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Réquiem por el Toblerone

Eusebio Villanueva Pleguezuelo

Arquitecto


El derribo del Toblerone es una prueba más de la falta de valores que tenemos en nuestra sociedad, de la pérdida de su identidad, de los elementos que la diferencian y caracterizan. Este ejemplo de arquitectura industrial tendrá defensores y detractores, personas que piensen que es algo maravilloso y otras que lo consideren un espanto. Pero lo que es cierto es que este elemento, colorao y puntiagudo, no ha pasado desapercibido para la ciudadanía, hasta tal punto que lo hizo suyo bautizándolo con un nombre representativo: El Toblerone.

El Toblerone
Hace unos años el alcalde tuvo una de esas ideas magníficas con las que nos sorprende de vez en cuando. Se gastó un millón de euros para contratar a un arquitecto de "reconocido prestigio internacional" para que diseñara un Palacio de Congresos que colocara Almería en la elite internacional, en la vanguardia del diseño. Se estaba copiando el modelo del Guggenhein de Bilbao o del Kursaal de San Sebastián: una pieza arquitectónica transformadora, un edificio singular que imprime carácter a la ciudad. Pero nuestro regidor no pensó que El Toblerone rehabilitado podría cumplir perfectamente esas mismas funciones: singularidad, espectacularidad y elemento diferenciador.

Cuando una ciudad, una sociedad, decide deshacerse de algo que la caracteriza debería ser porque a cambio obtiene algo mejor: porque resuelve problemas de comunicación, porque consigue espacios para el disfrute de los ciudadanos, porque mejora las condiciones de vida de la zona... ¿Qué conseguimos los almerienses con este derribo? Para empezar un cambio radical en la imagen urbana, dejando un solar vacío durante muchos años; en el futuro unos bloques de viviendas anodinos similares a los que hay en los alrededores; y por último, el beneficio para unos promotores particulares. ¿Merecen la pena estos beneficios a cambio de todas las molestias, la contaminación y el riesgo para la salud que estamos padeciendo con este derribo?

El problema es que no tenemos un modelo de ciudad, una visión integral que partiendo de la configuración existente y del análisis de los carencias establezca un plan de intervenciones que mejore las condiciones existentes, de comunicación, imagen, uso por los ciudadanos. Y como no tenemos ni un Plan ni un Proyecto, nos dedicamos a acometer obras, más o menos improvisadas, que van dejando heridas en nuestra ciudad, como los desmontes de las Cuevas de Conan, la tala de árboles en las calles, el solar del 18 de Julio y ahora el derribo de El Toblerone.

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