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Almería, la cultura del relámpago

Ignacio Ortega
@opinionalmeria

Hay una punzada íntima en quienes ven cómo su ciudad programa cultura de espaldas a su propio talento. Músicos, escritores, pintores y cineastas almerienses trabajan en la soledad de un vacío que nadie llena. Su pasión duele ante la falta de espacio donde echar raíces. Mientras otras ciudades andaluzas sostienen a sus creadores con convocatorias abiertas, ayudas, programación continua y espacios para jóvenes talentos, la programación municipal se conforma con una fachada de consumo: la reciente programación de primavera solo confirma este modelo, disperso y puntual.

Una política cultural no se mide solo por lo que importa, sino por lo que cultiva dentro. Almería ha olvidado que apostar por lo propio no es un gesto romántico, sino una inversión estructural. Cuando el ecosistema se debilita, no solo pierden los artistas: pierde la ciudad, que queda sin espejo donde mirarse. El Ayuntamiento actúa más como “comprador de catálogos” que como dinamizador del talento local, importando nombres seguros y formatos repetidos en lugar de fomentar la creatividad propia.

El cineclub La Factoría es un ejemplo de lo que se ha perdido: un espacio donde la cultura se compartía, se discutía y se pensaba. Hoy ha desaparecido sin explicación. Ese vacío es el síntoma de una política que no sostiene lo cotidiano, mientras Granada, Málaga o Sevilla mantienen premios literarios, residencias artísticas, becas de creación, exposiciones de bellas artes, talleres de fotografía y programas para jóvenes creadores, asegurando arraigo y continuidad cultural.

El Ayuntamiento ha canjeado el hábito por el evento. La cultura solo importa si convoca masas y genera titulares. La creación local se convierte en un estorbo invisible, y la gestión carece de riesgo, innovación y espacios propios, mientras otras ciudades desarrollan proyectos sostenibles que refuerzan la identidad local.

Mientras los creadores hibernan en silencio, la ciudad se prepara para el estruendo de los grandes nombres: Café Quijano, Diana Navarro o Vicente Amigo llenan el Auditorio, y el Solazo Fest moviliza masas como un producto de estantería. Se miden datos y titulares, no arraigo ni identidad. Lo que sostiene la cultura local son programas continuos que conectan a ciudadanos y creadores, como ocurre en Granada o Málaga.

Este modelo es estructural: prioriza lo inmediato frente a lo sostenido, lo visible frente a lo necesario. La oferta estacional aparece y desaparece como un decorado. La centralización olvida que el derecho a crear no depende del código postal. Las ciudades que fomentan identidad descentralizan, garantizan espacios y convocatorias abiertas; Almería concentra todo en lo mediático.

El cineclub representaba la constancia de una comunidad que se reconoce en la mirada. Para la política de escaparate, cien personas discutiendo cine solo producen pensamiento, y el pensamiento no se inaugura con tijera y cinta. Almería ha decidido que el cine solo importa si es un escaparate, como FICAL, que presume de alfombra roja pero olvida el suelo que pisa.

No es un juicio, es un diagnóstico. Las luces se apagan porque las sesiones no eran suficientemente ruidosas para el presupuesto. Sin aviso ni explicación, los espectadores quedan huérfanos de su hogar cultural. Se necesita una gestión inclusiva que construya infraestructura estable todo el año. Las ciudades que fomentan la creación propia lo demuestran: convocatorias abiertas, ayudas, programación continua y espacios para jóvenes creadores aseguran que la cultura sea patrimonio compartido, no solo escaparate.

Mientras los grandes festivales llenan titulares, permanece la ausencia de un pulso cotidiano que sostenga la creación local. En ese vacío, la ciudad muestra su vulnerabilidad. Es una primavera de luces largas y suelo corto: Almería seguirá brillando en sus grandes eventos, pero cuando se apaguen los focos del último titular, solo quedará el silencio de los creadores, olvidados en la intemperie, sin un hogar donde sostener su mirada creativa y su imaginación.

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