Hay
una punzada íntima en quienes ven cómo su ciudad programa cultura de espaldas a
su propio talento. Músicos, escritores, pintores y cineastas almerienses
trabajan en la soledad de un vacío que nadie llena. Su pasión duele ante la
falta de espacio donde echar raíces. Mientras otras ciudades andaluzas
sostienen a sus creadores con convocatorias abiertas, ayudas, programación
continua y espacios para jóvenes talentos, la programación municipal se
conforma con una fachada de consumo: la reciente programación de primavera solo
confirma este modelo, disperso y puntual.
Una
política cultural no se mide solo por lo que importa, sino por lo que cultiva
dentro. Almería ha olvidado que apostar por lo propio no es un gesto romántico,
sino una inversión estructural. Cuando el ecosistema se debilita, no solo
pierden los artistas: pierde la ciudad, que queda sin espejo donde mirarse. El
Ayuntamiento actúa más como “comprador de catálogos” que como dinamizador del
talento local, importando nombres seguros y formatos repetidos en lugar de
fomentar la creatividad propia.
El
cineclub La Factoría es un ejemplo de lo que se ha perdido: un espacio donde la
cultura se compartía, se discutía y se pensaba. Hoy ha desaparecido sin
explicación. Ese vacío es el síntoma de una política que no sostiene lo
cotidiano, mientras Granada, Málaga o Sevilla mantienen premios literarios,
residencias artísticas, becas de creación, exposiciones de bellas artes,
talleres de fotografía y programas para jóvenes creadores, asegurando arraigo y
continuidad cultural.
El
Ayuntamiento ha canjeado el hábito por el evento. La cultura solo importa si
convoca masas y genera titulares. La creación local se convierte en un estorbo
invisible, y la gestión carece de riesgo, innovación y espacios propios,
mientras otras ciudades desarrollan proyectos sostenibles que refuerzan la
identidad local.
Mientras
los creadores hibernan en silencio, la ciudad se prepara para el estruendo de
los grandes nombres: Café Quijano, Diana Navarro o Vicente Amigo llenan el
Auditorio, y el Solazo Fest moviliza masas como un producto de estantería. Se
miden datos y titulares, no arraigo ni identidad. Lo que sostiene la cultura
local son programas continuos que conectan a ciudadanos y creadores, como
ocurre en Granada o Málaga.
Este
modelo es estructural: prioriza lo inmediato frente a lo sostenido, lo visible
frente a lo necesario. La oferta estacional aparece y desaparece como un
decorado. La centralización olvida que el derecho a crear no depende del código
postal. Las ciudades que fomentan identidad descentralizan, garantizan espacios
y convocatorias abiertas; Almería concentra todo en lo mediático.
El
cineclub representaba la constancia de una comunidad que se reconoce en la
mirada. Para la política de escaparate, cien personas discutiendo cine solo
producen pensamiento, y el pensamiento no se inaugura con tijera y cinta.
Almería ha decidido que el cine solo importa si es un escaparate, como FICAL,
que presume de alfombra roja pero olvida el suelo que pisa.
No
es un juicio, es un diagnóstico. Las luces se apagan porque las sesiones no
eran suficientemente ruidosas para el presupuesto. Sin aviso ni explicación,
los espectadores quedan huérfanos de su hogar cultural. Se necesita una gestión
inclusiva que construya infraestructura estable todo el año. Las ciudades que
fomentan la creación propia lo demuestran: convocatorias abiertas, ayudas,
programación continua y espacios para jóvenes creadores aseguran que la cultura
sea patrimonio compartido, no solo escaparate.
Mientras los grandes festivales llenan titulares, permanece la ausencia de un pulso cotidiano que sostenga la creación local. En ese vacío, la ciudad muestra su vulnerabilidad. Es una primavera de luces largas y suelo corto: Almería seguirá brillando en sus grandes eventos, pero cuando se apaguen los focos del último titular, solo quedará el silencio de los creadores, olvidados en la intemperie, sin un hogar donde sostener su mirada creativa y su imaginación.

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