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La belleza que sostiene

Ignacio Ortega
@opinionalmeria

La publicidad se cuela en las zonas más vulnerables de nuestra identidad: nos convence de que somos insuficientes para ofrecernos soluciones individualistas y nos empuja a buscar modelos prefabricados de perfección, desde la cirugía plástica hasta la auto superación.

Tras ese brillo publicitario se despliegan los salones de estética, un canto seductor de bienestar y redención que nos invita a construir versiones corregidas de nosotros mismos. Estos centros, que no dejan de multiplicarse, actúan como templos contemporáneos donde se intentan desactivar malestares silenciosos. Es la búsqueda de un equilibrio corporal que, casi sin darnos cuenta, se confunde con el deseo profundo de una calma interior.

Hay quien convierte el músculo en una religión y quien vive la flacidez como una derrota íntima. Unas encuentran en un implante la esperanza de reconciliarse con su propio reflejo; otros recurren a máquinas y tratamientos para retrasar la caída del tiempo y dibujar un cuerpo que el calendario les niega. Una batalla discreta contra el paso irreductible de los años.

Este fenómeno se traduce en cifras concretas: España cuenta hoy con más de 25.000 centros de estética registrados —uno por cada dos mil habitantes—, una cantidad que es significativa en Almería y crece, incluso en tiempos de crisis. Esta atención al cuerpo no es un capricho pasajero. Es una forma de afirmarse en un entorno donde la tosquedad contamina lo cotidiano.

La entrega obsesiva a la mejora constante —como el joven Neiman de la película “Whiplash” (2015) ante el espejo— convierte el cuerpo en un territorio sometido a examen permanente. La persecución de un ideal siempre cambiante niega el descanso y alimenta una sensación de insuficiencia que la publicidad explota sin pudor.

Tal vez estos espacios ofrezcan algo más que retoques: un respiro íntimo frente al estruendo del “glamour”. No para impresionar, sino para sostenerse. No para brillar, sino para encontrar estabilidad. La belleza —la que se cultiva con disciplina y fe— se vuelve un refugio personal frente al desorden exterior, un último espacio de armonía que aún podemos gobernar.

Porque todos, alguna vez, necesitamos esa claridad que no cura, pero sostiene. La belleza, frágil y fugaz, guarda un matiz trágico: es una ilusión que, por un instante, se vuelve cierta. Pero necesitamos sentirnos bien, aunque sea un segundo, porque nos permite desafiar nuestras zonas oscuras. Y porque hasta las plantas más venenosas, al fin y al cabo, necesitan un poco de luz.

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