Amalia Sánchez Sampedro es una nudista desde los primeros tiempos en
los que esta práctica se inició en Vera, y ejerció de periodista en Madrid
desde los últimos años del franquismo hasta bien entrada la democracia. Fruto
de esos años publicó el libro ‘Pendientes de la noticia’ (Editorial Planeta,
450 páginas), una crónica imprescindible para conocer todo el periodo de la
transición.
Coincidimos los dos en todo el proceso constituyente y siguientes años ya
constitucionales. Y en uno de esos tiempos vacíos que había en el parlamento,
Amalia, conocedora de mi pasión por la prensa local, me advirtió en los
pasillos del Congreso de los Diputados (ella era redactora de la agencia Colpisa y
yo de La Vanguardia) del posible cierre de La Voz de Almería (entonces era
de Medios de Comunicación del Estado) si en dos semanas nadie acudía a la
tercera subasta. Nadie mostró interés en las dos convocatorias anteriores. Le
hice caso. En la primavera de 1984, un grupo de personas, conmigo a la cabeza,
nos hicimos cargo de la salvación del periódico.
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| Pedro Manuel de la Cruz / Foto: Juan Sánchez |
Cumplido ese trámite y tras unos primeros años muy acertados en el cargo
del periodista almeriense Carlos Santos, que entonces ejercía la profesión
en Madrid, y un periodo corto de Francisco Pérez, antes de que fuera a
dirigir El Periódico de Extremadura, asumió la dirección Pedro Manuel de
la Cruz. Durante 40 años Pedro Manuel ha ejercido esa labor con pasión y
entrega y ha consolidado a La Voz como la cabecera histórica de referencia de
la provincia. Es de agradecer.
Los tres directores, y yo como editor, coincidíamos en varios aspectos, muy
necesarios para emprender una aventura como esta en esos años todavía inciertos
de la democracia: antifranquistas, dialogantes y convencidos de la necesidad de
cambios en el país, recurriendo al consenso como el mejor método de trabajo. Y
sobre todo muy llenos de curiosidad, tal como la consideraba Einstein, que
se creía así mismo no como un gran talento sino como “un apasionado curioso”
(“I am only passsionately curious”). No se puede ejercer el periodismo sin esa
cualidad. Y Pedro Manuel la tiene, y en abundancia.
Previamente a aquellas fechas yo ya había participado en nuevos medios de
comunicación que surgieron en el posfranquismo en varias provincias. Todos
fracasaron por querer asemejarse a El País, de moda en las redacciones del
momento. Por eso opté por directores almerienses que conocieran y se
identificaran con su tierra. Los accionistas (esos seres anónimos en tantas
sociedades) lo apoyaron, que también es de agradecer.
De ese convencimiento, editar un periódico fundamentalmente almeriense, con
predominio de información local, siempre participó Pedro Manuel. En aquel
entonces yo era presidente del Diario del Alto Aragón de Huesca y ahí
viví una interesante experiencia: un pequeño periódico de pocas páginas ganaba
en suscripciones y venta a la edición local de uno de los grandes periódicos
regionales, con tres veces y media más de paginación.
Cargos de responsabilidad en las redacciones de La Voz, como Ángel
Iturbide (gran navarro y almeriense), Antonia Sánchez Villanueva (inteligente
y bondadosa), Antonio Lao (inquieto siempre) y Simón Ruiz (amante
permanente de noticias), participaron muy bien de esa filosofía de la
información cercana, fortaleza hasta ahora de esta cabecera. Los cuatro
atendieron siempre, siempre a las personas con nombre y apellidos de aquí, a
las reivindicaciones de la provincia, atentos a la “organización democrática de
la convivencia y la defensa de los intereses colectivos y cada uno de los
ciudadanos”, en palabras del director.
No fueron fáciles los inicios de aquella aventura. El propio Pedro Manuel
contó, fechas más tarde, que pocos días después de la privatización, “en la
madrugada del 1 de junio de 1984, Carlos, el legendario kiosquero del
Paseo me dijo “Lo tenéis muy difícil… dicen que va a ser un periódico de
partido…”. Dos meses y 24 días después, en una recepción con kiosqueros en la
caseta que por primera vez en la historia de la feria montó La Voz, el propio
Carlos me dijo: “Me equivoqué, lo estás consiguiendo. La gente os acepta”.
