Hay
ciudades donde el sol es una herencia inviolable y la lluvia apenas ensaya su
nombre. Pero estos días, borrascas desconocidas han traído un frío que han
calado los huesos y dejado a la ciudad exhausta.
Últimamente
han aumentado en Almería capital los que pasan la noche a la intemperie. Gentes
sin nombre ni fronteras que cargan con la indiferencia de muchos, indiferencia
-sospecho- que algún día acabará devorándonos.
Los
encuentras a todas horas, pero de noche los cartones hacen de frontera contra
el húmedo suelo, junto a sus mochilas que guardan lo imprescindible: una foto,
un jersey, un documento doblado en cuatro. Quienes transitan a su lado esconden
su mirada, como si así quedaran excluidos de cualquier pregunta, como si
temieran respuestas que nadie quiere formular. Porque en una ciudad donde rara
vez llueve, el agua no solo moja: también revela.
En
el conticinio de la noche, el silencio afina el oído de estos durmientes,
envueltos en la inclemencia del tiempo. Acurrucados en su envoltorio escuchan
el chasquido del agua, el rodar de bolsas y hojarasca sobre las losas. A veces,
manos anónimas de Cruz Roja reparten mantas como abrazos urgentes; voluntarios
de organizaciones solidarias sirven un café que sabe a tregua. En ese gesto
sencillo conviven el desamparo y la ayuda, una liturgia mínima contra la
pobreza.
Pero
mientras la voluntad ciudadana improvisa respuestas solidarias, las
instituciones parecen caminar a otro ritmo, como si la urgencia del frío y la
lluvia no figurara en su calendario. La falta de previsión del Área de Familia,
Inclusión e Igualdad del Ayuntamiento, al iniciar las obras del Centro
Municipal de Acogida sin alternativas ante el invierno, ha obligado a decenas
de personas a refugiarse en soportales y parques.
Esa
intemperie compartida ha levantado un malestar vecinal que ahora clama para que
el Centro desaparezca de su ubicación, -después de 32 años- como si al borrar
el edificio se pudiera borrar también la herida; como si la pobreza fuera un
problema de fachada y no una fractura social.
Cuando la ciudad recupere su azul y el sol vuelva a imponerse sobre las aceras la próxima primavera, quedará en sus calles la huella de una pregunta que nadie quiso hacerse y una mirada que no supimos sostener. Porque, como intuyó el poeta José Ángel Valente, la lluvia no cae solo sobre los cuerpos, también sobre las almas.

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