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La alcaldesa de París no olvida ‘la desbandá’

Cristóbal G. Montilla / Miguel Ferrary
La  Opinión de Málaga

Existen episodios de la historia -y de hecho, la Guerra Civil española está repleta de ellos- que permanecen grabados a fuego en la memoria de quienes los sufren y, con el paso del tiempo, son rescatados del olvido por las generaciones que han recogido el testigo en esa carrera de fondo que viene a ser la vida. Sin ir más lejos, una trayectoria política tan meteórica -vinculada ahora por la rumorología a las elecciones presidenciales francesas- no ha logrado que la alcaldesa de París, la gaditana con raíces malagueñas Anne Hidalgo, pierda de vista sus orígenes. La regidora socialista de la ‘Ciudad de la luz’ ha recordado estos últimos días la presencia de su padre, el antequerano Antonio Hidalgo, en el éxodo masivo de civiles que provocó la caída de Málaga en la Guerra Civil y lo ha reivindicado como uno de los supervivientes de ‘La Desbandá’.

Al mes de febrero de 1937 se ha remontado, precisamente, Anne Hidalgo en su cuenta de la red social Twitter y ha hecho gala de su condición de hija y nieta de republicanos españoles para desvelar que la niñez de su progenitor está marcada por lo acontecido en aquella carretera de la muerte que abrazó una huida hacia la vida. La caída de ‘Málaga la roja’ derivó en el que, para muchos, se convirtió en el episodio más sangriento del conflicto bélico cuando miles de personas -se estima que al menos unas 150.000- recorrieron bajo las bombas el camino hacia Almería.

Ahora, cuando se cumplía el 84 aniversario de aquel hecho, la alcaldesa Anne Hidalgo lo ha evocado -con una mención escrita en francés a un tuit del diputado malagueño del PSOE Ignacio López- con los siguientes términos: «Una historia española, una historia europea, parte de mi historia, pienso en mi padre que estaba en esta columna de refugiados, tenía 7 años. Hasta el final de su vida habrá transmitido su testimonio».

Es más, hace solo dos años su padre aún vivía para contarlo. El electricista antequerano Antonio Hidalgo falleció, en marzo de 2019, en Chiclana de la Frontera a sus 89 años. Ya se encontraba en su retiro gaditano después de una vida que orientó, desde su juventud, a la lucha sindical.

Fue, precisamente, en la localidad de San Fernando -en la que Antonio Hidalgo apoyó hasta sus últimos días al PSOE local- donde nacieron Anne Hidalgo y su hermana mayor Mary después de que su padre conociese durante el servicio militar a su mujer, María Aleu, muy comprometida también con el socialismo. Cuando la alcaldesa de París solo contaba con un par de años de edad, la familia emigró hacia el país vecino y emprendió un periplo que se prolongó durante cuatro décadas. Antes, la infancia de Antonio Hidalgo había transcurrido en el seno de una humilde familia antequerana. La vinculación del abuelo de Anne Hidalgo a la causa republicana explicaría la presencia de su padre entre aquella multitud que huyó desesperadamente de la provincia de Málaga.

Lo corrobora emocionada Mary Hidalgo, la hermana de la regidora parisina: «Mi padre salió de Antequera con su padre, su madre y sus tres hermanos -dos varones más, Pepe y Paco, y una niña llamada Socorro-; él con solo siete años era el mayor de los cuatro hijos y siempre nos contaba cómo echaron a andar los seis y fueron atravesando los pueblos, creo que ayudados por una burra». 

Aquella huida hacia la supervivencia tuvo como destino final sendas etapas de la familia en Francia -cerca de Toulouse- y el valle pirenaico de Arán, sobre las que ahora investigan las dos hermanas Hidalgo para reconstruir la biografía de su abuelo antequerano, quien a su regreso a España fue condenado por el régimen franquista.

El hecho de que su padre viviese aquello con solo siete años no ha sido un obstáculo a la hora de que sus recuerdos viajaran, con exactitud, a muchas de las peripecias que hicieron posible el milagro de salir vivo de aquella cruel antología de bombardeos sobre la población civil.

‘La desbandá’ ha estado muy presente en la vida de la familia Hidalgo Aleu. Sobre todo, desde que a principios de los años 70 su padre ya contaba con un coche y podía viajar cada verano hasta Andalucía con su mujer y sus dos hijas durante las vacaciones. 

Al remontarse a aquellos trayectos maratonianos, Mary Hidalgo se ve junto a su hermana Anne y su madre atendiendo a lo que su padre contaba, prácticamente, en cada curva de la carretera cuando circulaban entre Almería y Málaga: «A él se le caían unas lagrimitas cuando, por ejemplo, llegaba a la curva en la que vio como una mujer muerta aún amamantaba a su bebé y fueron recogidas por otra mujer; y en otro lugar recordaba cuando se tuvieron que tirar a la cuneta porque estaban cayendo muchas bombas en la zona y su hermano Pepe le preguntaba una y otra vez: ¿Estamos muertos ya?».

Asimismo, Antonio Hidalgo le contó muchas veces a sus hijas que su padre, cuando el camino los tenía al borde la extenuación, le pidió ayuda al conductor de un camión para que los transportara: «Mi abuelo subió con toda su familia, a pesar de que había sido avisado de lo peligroso que era porque iba cargado de bombas y de artillería», relata Mary Hidalgo con palabras que habrán enviado su eco a ese lugar preciso en el que su padre sonreirá, al comprobar lo intacto que permanece entre sus hijas el recuerdo de aquellos viajes a una España que empezaba a ver una luz al final del sangriento túnel.

Aquel niño de siete años llamado Antonio Hidalgo, sus padres y sus tres hermanos merecían regresar ahora a la peligrosa senda que les salvó sus vidas.

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