Apuraba
el último café de la mañana cuando me sorprendió la voz de un tertuliano en una
emisora almeriense. Sentenciaba con gravedad de plomo que España no ha salido
jamás de Duelo a garrotazos, aquel cuadro de Francisco de Goya que retrata dos
hombres golpeándose de rodillas en el barro.
Cuando
terminó su perorata, me quedé con un nudo en la garganta. Para él, cuanto más
progreso acumulamos, menos despejado parece estar todo. Como si siguiéramos
siendo esos dos hombres golpeándose, de rodillas y enterrados en el barro de la
confusión, mientras el paisaje se desmorona alrededor.
Decía
el apocalíptico tertuliano, con la convicción de quien ha visto el fin de
España en un titular de prensa, que la polarización es nuestro estado natural,
una condena de arcilla y sangre que nos impide avanzar.
Ese
diagnóstico, que tanto gusta a quienes viven del miedo, quizá no ande falto de
razón al describir nuestras sombras, pero pocas veces se mira con la misma
atención la luz que aún persiste entre ellas. Y es que el ruido no es un
accidente, sino un producto de diseño, una mercancía que se vende en los
despachos donde la crispación cotiza al alza.
Sin
embargo, al apagar la radio, el silencio se llenó de una luz distinta. La vida,
que casi siempre discurre lejos de los tertulianos y de los parlamentos,
comenzó a escribir su prosa sobre la mañana. Porque España no es solo ese
lienzo oscuro de Goya.
Mientras
unos gritan en las plazas públicas -porque el escándalo es su única forma de
relevancia- otros hablan en voz baja y avanzan. Investigan en el Hospital
Universitario Torrecárdenas, donde se lidera la lucha contra el Síndrome de
Wolfram. Son quienes cada mañana levantan hospitales, siembran campos y enseñan
en las aulas con la misma obstinación que las olas del Cabo de Gata vuelven
siempre a la orilla. No es casualidad que en esta provincia trabajen doce
centros especializados en investigación y desarrollo de semillas, pequeñas
cápsulas de futuro donde se ensayan las respuestas alimentarias de un planeta
que crece.
Quizá
por eso conviene recordar que incluso en los tiempos más ásperos, cuando hay
gente que parece mirarse en el espejo deformante de Ramón María del
Valle-Inclán por pura autoflagelación, la vida sigue abriéndose paso. No somos
figurantes de una tragedia goyesca como cree el tertuliano, sino autores de una
partitura que aún no ha terminado de sonar.
Es la España silenciosa que escribe otra partitura, lejos del tertuliano gritándonos que el barro nos llega al cuello; aquella que Julio Alfredo Egea imaginó, donde “la luz no es un adorno, sino una insobornable voluntad de ser”.

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