El Día de Andalucía nació para
reconocer a quienes amplían el patrimonio intelectual y social de la comunidad.
Conceder un galardón a Morante de la Puebla no es neutro: presentarlo como
“leyenda cultural” lo sitúa en el relato oficial y refuerza una imagen
folclórica con la que se nos ha identificado fuera durante décadas. La cuestión
no es si la tauromaquia tiene raíces, sino si merece el respaldo simbólico del
28-F.
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| Morante de la Puebla, Medalla de Andalucía / Loa |
El Gobierno andaluz interpreta los toros como metáfora de valor. Pero, evocando a Ortega y Gasset, comprender una época no equivale a celebrarla. Entender el bandolerismo o la Inquisición explica nuestra historia, pero no obliga a elevarlos a emblemas institucionales.
Un premio público no es una
crónica del pasado, sino un mensaje ético. Al distinguir a un torero, la
administración sugiere valores compartidos y ahí surge la brecha: el 28-F no es
un ruedo, es un escenario cívico donde cada símbolo es una declaración colectiva.
Hace cinco años, Morante de la
Puebla recibió el Premio Nacional de Tauromaquia de manos del ministro
socialista Miqel Iceta, bajo un rechazo ciudadano abrumador, revelando la
fractura social del símbolo. Posteriormente, una consulta ciudadana del gobierno
de la nación mostró un altísimo porcentaje de rechazo a ese galardón, dejando
al descubierto la división que la tauromaquia provoca como símbolo
institucional. Pese a ello, la Junta vuelve a situar al torero en el centro del
reconocimiento. ¿Es convicción cultural, voluntad de confrontación o
reafirmación identitaria?
Hoy late otra Andalucía que no
genera confrontación moral, capaz de dialogar con su tradición sin quedar
atrapada en ella. El debate no es la prohibición, sino la jerarquía simbólica:
avanzar sin renunciar a la historia, pero sin convertir en seña principal
aquello que divide más de lo que cohesiona.
El debate no es taurino, es de identidad. Cada 28 de febrero se dibuja el retrato oficial de la comunidad. En la Maestranza, bajo el himno andaluz, esta medalla deja de ser individual para ser emblema colectivo. El 28-F no debe ser un refugio de lo que fuimos, sino el espejo de lo que queremos ser: ¿estamos ampliando nuestro patrimonio o solo decorando el pasado?


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