El cambio climático ha dejado de ser una amenaza futura para convertirse en una realidad diaria en la provincia de Almería. Cada verano más largo, cada noche tropical, cada sequía persistente y cada tormenta repentina nos lo recuerdan. Vivimos en una tierra acostumbrada a convivir con la escasez de agua, pero hoy asistimos a una paradoja cruel: meses sin lluvias seguidos de episodios extremos que descargan enormes cantidades de agua en pocas horas, causando destrozos, pérdidas económicas y, en demasiadas ocasiones, poniendo en riesgo vidas humanas.
No es ideología, ni tampoco una percepción subjetiva. La ciencia es clara. El Mediterráneo se está calentando por encima de la media global y ese calor adicional actúa como combustible para tormentas cada vez más virulentas. El reciente gran estudio sobre la dana de Valencia de octubre de 2024, elaborado por investigadores de la Universidad de Valladolid y la Aemet y publicado en Nature Communications, confirma que el cambio climático no solo incrementó la intensidad de aquella tormenta, sino que amplió en un 55% la superficie afectada por lluvias extremas. Es decir, los fenómenos no solo son más fuertes: también abarcan más territorio al mismo tiempo.
Este dato debería hacernos reflexionar profundamente en Almería. Porque compartimos cuenca mediterránea, características climáticas y, en muchos casos, los mismos errores estructurales: urbanización en zonas inundables, ramblas ocupadas, suelos sellados por infraestructuras y un modelo productivo que durante décadas ha dado la espalda a los límites del territorio.
En nuestra provincia los ejemplos sobran. El Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar, joya ambiental y uno de los motores económicos de la provincia, es extremadamente vulnerable a la erosión y a los temporales. El Poniente almeriense, con miles de hectáreas de invernaderos, sufre cada episodio de lluvias intensas como una amenaza directa a viviendas, caminos rurales y explotaciones. En el Levante, las ramblas convertidas en espacios urbanizados se transforman en ríos violentos en cuestión de minutos. Y en las sierras, la pérdida de masa forestal favorece desprendimientos y arrastres de tierra.
Pero sería injusto y engañoso atribuirlo todo únicamente al cambio climático. La crisis climática actúa como un multiplicador de un modelo de desarrollo insostenible. Cuando se construye donde no se debe, cuando se destruyen humedales, cuando se sobreexplota el agua o se ignora la planificación, el impacto de cualquier tormenta se dispara.
Desde “Por Andalucía” defendemos que la respuesta debe ser integral y, sobre todo, justa. Porque la crisis climática no golpea a todos por igual. Los pequeños agricultores, las familias que viven en viviendas precarias, los barrios más expuestos y quienes tienen menos recursos son siempre los primeros en sufrir las consecuencias. Por eso hablamos de justicia climática: adaptarnos sí, pero haciéndolo con equidad.
Necesitamos restaurar ecosistemas, recuperar ramblas y humedales, reforestar con especies autóctonas y proteger los suelos. Hay que prohibir nuevas construcciones en zonas de riesgo, revisar planes urbanísticos y apostar por una agricultura más sostenible que cuide los acuíferos y reduzca el sellado del suelo. Y, al mismo tiempo, avanzar con decisión en la reducción de emisiones mediante energías renovables, transporte público de calidad y eficiencia energética, entendidas como derechos colectivos y no como negocios para unos pocos.
Defender el medio ambiente es defender la vida. Almería tiene dos opciones: resignarse a ser una de las grandes damnificadas del cambio climático o convertirse en un referente de transición ecológica con justicia social. En la coalición “Por Andalucía” tenemos claro el camino. Ahora hace una ciudadanía organizada que exija un futuro digno. Porque el futuro, si no se protege hoy, simplemente no llegará.

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