La “Almería cutre” se dio por vencida, y entendieron que un medio, y más si
es local, no puede perder su prestigio haciendo campañitas contra el primero
que llega al Paseo. Recuerdo ahora con mucho cariño las colaboraciones entonces
de personas como María Casinello, tan generosa como buena, o la de los
escritores José María Artero y Fausto Romero-Miura. Era un
gusto asistir a tertulias suyas en el despacho del director con Miguel
Naveros, que entonces se encargaba de la opinión.
A la Caseta de La Voz le continuaron coleccionables de distinta temática
sobre la historia de la provincia, los premios anuales en cada una de las
comarcas (idea magistral del anterior consejero delegado, el aragonés Juan
Fernández-Aguilar), o el suplemento escolar ‘La foto de mi clase’, donde salían
los nombres y foto colectiva de todos los cursos de cada año. Con esos mismos
criterios atendimos también a las cofradías y bandas de música y a otras
múltiples iniciativas de diversos colectivos.
Un ilustre dueño de un bar muy popular, El Quinto Toro, declaró en una
entrevista, “No eres noticia si no sales en La Voz”. La familia de David
Bisbal siempre agradeció que fuéramos los primeros en colocar teléfonos
para que los almerienses votaran por él en el concurso Operación Triunfo.
Estuvimos siempre “pegados a la cal”, como dice ahora el redactor Carlos
Miralles en su serie actual sobre el fútbol almeriense. Pegados a tantos
acontecimientos, escuchando siempre la calle. Ayudamos al resurgir de la Semana
Santa, estuvimos en las demandas de la Universidad, en la creación de la
Facultad de Medicina, etc., etc., etc. En ese satisfactorio activismo que
desarrollamos se palpaba en el ambiente dos vivencias infantiles: la de Pedro
Manuel que había mamado el “espíritu del mostrador” de la tienda que regentaba
su padre en Albox y la mía como repartidor de leche en un pueblo
navarro de 8.000 habitantes. Añadan a esos cariñosos datos nuestro activismo
político en épocas del régimen franquista. Son historias como las de muchos
españoles de aquel período. Nosotros supimos aplicar aquellas “artes” también a
la salvación de un periódico, la querida (querida sobre todo por nuestros
seguidores) Voz de Almería. Esos seguidores son personas concretas de Almería.
Como pienso tantas veces, en las personas está la noticia.
A lo largo de mi vida profesional he gozado de una especial amistad de dos
colegas, la de Soledad Gallego-Díaz, exdirectora de El País, recientemente
fallecida, que gozaba tanto como yo cuando le contaba en sus veraneos de Rodalquilar todas
estas iniciativas, y la de Amalia Sánchez Sampedro que me metió en este lio de
La Voz, mi mejor experiencia vital y profesional. Ella optó por ser una buena y
gozosa vecina de la “pecaminosa” playa nudista de Vera (qué gran decisión del
alcalde César Martín Cuadrado). Como una almeriense más participa también
de la “tertulia de Tadeo”, puesta en marcha por el inquieto José Manuel
Gómez Angulo y de la que son miembros también Pedro Manuel de la
Cruz, Paco Giménez Alemán, exdirector de ABC, y Chacho Torres (rey
del levante almeriense), y mi buena amiga Georgina Higueras,
excorresponsal de El Pais en China y en Moscú y con la que gozo tanto
disintiendo de sus tesis sobre política internacional, aunque reconozco su
amplia sabiduría sobre sobre esos temas.
Queridos lectores, pido disculpas por las alusiones a mi persona a lo
largo de este relato. No es usual en mí, pero creo que mis palabras al final de
estos 40 años de Pedro Manuel como director de La Voz están humana y
profesionalmente justificadas.
Pedro Manuel, seguimos en el tajo. Abrazos. Gracias.


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