Edita: Fidio (Foro Indalo de Debate, Ideas y Opinión) / X: @opinionalmeria / Mail: laopiniondealmeria@gmail.com

Leer la ciudad

Ignacio
Ortega 

Contemplo, asombrado, las fotos majestuosas de la ciudad de Almería que brotan en mi Instagram, impulsadas por algún algoritmo que parece ignorar que vivo aquí sin el agotador ejercicio de figurar en ella. Instagram no sabe que, para mí, vagar por la ciudad es una lectura anónima: observo rostros, leo paisajes, describo escenas y detengo la mirada en detalles que esa red social nunca podría comprender.

Hay quien descubre Almería a través de una alocada carrera de fotografías; pero a mí me gusta descubrirla caminando al atardecer, cuando la luz del día concede una tregua y la ciudad muestra sus contradicciones, revela sus cicatrices y deja entrever su inconsciente colectivo. Es la hora en que alguien puede regalarte una mirada que no cabe en una instantánea de Instagram.

A veces, para curarme de la mirada áspera de la marginalidad de algún barrio que acabo de recorrer -y del deterioro que lo infecta, ya sea por la falta de acción municipal o por el abandono vecinal- subo a lo más alto de La Chanca. Desde allí descubro la ilusión de la luz dorada del poniente y el aire limpio del atardecer, un bullir de colores primorosos que parecen burbujear de electricidad.

Caminar cansa, sí, pero no solo por la distancia. Cansa porque a cada esquina la ciudad se te revela en la mirada distinta -más distraída, más segura- de quienes habitan el centro o las zonas residenciales.

A veces, para no cansarme, bajo la vista y me concentro en mi propio andar, pero descubro las imperfecciones de la ciudad bajo mis pies: aceras torcidas, baldosas vencidas, grietas que serpentean como heridas olvidadas. Y comprendo que la ciudad también se escribe ahí abajo, en esas líneas torcidas que obligan a caminar con cuidado.

Voy y vengo cada día por los entresijos de la ciudad absorbiendo, como una planta más, la luz del día, con las manos en el bolsillo y un periódico bajo el brazo. Me siento en cualquier banco del parque, leo hasta que las noticias de un mundo sin tregua me tragan.

La escuela peripatética de Aristóteles ponía el énfasis en la experiencia de deambular como forma de explorar el aprendizaje y reflexionar sobre la vida. Pero prefiero callejear por los territorios de esta ciudad y registrar en cada paso esa forma de escritura que me dictan los rayos de sol sobre ese cielo tenso, liso, como una tela azul extendida sobre un paisaje aparentemente inofensivo.

Escribir la ciudad y caminarla es una especie de cantera que utilizo como cuaderno. En ese cuaderno anoto las cicatrices del presente; y en cada una de ellas encuentro el dolor de sentirla herida. Porque caminar una ciudad no es recorrerla: es, también, leerla.

No hay comentarios:

Publicar un comentario