La televisión en España ha
cambiado mucho en los últimos años, o al menos eso nos gusta pensar. La
sensibilidad social hacia determinadas cuestiones —la diversidad, el respeto o
el impacto del lenguaje— ha evolucionado de forma notable. Sin embargo, de vez
en cuando aparecen escenas que parecen sacadas de otra época. O, peor aún, de
un humor que ya debería haberse quedado allí.
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| Los Morancos, en El Hormiguero / Antena 3 |
La reciente intervención del dúo humorístico Los Morancos en El Hormiguero dejó uno de esos momentos incómodos que revelan hasta qué punto algunos códigos cómicos siguen anclados en el pasado. Durante su conversación con Pablo Motos, los hermanos Cadaval dedicaron varios minutos a bromear sobre el aspecto físico del presentador de Telecinco Jorge Javier Vázquez. No fue una mención pasajera ni una broma rápida: fue una cadena de comentarios centrados exclusivamente en su apariencia y, concretamente, en supuestas intervenciones estéticas.
“Hay gente que se pasa con la
cirugía. Hay niveles, mira tú cómo han dejado a Jorge Javier Vázquez”, dijo uno
de ellos. A partir de ahí llegaron comparaciones, exageraciones y comentarios
sobre sus labios o su cuello. Todo ello mientras el propio presentador
intentaba esquivar el momento con evidente incomodidad.
El problema no es solo el
chiste. El problema es el concepto de humor que hay detrás.
Durante décadas, buena parte
de la comedia popular se construyó sobre señalar defectos físicos: el gordo, el
flaco, el calvo, el bajito, el que tenía la nariz grande o la cara rara. Era
una fórmula fácil, inmediata y muy eficaz para provocar risas rápidas. Pero
también era una fórmula profundamente perezosa. Y, sobre todo, cada vez más
desfasada.
Hoy sabemos —o deberíamos
saber— que convertir el aspecto físico en materia prima del humor es una forma
de ridiculización que dice más del que hace el chiste que del que lo recibe. La
risa que provoca suele ser breve, pero la incomodidad que genera puede ser
bastante más duradera.
Por eso resultó especialmente
llamativa la reacción de Pablo Motos. El presentador terminó pidiendo a sus
invitados que dejaran de insistir: “Dejadlo ya, por favor. Dejad de meteros con
Jorge Javier”. Fue un gesto que evidenciaba que la broma había cruzado una
línea. Sin embargo, también dejó la sensación de que esa intervención llegó
tarde y con demasiada timidez.
En un programa de máxima
audiencia, el papel del presentador no es solo conducir la conversación, sino
también marcar el tono. Cuando un humor se basa en ridiculizar a alguien por su
físico, lo responsable no es solo cortar el momento cuando se alarga demasiado,
sino dejar claro desde el principio que ese no es el terreno en el que merece
la pena jugar.
Porque el humor puede ser
irreverente, provocador e incluso incómodo. Pero también puede ser inteligente.
Y, sobre todo, puede evolucionar.
España tiene una tradición
cómica extraordinaria, capaz de reírse del poder, de las contradicciones
sociales o de nuestras propias manías colectivas. Reducir esa tradición a
bromas sobre labios, cirugías o caras deformadas no solo resulta viejo: también
resulta pobre.
Quizá por eso el momento vivido en El Hormiguero dejó una sensación extraña, como si estuviéramos viendo un tipo de humor que llega tarde. Muy tarde.Y cuando el humor llega tarde, ya no provoca risa. Provoca nostalgia… o vergüenza ajena.


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