Son
las 10 de la mañana del primer sábado de esta primavera, y el sol de Almería
vuelve a su alianza con la vida. Me siento en la mesa de un bar frente al mar,
con el periódico bajo el brazo. Entonces, un joven camarero se me acerca. Lleva
años afincado en esta costa, con un acento que ya cabalga entre sus raíces
lejanas y el deje seco de nuestra tierra.
-Con
ese- me dice señalando una foto del presidente del Gobierno en el periódico- no
me sentaría a desayunar ni muerto.
Su
vehemencia no me sorprendió, pero sí la rabia en sus ojos, de un azul frío y
afilado, como acero. Se inclinó sobre la mesa y, en una retahíla de adjetivos,
diseccionó a los políticos, de un lado y del otro. Hablaba de inseguridad,
control migratorio, patria y una sensación de abandono nacional que parecía
clavada en la garganta. Había en sus palabras una convicción recién adquirida,
casi fervorosa: quien cruzó una frontera defendía ahora, sin matices, los
muros.
Lo
escuché, más interesado en entender que en debatir. Su discurso, atravesado por
consignas que nacen en el algoritmo y se encadenan unas a otras, le impedía
atravesar la realidad, como si cada frase se hubiera transformado en una verdad
absoluta. Algo así como asistir al milagro de la transubstanciación: una
sustancia que se convierte en otra por fe ciega. Sin embargo, tras su armadura
de dogmas, latía una urgencia de ser escuchado que mi generación a menudo
despacha como ruido.
Percibí
que no hablaba solo él. Hablaba una generación que no encuentra asidero en
discursos tradicionales, que desconfía de los viejos partidos y busca
respuestas rápidas en un mundo que se mueve a la velocidad del scroll en el
móvil. No es que su juicio fuera errático por naturaleza, sino que su brújula
apunta a un norte que ya no figura en mis mapas.
Nos
sentamos con el periódico bajo el brazo, mientras ellos se alimentan de otra
realidad, viralizada en vídeos de un minuto, donde el blanco y negro lo ha
sustituido todo. Esa simplificación no es falta de inteligencia, es una forma
de orientarse en medio de un ruido digital que no da tregua.
Quizá, para él, yo no fui más que el cadáver de un Héctor abandonado ante las murallas de Troya. Como ese héroe troyano, vencido y expuesto, representaba un mundo de certezas que ya no tiene lugar en el suyo. Me levanté con el periódico en la mano y pude ver en su rostro, pero también en el espejo de mi propia fatiga, la verdadera acedía: esa fatiga moral que ya no busca comprender. Al salir, el sol de Almería seguía allí, ofreciendo su luz de siempre a dos mundos que, aunque comparten la misma orilla, han olvidado cómo mirarse a los ojos sin miedo.

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