. Pensé por qué la calle seguía oliendo a miedo. Pero mi silencio fue parte del linchamiento: vi el latigazo, me encogí de hombros y seguí andando. Olvidé que aquel día no era fiesta; era deuda.

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