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Esfínter y cerebro


José Fernández 
Periodista 

Almería es, probablemente, la única ciudad europea en donde un monumento a las víctimas de un campo de concentración nazi es usado habitualmente como retrete o pizarra. Cualquiera que pase junto al Cable Inglés y eche un vistazo a la escultura que simboliza el espanto del campo de Mauthausen podrá verlo ultrajado con lamentable frecuencia. En cualquier otra ciudad medianamente civilizada nadie se atrevería a hacer el cafre en un elemento tan sensible con nuestra historia, no ya como españoles o europeos, sino como seres humanos. 

Monumento a las víctimas de
los campos de concentración
Pero estamos en Almería y aquí nos cagamos y nos meamos donde nos da la gana, porque hemos llegado a ese momento delicuescente de la escala de la evolución en donde el esfínter prevalece sobre el cerebro. Y así nos va. Nuestra ciudad cuenta con el suficiente número de imbéciles por metro cuadrado como para que este lamentable alarde de incultura e incivismo forme parte habitual del sustrato de pellejería en el que vamos chapoteando a diario.

Ver el monumento a los almerienses asesinados por los nazis en ese campo cubierto de heces, con restos del botellón o pintarrajeado es algo más que una gamberrada: es el testimonio del fracaso de una sociedad que ha hecho de la desinformación y la intolerancia dos balizas para marcar el camino hacia la esplendorosa cochambre que disfrutamos. Y lo malo es que esto no se arregla de un manguerazo o pasando una barredora. Que los jóvenes de hoy desconozcan el significado de ese monumento es el caldo de cultivo idóneo para que vuelvan por sus fueros ideologías y movimientos como los que justifican la existencia de este deshonrado monumento.

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