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Rosa Benito en '¡De Viernes!'

Alba Haro
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La televisión no es inocente. Nunca lo ha sido. Pero hay momentos en los que traspasa una línea que debería ser infranqueable, incluso dentro de un ecosistema mediático tan acostumbrado al ruido como el de la prensa del corazón. La reciente intervención de Rosa Benito en el programa ¡De Viernes!, de Telecinco, ha sido uno de esos momentos. No por lo que dijo -que también-, sino por cómo se construyó, se amplificó y se legitimó un discurso que, para una inmensa mayoría de espectadores en redes sociales, no fue otra cosa que violencia mediática contra Rocío Carrasco.

Rosa Benito, en '¡De Viernes!' / Mediaset

Lo preocupante no es únicamente el contenido. Es el contexto. La televisión, cuando se reviste de espectáculo, corre el riesgo de convertir el dolor en mercancía y el conflicto en entretenimiento. Y en este caso, la narrativa no parecía orientada a esclarecer hechos ni a aportar matices, sino a alimentar un relato que lleva tiempo gestándose en determinados espacios televisivos.

Porque lo ocurrido en ¡De Viernes! no es un hecho aislado. Forma parte de un clima. De una corriente que encuentra en programas como Fiesta y en los programas diarios de la cadena un altavoz constante. Desde hace meses, Telecinco viene construyendo —día tras día, tertulia tras tertulia, programa tras programa— un marco claramente hostil hacia Rocío Carrasco. No se trata de crítica legítima, que siempre es necesaria en el debate público, sino de una reiteración de mensajes, insinuaciones y enfoques que terminan configurando una campaña. Y cuando la repetición se convierte en estrategia, deja de ser casualidad.

La televisión tiene poder. Mucho más del que a veces se quiere reconocer. Tiene la capacidad de influir en la percepción colectiva, de moldear opiniones y, en casos como este, de reforzar estigmas. Cuando ese poder se utiliza para señalar, cuestionar sistemáticamente o desacreditar a una persona, se entra en un terreno peligroso. Especialmente cuando hablamos de alguien cuya historia ha estado marcada por la exposición pública de experiencias profundamente sensibles.

No es una cuestión de posicionarse a favor o en contra de Rocío Carrasco. Es una cuestión de responsabilidad mediática. De entender que no todo vale por un punto de share. Que hay límites éticos que deberían prevalecer sobre la audiencia.

Resulta paradójico que, en una época en la que el discurso público avanza -al menos en teoría- hacia una mayor sensibilidad frente a determinadas formas de violencia, algunos formatos televisivos parezcan anclados en dinámicas del pasado. Dinámicas en las que el espectáculo se impone al respeto y en las que la polémica se convierte en un fin en sí mismo.

Quizá ha llegado el momento de preguntarse qué tipo de televisión queremos. Y, sobre todo, qué tipo de sociedad estamos alimentando cuando normalizamos este tipo de contenidos. Porque lo que ocurre en pantalla no se queda en la pantalla.

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